Las noticias de guerra en los medios de comunicación y sus consecuencias con refugiados, personas en las que se ve el miedo en los ojos, el cansancio y la desesperación en sus caras nos hace percibir hasta dónde puede “ser el hombre un lobo para el hombre”. Pero aun siendo conscientes del tremendo daño que produce, de las mutilaciones, las heridas en el alma y el cuerpo que tal vez no se curen nunca, de los muertos y las esperanzas derrotadas, gran parte de la industria del entretenimiento, con multitud de películas en que la violencia es la protagonista, video juegos igualmente agresivos que basan la victoria en la destrucción, proliferan hoy en día para ser consumidos pensando que esto tiene algo de divertido, tal vez los creativos no han tenido el talento o las ganas de elaborar cosas más constructivas e instructivas.

La guerra es una aberración y es el gran fracaso humano, es el odio organizado, que ha llegado a querer, en un determinado momento, la mayor parte de las veces por intereses económicos, por codicia y avaricia, o por afán de control y poder, destruir a los de su propia especie, a sus hermanos, que tienen sentimientos, sueños, familias y esperan del futuro algo de felicidad. Todo esto queda truncado por quienes deciden entrar en conflicto, porque sencillamente no han tenido la madurez de llegar a acuerdos, y como niños de colegio, primero se han insultado y después han pasado a la destrucción.

No hay nada honroso en la guerra, incluso la que se hace en defensa propia, debería tomarse como un desastre, que en los momentos actuales evidencia la falta de influencia y de fuerza de los organismos multinacionales como la ONU, que deberían tener la capacidad de frenar los conflictos, y de bloquear a gobiernos que estén creando un evidente daño a su pueblo. Pero esta organización está controlada por muchos de los países que venden armas y propician guerras.

La paz es demasiando importante, es el caldo de cultivo de las capacidades humanas como la creatividad, la constructividad, la colaboración, el entendimiento y el crecimiento social y personal a todos los niveles.

En un mundo en que los pueblos pobres no sean ayudados para tener por lo menos lo esencial, la miseria es también el diablo inspirador de la delincuencia, el odio, la violencia y finalmente la guerra. El ser humano tiene que saber que “la indiferencia al sufrimiento ajeno, lo lleva a su puerta”, y que por decencia debe ser solidario con quienes tienen menos, y poner todos los medios para que los conflictos se resuelvan de manera pacifica. Si no, ¿Cómo podemos llevar ese título de humanos?

No existe el honor en la guerra, solo una actitud noble en la lucha que tenían los antiguos soldados y caballeros, pero no honor, el honor es otra cosa, y no se basa en la destrucción, por más que la vistan de relucientes uniformes, de desfiles aparentemente estéticos por su ordenada marcialidad, o por impresionantes barcos, aviones y carros de combate, hay que recordar que son los instrumentos de la muerte. Es el honor del horror.

Las consecuencias normalmente de todo este horror son para los más débiles, que pierden la vida, a miembros de sus familias, sus casas y pequeñas propiedades. ¿Dónde está el honor en esto? Y a propósito: ¿cómo se le puede llamar “arte” marcial a unas técnicas de lucha que lo que pretenden es hacer daño? El arte por definición es lo que lleva a lo sublime.

La imagen que se ha difundido de ser un patriota es peculiar, supone amor a la propia nación, pero ¿por qué se asocia con frecuencia con los militares? ¿Es que los que salvan vidas, cuidan de otras personas o enseñan no lo son? Esta actitud simiesca en que el celo y el sentimiento de posesión se demuestra con agresividad es un rastro atávico y primitivo.

Uno de los sueños más ilusionantes para la Humanidad es el de un mundo en el que no haya armas, ni ejércitos. Esto manifestaría nuestra madurez como sociedad en gran medida. Pero mientras llega esto, los países invierten cantidades ingentes en armamento, en todo el aparato militar más o menos defensivo, pero también es ofensivo. Ofensivo es, que no se utilice ese dinero en ayudar a los más desfavorecidos, o en construir infraestructuras de progreso y se invierta en cultura, ya que como dijo Buda: “el mayor problema del hombre es la ignorancia”. No se le pide a los gobernantes lo que se le exige a cualquier ciudadano: que no agreda a otros, e impunemente envían a morir a millones de personas en ocasiones, por no saber llegar a pactos, o por variados, y muchas veces oscuros, intereses.

Y la idea de que existen guerras por motivos religiosos, es una contradicción intrínseca. Religión viene del término “religare” que significa “volver a unir”, es un intento de unir al ser humano con su ser espiritual interno, y con sus semejantes, y obviamente la guerra no entra dentro de este paradigma.

Es curiosa esta sociedad como decía también otra persona con capacidad de observación, John Lennon, “en la que se mata impunemente en la calle (y lo retrasmiten por televisión) y nos ocultamos para hacer el amor”. Obviamente no hay que estar en pos del exhibicionismo, cuando menos erótico, pero un poco de exhibicionismo de la virtud en los medios de comunicación seria aleccionador, de manera que se destacaran mucho más lo méritos de las personas que hacen cosas importantes y valiosas por la sociedad. Tal vez así, los niños y jóvenes ya no deseen tanto ser futbolistas ellos, y modelos ellas, (sin desmerecer estas actividades, pero no deja de ser un juego uno, y una actividad de relacionada con la vanidad la otra), y se decidieran por tener profesiones que les ayuden realmente a sí mismos y a la sociedad.

No podemos tener tiempo para la guerra, la vida es demasiado corta y ya perdemos mucho tiempo en actividades y pensamientos que llevan en el mejor de los casos al vacío.

Busquemos la paz personal en primer lugar, aprendamos por todos los medios posibles a que haya armonía en nuestro interior, y que cuando no la haya sepamos cómo recuperarla, ya que: ¿es posible un mundo en paz sin gente pacífica?

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