Un cruce de caminos urbanos. La autopista de circunvalación M-30, en ese tramo denominada, quizá irónicamente, Avenida de la Paz, con la Avenida Ciudad de Barcelona y la Avenida de la Albufera. Y aún confluían en el cruce al menos cuatro calles más cuyos nombres no merece la pena mencionar. Asfalto y más asfalto. Coches y más coches. Ruido. Polución.

Cuando la luz del día se retira algunos rincones, como la puerta del Burger King, parecen humanos gracias a la iluminación teatral de las farolas y los neones colocados sobre la puerta de los establecimientos comerciales. Pero, de momento, la luz del día aún no se ha ido, el nivel de decibelios es insoportable, y a todas las calles y avenidas mencionadas anteriormente hay que añadir el paso elevado sobre la Avenida de la Paz, con sus seis carriles en ambas direcciones, desbordados de automóviles. La contaminación es tan densa que cuesta respirar, por lo que es raro encontrar a nadie sentado en los poyetes instalados a la orilla de la autopista, delante de la puerta del Burger King. El día está nublado, son las cuatro de la tarde, y Javier Panizo que acaba de regresar de su sesión diaria en el gimnasio, intenta que ni el ruido, ni la contaminación, ni la fealdad del entorno gris y manchado, altere su placentero estado de ánimo tras dejar el coche -ha sido un milagro conseguir aparcarlo a la primera debajo del puente- mientras se dirige a comprar una barra de pan. Es por eso que esquiva la mirada del único ser humano sentado en el poyo, blanco y sucio, situado entre el kiosko de la Empresa Municipal de Transportes y el Burger King; un hombre barbado, de piel grasienta, y ojos extraviados y tristes. Un loco. Un vagabundo. Un yonqui.

Apenas tres minutos después Panizo desanda lo andando, ya con su barra de pan en la mano a la que, claro, ha pegado un pellizco destruyendo su acabado perfecto y dejando al descubierto la miga blanca, recién hecha, deliciosa. Camina despacio, pues en casa le espera el ambicioso ensayo sobre la feminidad de las ciudades en el que lleva casi cinco meses enfrascado, y no quiere -es un esfuerzo- perder la concentración, el nirvana mágico logrado tras las dos horas de gimnasio. Sus ojos, al pasar, vuelven a cruzarse con los del vagabundo. Esta vez Javier Panizo sostiene la mirada rota, bucea en las pupilas sin fondo, se duele de su tristeza, y ya está a punto de cruzar la autopista, el semáforo acaba de ponerse verde para los peatones, cuando decide que tiene que hacer algo, porque acaba de salir el sol, porque él es feliz y no es justo que haya en el mundo, en el mundo que le rodea, el mundo cercano, alguien tan triste y desgraciado, alguien que sufre de un modo tan evidente y desolado.

Respira hondo Javier Panizo. Inspira y espira. Tres veces. Observa su propio reflejo en el cristal de la hamburguesería; va vestido de negro, con la bolsa amarilla de deportes al hombro, y piensa que sí, que parece alguien capaz de hacer un milagro. Sonríe. La sonrisa de Panizo es como la miga del pan que sigue pellizcando, blanda y caliente. Avanza hacia el loco. Aún no sabe que va a decirle, pero va a decirle algo. El vagabundo, que estaba hablando solo en voz muy alta, despotricando, al ver como Javier Panizo avanza hacia él con paso decidido, se calla, y le observa con los ojos crecidos y la boca entreabierta.

Es mejor no decir nada, no hablar con el vagabundo, decide Panizo en el último instante. Nada de palabras. Deja su bolsa amarilla en el suelo. Cierra los ojos. Estira los brazos. Extiende las manos sobre los hombros del hombre sentado. Se concentra. Murmura entre dientes. Una oración. Un conjuro. Un sonido inidentificable, en cualquier caso. Se arrodilla ante el hombre. Concentrado. Sus mejores deseos. Su vibración más limpia. Panizo convoca a los dioses. Panizo pide un milagro. Un pequeño milagro. Que se cure ese hombre de su locura. Desaparezca la tristeza de sus ojos. Se sienta feliz al menos durante unas horas. Unos minutos. Un rato.

Se incorpora Panizo. La sonrisa. Los ojos brillando. Guiña uno de ellos.

-¿Mucho mejor, verdad?

El vagabundo está sonriendo. Una sonrisa grandísima. Desmesurada. Como si estuviese a punto de estallar en carcajadas, de caer al suelo doblado por la risa. Su mirada es normal; ningún atisbo de locura de la misma. Y ya no habla solo. Tampoco lo hace con Panizo. Panizo que ha cogido la bolsa amarilla del suelo, se ha dado la vuelta y está a punto de alcanzar una vez más el semáforo, cuando oye la voz a sus espaldas, la voz del hombre para quien ha hecho su pequeño milagro.

-Eh, espera un momento.

-¿Sí?

No espera que le den las gracias, aunque está cerca de las lágrimas, emocionado por su propia generosidad, por la magia que ha sido capaz de hacer. El hombre se ha levantado y sale al encuentro de su benefactor con paso firme, sonriendo.

-No tendrás queja, eh jefe.

-¿Cómo?

-Que no tendrás queja, te he dejado hacer el numerito del santo sanador entero. Me he portado bien. Dame algo.

-¿Perdón?

-He hecho mi parte, jefe. Te podía haber soltado una galleta cuando has puesto tus manos sobre mí. Tenías los ojos cerrados y no la habrías visto venir. Vamos hombre, no seas rata, dame algo. Un billetito, o un par de monedas. Algo.

Hay gente a su alrededor. Les están mirando. Javier Panizo desearía desaparecer en ese momento, escapar volando, desintegrarse en el aire; que los dieses le concediesen hacer ese milagro. Pero allí sigue, frente al vagabundo. Diminuto. Desconcertado. Incapaz de comprender. Una elegante mancha negra con un puntito amarillo perdida entre el ruido, la contaminación palpable, el gris sucio de las capas y capas de asfalto.

 

(Relato número 149 de El Año del Cazador, obra que convirtió a Javier Puebla en el primer escritor en la historia de la literatura en escribir un cuento o relato literario durante todos los días que conforman un año. Haz Milagros pertenece a La Javier Panizo Collection, también conocida como The Javier Panizo Collection, y su título sirvió para dar nombre a la editorial HAZ MILAGROS EDICIONES, fundada en 2006. La mecanografía para esta edición en digital para Diario 16 ha sido responsabilidad de Walter Flores Delmal).

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