Regina espera sin hacer nada, sentada en el sofá y mirando alrededor: sus fotos colgadas en la pared, sus pequeños objetos -recuerdos de pequeños viajes-, las agujas de punto sobre el sofá y la bandeja de alpaca sobre el aparador, con la inscripción grabada: “A Regina, la mejor cocinera, por sus años de trabajo y entrega, con nuestro agradecimiento y los mayores deseos de una feliz jubilación, tus compañeros del restaurante “El mantel blanco”.

Suena el timbre y Regina mira el reloj, es la hora. Se levanta, se alisa el vestido y se pellizca las mejillas. En la puerta, dos camareros de pajarita y chaquetilla corta junto a un carrito lleno de paquetes.

  • ¿Doña Regina Méndez?
  • Sí, por favor, pasen, les estaba esperando.

Se orilla en la puerta de la sala y ve como los dos hombres entran y salen mientras van colocando sobre la mesa – abierta como en esas grandes celebraciones familiares de las películas– bandejas y más bandejas envueltas en papeles de seda, tarteras herméticas que emanan olor a verduras crujientes, a pescado en salmuera, a carne especiada…,  y botellas de vino, tinto, blanco, rosado –las de champán las llevan directamente al  frigorífico-, y más bandejas que huelen a azúcar y dejan adivinar pastelillos diminutos y tartas de colores.

  • Doña Regina, ¿quiere que lo abramos y lo dejemos ya servido?
  • No, muchas gracias. Ahora lo haré yo, no se preocupe.
  • Pues por nuestra parte…

Regina mete la mano en el bolsillo de su vestido y saca dos billetes de diez euros, se los da a cada uno de los camareros y luego les acompaña hasta la puerta.

  • Que lo disfrute con su familia.

–  Gracias, muchas gracias –dice- Y cierra. Aún permanece un instante apoyada en la puerta, se cubre la cara con las manos. Luego vuelve al salón, se alisa el vestido y comienza a desanudar los envoltorios y a ordenar las bandejas, a destapar tarteras, a colocar platos, copas y cubiertos. Finalmente, pone en el centro un  jarroncito de cristal con un clavel amarillo. Sale un momento y reaparece con el carmín de los labios avivado. Vuelve a la sala y se sienta a la mesa, se pellizca las mejillas, se sirve vino blanco y comienza a comer.

Comienza por el flan de espárragos con muselina de cava, el salteado de atún con pimientos rojos, las coquinas al ajoverde y la tarrina fría de pescados azules. Lo saborea mirando al vacío, a algún punto perdido sobre el aparador; sin moverse apenas, con pequeños movimientos concentrados en sus manos, en el cuchillo, en el tenedor, y en su boca, en las contracciones de sus labios, en la tensión de sus mandíbulas.

Aparta los platos manchados y vuelve a servirse: pastel de cabracho con salsa de membrillo, rape al cilantro, merluza gratinada… Llena otra copa de vino, ahora tinto, lo cata y aparta más platos. Ya tiene una pequeña torre de platos sucios en una esquina de la mesa.

Acerca las tarteras de las carnes. Aliña la ensalada de berros con habas tiernas y prueba los pimientos rellenos de cordero; después, el conejo de campo escabechado, el magret de pato al jengibre y el hojaldre de mollejas con menta.

La torre de platos de la esquina ha crecido, sobrepasa la altura del jarrón con el clavel. Regina aún come, aún mira al vacío y se alisa el vestido al volver de la cocina con una botella de champán en la mano. Cuando la espuma rebosa, se lo lleva a los labios y lo bebe de un solo trago. Pero vuelve a llenar la copa, luego abre las bandejas de dulces y prueba de todos: pasteles de piñones, dátiles con miel, cerezas caramelizadas… y las tartas: de limón, de almendras, de yogur… Por fin, se levanta, se alisa el vestido y alza la copa. Mira sin parpadeo a una pequeña foto en blanco y negro, sobre el aparador.

– Por ti, madre. Al fin he cumplido tu deseo. Aquí está el ajuar de mi boda, por fin lo he utilizado. El mantel que me bordaste está manchado de vino y salsa; todos los platos, usados; las servilletas de hilo, con huellas de carmín… Ha sido un gran banquete, como tu soñabas que fuese el de mi boda. Mañana fregaré todos estos platos, no me riñas porque no lo haga ahora. Este es un día muy especial.

Regina nota que la noche ha caído cuando sale a la ventana a recoger la ropa tendida. Mira hacia arriba y ya está oscuro el retal de cielo que asoma sobre las cuerdas, macetas y aleros del patio interior. Además huele a sardinas fritas, a tortilla francesa y a leche con cacao. Pero ella ya ha cenado.

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