Gran premio de China: la confusión y el ruido

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Todo era confusión y ruido en los minutos previos a la salida del Gran Premio de Fórmula1 en el circuito de Shangai. Calor y frío. Nervios. Decisiones de último momento. Estrategias al límite.

¡Carlos Saínz va a salir con los neumáticos lisos!

¡Si la pista se sigue secando todos los pilotos tendrán que entrar a cambiar ruedas en boxes en poquísimas vueltas!

¡Volverá a llover antes del final de la carrera!

La confusión y el ruido.

Sebastial Vettel se coloca fuera de su sitio en la parrilla de salida (debería ser sancionado, pero no le sucederá nada).

El semáforo se pone en verde. Comienza el circo.

Fernando Alonso y Max Verstappen, animales habilidosos en circunstancias difíciles adelantan coches y más coches; sobre todo el segundo.

Hamilton ha aguantado su posición y también Vettel. ¡Dos coches se han tocado! Más confusión, más ruido. Coche de seguridad virtual.

El Piloto número 21 está en todos los sitios, pero a nadie le estorba ni extraña su presencia. Están demasiado ocupados: mecánicos, espectadores e ingenieros, distraídos por el espectáculo continuo de la confusión y el ruido.

“Es la mía” piensa Sebastian, y cambia sus neumáticos de lluvia, intermedios, por los lisos.

Pero no es la suya.

Ruge el tigre cuya sombra ronda desde el principio de esta temporada todos los circuitos.

Vettel se ha pasado de listo. Aún no ha terminado la confusión, el accidente que deja a Giovinazzi fuera de carrera y con las ruedas como los ojos de un bizco, sirve para alcanzar su punto más alto al ruido.

Coche de seguridad físico: Todos los pilotos como ovejitas detrás del lobo buenecito.

Pero aún hay un cordero tonto y torpe o torpecito, se llama Valtteri Bottas, y hace un trompo que equivale a un viaje al fondo de la clasificación. Luego, más tarde, cuando ya se hayan ido -están a punto- la confusión y el ruido, el ingeniero del piloto torpecito le llamara -a Valtteri- Nico. Ah, Nico. El gran Nico, el campeón del mundo actual. El único que pudo vencer a Lewis Hamilton. Le echan de menos, en la escudería Mercedes, al gran Nico. También yo le echo de menos. Aunque ahí está, invisible pero en espíritu. Mira Nico Rosberg a los ojos al Piloto número 21 y ambos sonríen; piensan lo mismo.

Y ya está. Acaba la confusión. Se calla el ruido.

El pronóstico meteorológico asegura que no volverá a llover.

El Gran Premio se espesa, se vuelve gris como el cielo y, también como el cielo sobre Shangai, monótono y aburrido. Muy aburrido.

Fernando Alonso, Gran Oso Herido, abandona segundos después de que le adelante Carlos Saínz, su compatriota y amigo. Es mejor abandonar que quedar fuera de los puntos; más digno.

No hay más adelantamientos al límite, aunque Ricciardo lo intenta. No hay más emociones ni pérdidas de control de los vehículos. Ya no llueve en Shangai. Gana Hamilton. Segundo Vettel. Tercero Verstappen. Aburrido.

Los aficionados que han madrugado en Europa para ver en directo el Gran Premio apagan los tablets y televisores, bostezantes, levemente defraudados. Los nuevos coches son más rápidos que los de la temporada pasada pero no parecen capaces de demasiados adelantamientos. La temporada huele otra vez a Hamilton. ¿Va a volver a ganar de nuevo ese tipo? Será un piloto magnífico, sí. Pero ¿otra vez? Qué muermazo. Qué aburrido.

 

Tigre tigre.

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