Se estrena la secuela de “Acoso sexual en el paraíso”, pero como este título parece un telefilme, lo voy a llamar “Fucking men´s 2” con Harvey Weinstein en el papel protagonista sustituyendo a Bill Cosby que era el héroe de la primera parte. Aunque el guion resulta similar existen ciertas diferencias entre ambas.

La primera parte nos relataba el ocaso de una estrella que tras ochenta años haciendo reír, empezaba a acusar en su rostro el semblante de un mal chiste, resultaba algo ligera y parca en matices. Todas las víctimas contaban mas o menos lo mismo: una noche de fiesta amanecían con más sueño que ropa interior junto al interfecto. Quizá Cosby despertaba junto a ellas con la esperanza de que creyesen que todo había surgido de una forma natural, como esas noches que te acuestas tan borracho que no sabes si dormir o cagar. Incluso les hacía el desayuno. El protagonista se dedicaba a negar los hechos y sólo a reconocer que conocía a algunas chicas.

Sin duda, una historia grotesca y previsible, que sólo tenía de oscuro la piel del protagonista, y con la que no te podías quedar dormido por riesgo de parecer desconsiderado. Lo mejor de aquella cinta que reventó las taquillas el año pasado fueron los chistes que sus compañeros de profesión vomitaron sobre el tema.

En cambio, esta segunda parte tiene un guion más complejo. Harvey Weinstein no niega los hechos, incluso muestra un arrepentimiento Real, en su cara se ve aquel: “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”. Weinstein parece un tipo capaz de cualquier cosa, si consiguió que “El paciente inglés” ganase un Oscar, todo es posible.

Se estremece uno al ver como aplaudía a Renné Zelwegger por su Oscar en el año 2002, e imaginar lo que estuviera pensando de la espalda de la actriz.

Aquí los personajes femeninos tienen el peso y la voz que se necesita para comprender la dimensión de un abuso sexual dilatado durante los últimos 20 años. Actrices como Mira Sorvino, Ashley Judd o Roxanna Arquette relataron como las invitaba a su habitación de hotel y las recibía en albornoz visiblemente excitado. Algunas aseguraron que la gerencia de la compañía conocía el comportamiento del productor, y que ciertos empleados eran incluso cómplices al organizarle citas con mujeres a las que solía hostigar o agredir sexualmente. El interfecto alegaba que tenía un arreglo con su mujer, en el que tenían permitido acostarse con otras personas, la típica excusa de parejas que no se hablan.

Me cuesta mucho comprender que gente con poder tenga que recurrir a estos actos para conseguir saciar sus deseos. Quizá todo provenga del poder y su inherente mala interpretación, porque el poder se tiene para no saber manejarlo.

El final de la película deja un final abierto y desolador ya que el bueno de Harvey acaba en Arizona tratando su adicción al sexo en la misma clínica en la que recibieron terapia Michael Douglas y Tiger Woods.

Por el horizonte asoma una tercera parte aún más canalla con Kevin Spacey, un actor poseedor de varios Oscar, y al parecer de varios hombres más.

En Hollywood el caso era como cuando pides tu medio kilo de carne de vacuno en el Mercadona en hora punta, un secreto a voces. Matt Damon, Quentin Tarantino y unos cuantos más conocían la situación. Una vez más, hasta que no se hace público nadie muestra sus condolencias.

Los genios del planeta, las estrellas que nos iluminan reconocen los hechos cuando todo explota, nunca antes. Es entonces cuando empiezan a desfilar por la alfombra roja la empatía con traje de Valentino, la intolerancia con diamantes de Swarovsky y la vergüenza ajena no acude porque esta rodando una película con Kusturica.

Siempre que aparece un depravado en USA Leonardo Dicaprio ya está estudiando el guion y comprando sus derechos, por que posiblemente la historia termine nominada a mejores Efectos Despreciables, y Leo a mejor actor falocentrista. Una vez más el cine nos ayudará a reflexionar sobre los temas más importantes, pero sólo a eso, porque denunciarlos supone el fin de la industria, es el pez gordo al que nunca le muerden la cola.

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