Al sur del rio Zambeze, entre monte bajo, acacias frondosas y hierba desmedida, los animales les echaban en cara a los elefantes que cada vez que bajaban a beber al río y a tomar sus baños de tierra con los que mitigar el calor y sobre todo las picaduras de los mosquitos, dejasen el cauce como una cochiquera en la que habitaran más de cien cerdos.

Todo había partido de los castores. Una manada de ellos, se había asentado en el lugar después de haber escapado de un accidente de un camión que trasladaba cuatro parejas hasta un zoo de una ciudad del sur. Acostumbrados a las aguas frías, habían tenido algún problema de adaptación en aquel lugar de temperaturas extremas, dónde el día calienta hasta evaporar el agua y en la noche hace tanto frío que los animales diurnos, tienen que juntarse para dormitar en grupo. Pero ahora proliferaban como la escarcha en la fría mañana. 

Sin embargo, habían sido las hienas las que habían transmitido la queja a los demás animales. Ellas casi no bebían agua y les daba lo mismo si el lugar estaba embarrado o si las aguas eran cristalinas. Pero tenían una deuda pendiente con los paquidermos de la trompa desde que tuvieron la osadía de atacar a una pobre cría y la mamá elefante despanzurró contra una acacia a una de las cánidas. Hicieron mucho ruido con el tema. Estuvieron dando por saco días y días quejándose ante la comunidad animal de la falta de cultura social de quiénes debido a su tamaño, en cuanto se movían dos metros dentro del cauce con sus toscas patas, provocaban que el barro se mezclase con el agua y convirtieran el río en un lodazal. Así, dando la murga, habían conseguido reunir aquella asamblea de animales. 

Curiosamente los hipopótamos, también habían entrado en el juego de los castores y las hienas. Ellos, que se pasaban media vida metidos en las profundidades entre lodo, barro y agua. Ellos se quejaban de que los elefantes bebían tal cantidad que el río había decrecido considerablemente y ahora no había lugar en el lecho pluvial en el que pudieran hidratar toda su piel sin tener que ponerse de rodillas o revolcarse como los mulos en un camino polvoriento. Los mosquitos y los pájaros estaban empezando a horadar sus pieles duras pieles lo que les provocaba dolorosas heridas. Su queja parecía fundamentada. 

Los leones, como reyes de la selva, pasaban olímpicamente de la discusión. A ellos no les afectaba. Estaban todo el día tirados a la sombra digiriendo la comida que cada tres o cuatro días cazaban sin ningún tipo de problema. Si necesitaban agua, en alguna de las batidas de caza, río arriba, bebían sin dificultad. Ni siquiera se habían dignado en acudir a la reunión aunque nada más fuera a escuchar e imponer orden como los superiores jerárquicos que eran. Preferían su sombra, sus acacias, y su somnolienta vida sin compromiso. 

Las jirafas, estaban a favor de los elefantes. Ellas también bebían mucha agua y con sus largas patas se introducían en el lecho a buscar la sombra y a comer las frescas hojas de las acacias que habían crecido junto al cauce. También habían notado que el cauce del río había bajado pero sospechaban que la causa no era que el agua se agotara por la bebida, sino que algo tenía que ver con los castores, que asistían a la reunión, agazapados, metidos dentro del agua en la lejanía y sin decir ni una sola palabra. Las Jirafas habían relacionado la llegada de los castores y el comienzo del descenso del caudal y aunque aún no habían descubierto la relación, sospechaban que ellos eran los causantes.

Las gacelas por su parte, en plena discusión sobre el causante del barrizal, tomaron la palabra para acusar a los guepardos de no respetar su territorio de caza y adentrarse río arriba, dónde ellos acudían a esconderse. Además pusieron en tela de juicio que su capacidad para ser sigilosos, no fuera algo contra las leyes de la naturaleza. Su intervención cambió totalmente el discurrir de la junta. A partir de ese momento, se olvidaron de quién ensuciaba el agua, de si había poca o mucha y todas las opiniones iban contra los guepardos. Los animales llevaban mal que los felinos no tuvieran depredadores y que se movieran por el campo con ese aire chulesco que les daba su fuerza y su agilidad. Además casi todos los allí presentes podían ser parte de su alimento diario. Tras varias horas de disputas, peleas e incluso insultos, no llegaron a un acuerdo sobre quién debía ser la especie que se enfrentara a los guepardos. 

