Anteayer, mientras estaba trabajando, como cada noche, llegó un mensaje a mi cuenta de tweeter. Un perfil extraño, sin seguidores ni actividad. Un mensaje amenazante, desagradable, de esos que a una le ponen triste y al mismo tiempo le generan una sensación de desasosiego: entre la incredulidad y el miedo.

La rabia por no saber de dónde viene, a qué se debe tanto odio. Los temores lógicos ante semejante amenaza. La decisión de hacerlo público, casi de manera inmediata, para que, al menos, no quede impune ante los ojos de todos los que puedan verlo.

En el momento en que publiqué el mensaje recibido, escribí también a la Policía Nacional para pedirles consejo, de manera pública, y así contribuir de alguna manera a que todo el mundo conozca y entienda la importancia de denunciar estos hechos. Que no deben quedar impunes.

La respuesta de la Policía fue inmediata. Se pusieron en contacto conmigo y me indicaron todos los pasos a seguir. Así, ayer, al día siguiente, acudí al lugar que me señalaron y procedí a interponer la denuncia pertinente. El trato recibido por la Policía Nacional, concretamente por su equipo especializado en la persecución de Delitos Informáticos, ha sido extraordinario. Su amabilidad, su sensibilidad y cariño, así como su rigor y profesionalidad le dejan a una tranquila dentro de las circunstancias. Es de justicia reconocerlo.

Igualmente, agradecer la cantidad de mensajes recibidos de apoyo. Tanto personales como públicos, a título personal o de organizaciones y colectivos. Están siendo tantas las muestras de cariño, que es imposible agradecer una a una las que llegan. Por eso este mensaje.

Han sido, y están siendo, muchos los que, independientemente de ideas y opiniones cruzadas conmigo durante mucho tiempo, no han dudado en trasladarme su apoyo y solidaridad. Algunos inimaginables, hecho que me da esperanzas a la hora de pensar que, más allá de nuestras diferencias, ante el dolor podemos encontrar calor y un abrazo. Ojalá sea éste el comportamiento que impere en nuestra sociedad, tan dividida y tan alborotada.

Las redes sociales se convierten a menudo en un vertedero. Un lugar en el que, gracias al anonimato, ejércitos de cobardes vomitan parapetados sin medir las consecuencias de sus actos. Es una cuestión de civismo, de responsabilidad colectiva. Importante y necesario es realizar un profundo análisis para poder establecer unas pautas que nos permitan a todos expresarnos en libertad garantizando la convivencia sana.

Son muchas las amenazas que se están produciendo últimamente. Y por desgracia, la justicia, a veces ciega y a veces incapaz de abordarlo, no consigue acotar ni frenar este tipo de comportamientos.

Leo cómo estos días se ha amenazado a los hijos de personas públicas, como Gabriel Rufián; de manera directa a Iñigo Errejón, a Ana Pastor, a Nuria Coronado. Y a un largo etcétera de personas que, sin ser públicas, se sienten desprotegidas y así me lo están manifestando en sus mensajes.

Sentirse arropado ante estas circunstancias es importante. Como también lo es que entre todos, frenemos y actuemos ante cualquier tipo de agresión desde este tipo.

Denuncien, no tengan miedo, confiemos en que la Justicia se dote de herramientas que le permitan identificar a quienes se ocultan tras estos perfiles. Sumemos entre todos para crear una sociedad más justa y respetuosa. Debatamos desde el respeto, sobre todo quienes tenemos también la responsabilidad de dar ejemplo, porque somos personas públicas, y reflexionemos todos sobre nuestro comportamiento, pues a veces, estamos alentando una violencia que termina por rebosar.

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