Y pareciendo que volaron los días, ya llegamos al fin de esas fiestas navideñas con sentimientos encontrados para muchos.

Entramos en el 2018 como siempre con los regalos que nos dejó Rajoy. Subidas de tarifas de luz, agua, gasolina…

Convencida de que Rajoy y su séquito deben pensar que con el cambio del año se nos olvida el pasado. Lo que no saben es que los únicos que deben tener falta de memoria, histórica incluida, son ellos. Donde dije digo, digo Diego.

Pasaron las fiestas y seguramente ese corazón que tanto se abre al mundo, de repente comienza a cerrarse de nuevo. Y es que nada es para siempre. Muchos menos los disfraces.

Situaciones precarias, y antesala de un año en el que pensionistas serán de los que les toque sufrir los zarpazos de un gobierno que sigue apostando por sus políticas neoliberales y destructivas por no hablar de las personas sin recursos.

Las cajas de las pensiones se derrumban, pero aquí se sigue votando más de lo mismo.

Podríamos entrar en el juego de la hipocresía barata y no poner siempre las cosas de color negro. Pero debe ser que en mi estuche de colores, sólo dentro de él permanece el negro. Por algo será.

Soluciones existen, pero otra cosa es que se quiera arriesgar a ello.

Me viene a la mente como no, esos mensajes solidarios en estas fechas que ya terminaron, donde los rostros de niños son las imágenes que nos intentan transmitir para darles una oportunidad.

Lo curioso de todo es que esos tan generosos son exactamente los mismos que entienden que no hay oportunidad que valga, y mucho menos que pretendan traerlos a nuestro país en busca de la dignidad que se les arrebató simplemente por nacer en países en el que los DDHH no existen.

Sí, entramos en el 2018, terminaron las Navidades y la que escribe, una vez más metiendo el dedo en la llaga.

Todo puede cambiar, pero eso no ocurrirá mientras sigamos creyendo ser el ombligo del mundo, y sigamos pensando que, en este mundo, dependiendo de donde sea tu procedencia, ese será tu valor.

Un año entero para cambiar las cosas. Sólo hay que dar pasos firmes y al frente.

 

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Madrileña de 52 años, afincada en Tenerife desde el 2002. Auxiliar de enfermería, pero desde hace catorce años, inspectora de seguros. Mi pasión por los medios de comunicación me ha llevado a colaborar en diferentes medios audiovisuales en la isla, donde actualmente dirijo “El Rincón de Ana Vega”.

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