Para los castores, todo había salido a pedir de boca. No habían averiguado que la falta de agua estaba provocada por su presa construida río arriba que impedía que el río fluyera libremente. Las jirafas se olvidaron de sus sospechas que, al no poner en conocimiento de los demás, habían salvado a los castores. Los demás animales, al final de la reunión, salieron con pocas ganas de volver a una asamblea. Los castores podían seguir robando el agua de todos sin que nadie se diera cuenta.

 


 

Fogueo

 

¿Es tan importante el Master de Cifuentes como para mantener a un país centrado en ello durante más de siete días?

Mentir, en un político, en cualquier democracia occidental europea con la que siempre nos comparamos, no es que esté mal visto, es que es un “pecado” de tal gravedad que hemos visto como un ministro de economía del Reino Unido, dimitía por hacer que su mujer se auto inculpara como responsable de una infracción de tráfico para que el su esposo no perdiera unos puntos del carnet de conducir.

La mentira, por tanto, es una pérdida de confianza que el caso de un político debiera suponer su cese ipso facto. La confianza en quién dice representarte debiera ser lo más importante. Si te mienten en una nimiedad, ¿que no harán con algo de vital importancia? Sirva como ejemplo el último bombardeo en Siria.

Pero España, nuevamente, sigue siendo diferente. Aquí llevamos más de siete días arriba y abajo con un tema que si, es importante, pero que no da más de si. Da igual si a Cifuentes le regalaron o no el dichoso máster, (parece que ya ha quedado claro que no lo hizo). Lo importante y en lo que menos se incide, es todo lo que rodea a esta mentira. Los tratos de favor, las componendas de amiguismo, la administración al servicio de los de siempre. La corrupción nuevamente. Que en este puñetero país, todo lo que tocan ciertos políticos se convierte en mierda y acaba costándonos un montón de dinero de nuestros impuestos y lo que es peor, que ellos siguen en su huída hacia adelante sin el menor rubor, alimentados por toda esa idiocia, toda esa indigencia social que dice que todo le resbala y que le da igual si le mienten, le roban o le estafan mientras no sean de “los otros”.

Las Cajas de Ahorro eran entidades que funcionaron correctamente, que cumplían la función social de recoger el pequeño ahorro de una España rural y pobre. Su finalidad, al ser entidades sin ánimo de lucro, era la inversión social. Aún recuerdo mis años de estudiante en Burgos dónde era imposible, por su escasa capacidad, estudiar en la única biblioteca pública que había en esa ciudad y teníamos que acudir a la sala de estudio de la Caja de Ahorros Municipal. Recuerdo mis primeras obras de teatro vistas en su salón recreativo o los primeros bancos de calle que llegaron a mi pueblo donados por la Caja de Ahorros del Círculo. Estuvieron más de un siglo funcionando sin problemas, hasta que llegaron ellos, los que se creen dueños del chiringuito y empezaron a cambiar los objetivos sociales por los créditos a sus partidos, sus préstamos a los amigos para que incrementaran la burbuja del ladrillo y se hicieran inmensamente ricos y acabaron quebrando un patrimonio de todos que nos ha costado 41.150 millones de euros, el coste de seis meses de pensiones o el de seis millones de plazas escolares o el de 170.000 enfermos/año en hospitales públicos.

Ahora descubrimos que también se dedican a quebrar la educación pública. Y no sólo aumentando los ratios de alumnos en clase hasta hacer imposible que en un aula, los alumnos con dificultad media, puedan tener la atención que debieran. También corrompen la Universidad. La fiscalía ha llevado a los tribunales a cinco docentes de la UNED por desviar 316.930 euros en cursos de formación. Con el NO máster de Cifuentes llevamos como digo más de una semana y se descubre que en esa Universidad, creada por y para el PP, más de 200 policías obtuvieron un grado en criminología, según la denuncia presentada por un sindicato policial, de escaso recorrido curricular, realizado online y que les ha servido para acceder a puestos de mando. Igualmente, según la Vanguardia, esta Universidad era una agencia de Colocación para cargos del PP. Amiguismo, tráficos de influencia, cambalaches,… corrupción. Eso si, mientras todo el (excesivo) peso de la ley cae contra una persona que falsifica un ticket de la hora, todo lo que rodea el máster, nos quieren hacen creer que es un juego de niños.

