A José Gutiérrez Solana (Madrid 1886) fundamentalmente se le conoce por sus cuadros, por esas pinturas de carácter tenebrista, de una España casticista, como de pesadilla goyesca, ambientadas en los bajos fondos, en los arrabales, en el mundo de la prostitución, de las procesiones de santos en los pueblos seguidas de mujeres enlutadas, de obispos sentados a una mesa bebiendo y comiendo a destajo y de matarifes y coristas despiojándose.

Pero no debemos olvidar que Solana fue también un escritor de cierto prestigio entre los intelectuales de su época. Y es esa faceta, la de escritor, la que vamos a analizar en este pequeño artículo. Aunque, como comprobarán, es casi imposible analizar su producción literaria sin hacer constantes referencias a sus cuadros y pinturas. Porque los temas de sus cuadros están en sus escritos.

Solana escritor

“Se había puesto en pie y andaba emperchado de gris o giraba difícilmente como una veleta desmontable atornillado mal por la suela”. Así vio Juan Ramón Jiménez al pintor Gutiérrez Solana cuando en una ocasión el poeta moguereño visitó la tertulia de Pombo, aquel cenáculo futurista que presidía un joven regordete con patilla a lo Larra llamado Ramón Gómez de la Serna. Una tertulia, la de Pombo, de la que Solana era asiduo y que dejó inmortalizada en un gran cuadro que hoy cuelga en el Museo Reina Sofía. Solana estuvo siempre rodeado de escritores y su pasión por la literatura se reflejó en numerosos escritos.

Su obra literaria es escasa. Sus escritos más relevantes son Madrid: escenas y costumbres (1913 y 1918, dos vols.), La España negra (1920), Madrid Callejero (1923) y Dos pueblos de Castilla (1925), todos ellos cuadros de costumbres, escritos donde Solana refleja esa atmósfera tabernaria y de arrabal, una España negra y grotesca, heredera del esperpento de Valle Inclán y por consiguiente de las pinturas negras de Goya y del tenebrismo barroco de Valdés Leal, entre otros. También, dentro de su obra literaria, contamos con una novela titulada Florencio Cornejo y un librito titulado París que Solana compuso durante su estancia en la capital gala.

La España negra

Pero centrémonos en el libro de Solana que más me interesó y que refleja claramente su concepción de la pintura y la literatura: La España negra. Leí La España negra en la edición que la editorial granadina Comares publicó a finales de los noventa donde se incluían textos nunca publicados por el autor y de cuya edición y prólogo se hizo cargo Andrés Trapiello.

Trapiello apunta en el prólogo de la obra que “Solana es uno de los grandes escritores españoles del novecientos. No es superior a Baroja o a Azorín, a Unamuno o a Galdós, pero no es inferior a ninguno de ellos”. Quizá Trapiello exagera un poco y la prosa de Solana no sea tan brillante como la de Baroja o Valle, pero lo cierto es que atrapa en sus descripciones, en la recreación de esa atmósfera de podredumbre.

Su prosa es realista pero otras veces da la sensación de que lo hiperbólico sobrevuela sus escritos. Un ejemplo: “Esta Audiencia queda en el centro de una plazuela de la que arrancan cuatro de las calles más típicas de Medina del Campo, donde hay conventos de frailes descalzos. Estos son tan holgazanes que se levantan de la cama por la tarde; todo el día se lo pasan durmiendo y comiendo; tras las ventanas abiertas se les ve con el pecho desnudo y en calzoncillos, lavándose en grandes pilones; sus barbas son tan largas que les llegan a la cintura. Enfrente están las casas de las mujeres de mala vida, que los llaman mucho desde la calle; pero ellos no les hacen caso porque para esos menesteres tiene la comunidad mejores mujeres entre las monjas. Anochecido, los cagones del pueblo, que salen de las casas de lenocinio, se ponen en fila y, bajándose las bragas, con las posaderas al aire, hacen de cuerpo bajo las rejas del convento; los frailes a esa hora suelen estar borrachos, se asoman por las ventanas y vomitan en las espaldas de los cagones y vuelcan sus pestilentes bacines”.

Escenas de este tipo, retratos inverosímiles, imposibles de creer, hacen del libro de Solana más que una simple lista de cuadros de costumbres de corte realista. Más bien nos presenta una estampa que a veces roza el esperpento más atroz. Pero en esta característica precisamente es donde reside su ingenio literario.

Solana nos presenta precisamente una España llena de supersticiones, vagos, clérigos y monjas solazándose, pícaros y maleantes,etc… Esa España que tanto odiaron los intelectuales del 98 donde la religión, la fiesta y la muerte se hacen dueñas de todo el universo creativo y donde se recrea esa España real mezcla de martes de carnaval y viernes santo, de achicoria e incienso.

Y una pregunta sobrevuela mi cabeza como aquel mosquito de tropetilla del soneto de Quevedo que nos desvela en una noche de verano: ¿Ha cambiado mucho España?… Ahí lo dejo.

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