Se veían las lágrimas a través del casco blanco de Lewis Hamilton cuando su montura se quedó sin aliento en la primera manga de la clasificación del Gran Premio de Alemania.

Pero todas sus lágrimas, y desesperación, desaparecieron -veinticuatro horas después- en la lluvia. Como lágrimas en la lluvia, como decía en inolvidable frase, Rutger Hauer en Blade Runner.

Salía Lewis Hamilton, desde el puesto catorce, pidiéndole ayuda a Dios, pero dispuesto a conducir con la audacia del Diablo. Y como el diablo con ruedas que era pasó del puesto catorce al cinco antes de que se cumpliera el primer tercio de la carrera. Pero Hamilton quería más y seguía rezando, rezando para que lloviese.

Y cuando empezó a llover, esas pequeñas gotas, los dioses le escucharon, volvió a convertirse en el diablo, en un diablo veloz y absolutamente seguro de sí mismo: era el que más rápido rodaba en la pista, poniendo a su gran rival, a su enemigo absoluto, Sebastian Vettel, la máxima presión posible.

Y la presión funcionó: Vettel no se atrevió a dejar que el británico le comiese dos o tres segundos por vuelta y decidió ir al máximo. El diablo le respiraba en la nuca y el piloto alemán, nervioso y temperamental casi siempre, cometió un error. Un pequeño error de grandes consecuencias, quizá de grandísimas consecuencias pues tal vez sean suficientes para impedir que logre acabar coronándose como campeón mundial.

Vettel se salió de pista y se estrelló contra los protectores; los que le odian -y son muchos por variadas circunstancias- rompieron a aplaudir, los que le aman y apoyan se ahogaron en las mínimas gotas de lluvia que apenas rozaban el circuito de Hockenheim.

Aún hubo carrera, aún hubo un milagro y Hamilton no entró en boxes a pesar de los titubeos de sus ingenieros. Y luego la lluvia le respetó, el cielo le concedió el milagro; solo cuando ya estaba el feliz niño Lewis Hamilton subido en el cajón más alto, las nubes se rompieron y Hockenheim se llenó de agua.

Agua en la que se perdían para siempre las lágrimas de Hamilton, pero en la que seguían flotando, brillando con oscuridad propia, las de Sebastian Vettel.

El campeonato mundial ha dado un giro inesperado, Mercedes y Hamilton vuelven a ser los amos. Pero nada está escrito, el azar y los milagros, y las monturas y sus jinetes, aún tienen mucho que decir.

Emocionantísimo espectáculo.

Tigre tigre.

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