Cuando murió Gandhi, alguien dijo: “a las generaciones venideras les costará creer que un hombre así caminó alguna vez sobre la tierra”. Aquel hindú con hechuras de galgo consiguió lo que parecía imposible: echar a los ingleses de su país. Toda una hazaña y más si se tiene en cuenta que nosotros no hemos podido echarlos de Gibraltar después de cuatrocientos años de ocupación. Aquel hombrecillo renegrido de gafas redondas que mataba el tiempo dándole a la rueca también demostró que con inteligencia se puede liderar un país sin necesidad de matar ni esclavizar a la mitad de su población, como hizo aquí uno de cuyo nombre no quiero acordarme y que, cuarenta y dos años después de su muerte, aún reposan sus restos bajo el altar mayor de una basílica. Un detalle que no sólo dice mucho de los dirigentes de la iglesia, los describe a la perfección. Pero con todo su coraje y determinación, que fue mucho, Gandhi nunca hubiera podido él solo conseguir la independencia de la India. Necesitó la ayuda de miles de compatriotas para echar a los colonizadores. Pero de esas personas nunca se hablará, pasarán directamente al olvido.

Del mismo modo que en nuestro país, a la hora de recordar el fin de la dictadura, sólo se hablará de los líderes de la transición como supremos hacedores de la libertad y la democracia. Durante mucho tiempo, los historiadores seguirán haciendo fluir ríos de almibarada tinta cantando las gestas de ese puñado de intrépidos políticos que consiguieron por fin apuntillar a una dictadura herida de muerte  que ya buscaba las tablas y contarán con elevada prosa la forma en que recibieron el unánime aplauso nacional e internacional en el arrastre de mulillas de ese régimen que nunca debió haber amanecido. Ellos, los políticos de la transición, quedarán para todo el mundo como los héroes, los valientes que liquidaron a una de las dictaduras más sanguinarios de la historia moderna. Para los jóvenes que estudian la historia de España, los nombres de esos políticos tan cojonudos que llenan decenas de páginas en libros de texto y enciclopedias serán los buenos de la película, los que liberaron a la “chica” (la democracia) después de un largo cautiverio por parte de una cuadrilla de malhechores. Entonces descubrirán algo que ni los guionistas de espaguetti western más delirantes hubieran imaginado jamás: Fraga, uno de los cuatreros que mantuvo secuestrada a la “chica” durante cuatro interminables décadas, se convirtió de la noche a la mañana en uno de sus salvadores. Cosas de este país.

Mucho se ha escrito de esa transición supuestamente modélica pero ni una sola línea dedicada a la clase de tropa, a esa audaz y casi temeraria infantería formada por miles de hombres y mujeres antifascistas que a lo largo de la dictadura realizaron el durísimo trabajo de desbrozar y limpiar de piedras el camino para que, andado el tiempo, los políticos pudieran caminar por él y hacer su trabajo sin grandes sobresaltos. Por desgracia nunca se hablará de ellos, de sus pequeñas batallas diarias, batallas cuerpo a cuerpo donde se jugaban la vida contra un enemigo  no sólo infinitamente superior, sino infinitamente cruel y despiadado. Batallas unas ganadas y otras perdidas pero, y eso es lo más importante, batallas libradas que lentamente, como la carcoma, fueron royendo las vigas maestras del régimen. Estos olvidados de casi todos, con su labor de hormiguitas, fáciles de aplastar pero, al igual que las hormigas, imposibles de eliminar del todo, fueron los que recuperaron para este país la libertad que tan injustamente le fue arrebatada por una cuadrilla de militares golpistas que sólo fueron capaces de ganar guerras contra su propio pueblo. Ellos, los hombres y mujeres de izquierdas, hicieron posible la llegada de una democracia que muchos, hoy día, sobre todo gente joven, creen que llegó a España en la semana fantástica de El Corte Inglés. Ellos, los antifascistas, trapecistas sin red sobre una charca llena de cocodrilos, sabían que se jugaban la vida pero también sabían que la vida no es digna de ese nombre si hay que vivirla de rodillas. Ellos, los anónimos luchadores por las libertades de este maltratado país son los cimientos donde se asienta el Estado de Derecho; lo que no se ve, pero está.

Ahora  que nuestro ombligo es el centro del universo, ahora que el dinero se ha convertido en una liebre mecánica a la que a toda costa intentamos dar alcance dejándonos en el camino todas las ideas y principios en los que siempre habíamos creído; ahora que el egoísmo lo llevamos todo el día puesto a modo de anteojeras es bueno recordar  que antaño hubo una gente que se dejó la vida por conquistar unos derechos y libertades a los que no damos importancia como no se da importancia a un puente hasta que no se ha cruzado el río a nado y en invierno. Derechos y libertades que nos suenan a milongas de políticos y que, me temo, no somos capaces de disfrutar ni usar cabalmente porque, por desgracia, las cosas que nos son dadas no se valoran, como no se valora nada que no se ha logrado con el propio esfuerzo.

Sirvan estas cuatro líneas como emotivo recuerdo y homenaje a todos los hombres y mujeres anónimos que lucharon por lo que ahora tenemos. Según va la cosa, cada vez costará más trabajo creer que gente así caminó alguna vez sobre la tierra.

 

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