Es el mejor. Es el mejor y los dioses le aman. Dios le ama. El diablo, cuentan las escrituras, era el favorito del Creador, y cuando intentó desafiarlo, superarlo, lo envió al infierno para siempre.

Y ahí estaba Hamilton, Lewis Hamilton, en el infierno, encorsetado en el interior de una máquina sin la cual nada podía lograr. La bestia con ruedas. El coche, automóvil, más sofisticado que jamás ha existido. Un monoplaza de Fórmula1.

Estamos en México. El diablo ama a México. Hamilton ama al continente americano, la tierra donde todos -blancos y negros, amarillos y rojos- pueden llegar más allá de sus propios sueños. Pero para conseguirlo, hay que tener suerte, y ¡hay que ser el diablo!

Allí estaba Vettel, con un coche claramente mejor y más rápido, en el circuito Hermanos Rodríguez. Pero Vettel es un simple humano, Vettel no es el diablo, aunque a Fernando Alonso y a sus seguidores nos lo haya parecido muchas veces, cuando conducía un RedBull, pero por aquel entonces el diablo aún estaba creciendo, tragando fuego y asfalto y kilómetros. El diablo, por aquel entonces se llamaba Adrian, y se apellidaba Newey, pero esa es otra historia y no es el momento de contarla.

Hoy es el día de Hamilton. Pentacampeón del mundo. Tan grande como Fangio. Tan grande como se sueña y se sabe Fernando Alonso, aunque no haya conseguido demostrarlo porque las máquinas y el azar le han traicionado.

Hamilton pentacampeón en México. Demasiado temprano para los aficionados del mundo. Las dos últimas carreras: México, Brasil, Abu Davi, ya no importan, su resultado es indiferente para el mundo en general, y sobre todo es indiferente para el diablo, para el pentacampeón, para el hombre que hoy vuela entre aplausos, hasta a sí mismo se aplaude: Lewis Hamilton.

 

Tigre tigre.

Lewis Hamilton es el diablo

Fernando Alonso podría estar en Ferrari 2019

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

doce − diez =