El exalcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, viajando en Metro.

Decía Homer Simpson, en una de sus míticas frases para la historia, que el transporte público es para fracasados. No sabemos si pensará eso de sí mismo el ex alcalde de Villa y Corte, ex presidente de la Comunidad de Madrid, ex ministro de Justicia y ex muchas cosas más -entre ellas ex sempiterno candidato a ocupar la Moncloa-, pero lo cierto es que ahí se le ha visto esta mañana, en el Metro, con su maletín burocrático a cuestas, la mirada perdida frente a la ventanilla y el rictus serio, como cualquier otro proleta que apechuga con sus miserias humanas a la hora fatídica de ir a trabajar. Impresiona comprobar cómo un hombre que lo fue todo en el partido y en la historia de España, y que hoy se defiende en los tribunales como imputado en el caso Lezo, se reduce a la simple categoría de uno más, de currito, de hombre llano que se hunde en las entrañas obreras del Metro para enfrentarse a la dictadura de la rutinaria cotidianidad, de los empujones, de los codazos, del sudor del personal y del olor a combustión ácida y enfermiza de los trenes subterráneos.

“¿No es ese el alcalde?”, preguntaba aquí una señora. “Que no, que este ya no es”, le respondía allí otra pasajera atiborrada de bolsas de Mercadona

Atrás quedan los cochazos blindados, los escoltas, las lujosas conferencias con jet set y canapé, los aviones privados y la maquinaria del Estado que antes estaba enteramente a su servicio. Todo poder excesivo dura poco, decía Séneca, y a Gallardón, como a todo político, el poder le ha durado lo que dura un atasco en la M-30, esos pifostios de tráfico contra los que luchó tan denodadamente cuando era primer ciudadano de Madrid. Al exalcalde, ya retirado de la política y estudiante de una causa judicial que le persigue incómodamente, ya madrileño pedestre como cualquier otro, se le ha visto deambular en el Metro como aquellos fantasmas atormentados de Ghost, la vieja película de Demi Moore. El exministro cedía el paso amablemente entre la masa y ante la sorpresa de la gente: “¿No es ese el alcalde?”, preguntaba aquí una señora. “Que no, que este ya no es”, le respondía allí otra pasajera atiborrada de bolsas de Mercadona. El tiempo ha pasado en un suspiro, Gallardón ya es historia, pero nos queda el hombre peatonal, el oficinista solitario, gris y anónimo salido de un cuadro de Hopper, el trabajador meditabundo que, alejado del alpiste fácil que da la política, se enfrenta al destino existencial del día a día, a la cruda realidad que no es otra que tener que ganarse las lentejas a golpe de pinrel, entre el asfalto ardiente y los raíles de acero. De la misma forma que los grandes emperadores romanos bajaban a las catacumbas para comprobar con sus propios ojos que allí vivía gente, Gallardón, otro emperador ya derrocado de perfil patricio, comprueba también en sus carnes, bien por necesidad o por aparentar que es un madrileño más, el triste y masificado paisaje humano del Metro. La insoportable levedad del ser tras el éxito de los focos rutilantes. Ya lo dijo Homer Simpson…

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