España siempre ha estado aquejada de titulitis. Cuando trabajar era de pobres, muchos emigraban a la ciudad convertidos de la noche a la mañana en hidalgos. Era una forma de buscarse la vida sin el temor de la vejación, la miseria y el vasallaje. Parece que poco hemos aprendido. Porque hemos convertido a nuestros hijos en parados con formación universitaria y un montón de másteres. Pero no les hemos enseñado solidaridad, cultura, comportamiento cívico, honradez y honestidad. Todo por la dichosa titulación. Cientos de abogados, licenciados en historia, en trabajo social, sirven hamburguesas en el Burguer King. Cientos de economistas, estadísticos, químicos, licenciados en periodismo o graduados en ADE trabajan en el submundo de la becaría con salarios de miseria. Cientos de políticos absolutamente ineptos viven de trepar en sus formaciones políticas. Seguimos sin darnos cuenta que en política, es importante la formación pero mucho menos que la honradez, la honestidad y el compromiso con la gente a la que representas. No hace falta ser graduado o doctor para ser presidente del Gobierno, ministro o consejero. Lula de Silva es soldador y sacó de la miseria a veinticinco millones de brasileños. Lo que hace falta es ser consciente de que tu puesto depende de las personas a las que representas. Darse cuenta que mentir, robar, desmantelar la sanidad pública, dejar a tus representados sin derechos laborales, proteger a los traficantes de armas, servir a los sátrapas genocidas o crear pobreza y miseria no son propuestas electorales por las que alguien te votaría y que por tanto, si lo haces, estás engañando a tus votantes.

Pero no hay político indecente, corrupto, mentiroso, sátrapa o ladrón sin el consentimiento de un pueblo apoltronado, egoísta, simple, incauto, inmoral y consentidor. No habría corrupción, políticos mentirosos, diputados lerdos e inútiles, sin el trabajo de ocultación que hace todo ese rebaño de periodistas y medios que maquillan, amoldan, retuercen y enfocan el objetivo según los intereses de quienes manejan. Nadie saldría en TV a decir que los traficantes de cocaína, los de órganos o las mafias que convierten a mujeres del Este en prostitutas, son importantes para la sociedad porque crean puestos de trabajo y riqueza. Sin embargo son capaces de argumentar en su basura mediática matinal que vender armas a un sátrapa saudí que las utiliza para un genocidio en Yemen, es bueno porque crean puestos de trabajo en España. Son capaces de decir que explotar mujeres y niños en Bangladesh o la India por un plato de arroz haciendo zapatillas, camisas o pantalones es bueno porque al menos tienen el plato de arroz. Todo ello claro visto desde la ignominia y la pátina que les da la lejanía de su mundo de contratos millonarios.

Son capaces de desviar el foco de la información para que el pueblo se olvide de los rescates de carreteras, de la subida del IPC a casi la previsión establecida para todo el año, de que nos van a dejar sin pensiones o de las condiciones miserables del mercado de trabajo. No vi tanta insistencia cuando el accidente del Alvia, del Yack 42 o cuando el insufrible nos metió en la guerra de Irak.

La mediocridad de muchos de nuestros políticos, la culpabilidad que sienten algunos, les lleva a inflar sus currículos. Como decía en Twitter Cris (@gallifantes) “no entendíamos como gente tan formada podía ser tan idiota. Ahora sabemos que son sólo idiotas”. Porque solo un idiota es capaz de creer que va a caer mejor o que justifica mejor su majadería y torpeza por decir que tiene tres titulaciones y dos doctorados. Que se lo pregunten a Manglano o a Toni Cantó.

Solo un idiota es capaz de votar a un mentiroso que ha demostrado que no se puede confiar en él. Sólo un majadero votaría a un ladrón.

 

Salud, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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