Cuando alguien empieza a militar en un partido político, sobre todo de izquierdas, generalmente lo hace altruistamente, lo hace porque quiere formar parte de unas siglas con un ideario que coincide con su forma de pensar e incluso de vivir; lo hace porque quiere sentirse parte activa de la política y dispuesto o dispuesta a aportar lo mejor de su persona para sumar su granito de arena con la sana intención de adaptar o encajar sus valores humanos en un mundo que, a priori , parece el adecuado para cambiar la sociedad. ¡Puro romanticismo!.

El entusiasmo con el que empiezas a trabajar por tus ideas, la pasión con la que, en cualquier proceso electoral, los y las militantes trabajan para sacar adelante un programa apoyando a los candidatos que les representan en unos comicios; la emoción que se vive cuando tu partido gana unas elecciones; la fuerza con la que defiendes, desde el convencimiento más profundo, un proyecto político en el que te ves reflejado, es de las mejores experiencias que se pueden vivir en el ámbito de la política de base.

La democracia se siente, se vive y ejerce, se asumen los resultados negativos desde el minuto uno, el militante sí hace autocrítica e intenta analizar los errores cometidos pensando, desde ya, cómo seguir trabajando para la siguiente cita electoral porque honestamente y, con una carga de nobleza casi cándida, piensan/mos que la sociedad se merece lo que tus siglas ofrecen. Un ejemplo de filantropía que no siempre se entiende.

Todo va bien hasta que comienzan las luchas orgánicas; ahí es donde sale lo peor de cada uno, curiosamente hacia compañeros de filas que en otro momento pudieron ir contigo en el mismo barco, pero ahora tienen una apuesta personal por otro compañero o compañera.

Los motivos son múltiples, y lo que cuesta entender desde el altruismo y entrega por unas siglas, es que esa lucha y los diferentes posicionamientos atiendan a un interés personal, atiendan a “¿qué hay de lo mío?; es entonces cuando miras tu mochila cargada de horas de trabajo y dedicación desinteresada con el único objetivo de sacar un proyecto en aras del bien común y piensas… ¿qué hay de lo nuestro?

Y es que la política provoca extraños compañeros de cama; algo que, antes o después, puede corroborar, cualquiera que haya pasado por la militancia activa de un partido.

De la misma manera que la mayoría de las personas que deciden formar parte activa de un partido lo hacen de forma desinteresada, éstos conviven – y me atrevo a decir que son víctimas – con los que están por intereses estrictamente personales, cargados de un ego desmedido que únicamente buscan el beneficio propio; esos en los que la solidaridad y generosidad brilla por su ausencia y que en todos los partidos hay. Ellos y ellas son el cáncer de una organización política, además de las células malignas que los rodean, esos que son los que alimentan a estos personajes y les ayudan a medrar a cambio de favores que forman parte generalmente del ámbito laboral o listas electorales elaboradas digitalmente en mesas camilla.

A este tipo de personajes es importante identificarlos cuanto antes y darles la espalda, son tan peligrosos para el buen funcionamiento de una partido, que pueden llegar a romper el buen hacer y la buena intención del resto.

Pues bien, cuando se ha luchado contra estas prácticas, cuando se lleva años intentando que estas ratas no alcancen el suficiente poder por el bien de todos, cuando has luchado con compañeros codo con codo tratando de parar los golpes que desde este tipo de “elementos” llegan a las siglas dañando el trabajo de los que están “a lo de todos” y no “a lo suyo”, piensas que tienes claro quién es quién e identificado el problema además de los sucedáneos.

Pues resulta que no, que de repente para alguno, ese bien común se convierte en interés propio y los que antes estaban fuera de la comodidad del brasero de la mesa camilla, ahora se sientan o pretenden sentarse en ella y, con mensajes cargados de populismo y demagogia pretenden manipular atendiendo a la voz de su amo, amo que no deja de ser la madera podrida o la cuña de la misma. Es entonces, cuando desde el más firme convencimiento de estar haciendo lo correcto, apuestas por algo diferente, por lo contrario, por lo nuevo, por lo refrescante, por la renovación de verdad, por la regeneración democrática y que sea lo que Pablo Iglesias (el fundador del PSOE) quiera.

Yo con Noela Blanco, en mi provincia, Ourense, mis compañeros sabrán de qué estoy hablando.

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