Tengo cuarenta años y desde hace dieciséis soy médico, hijo único de una familia humilde, mi padre, albañil de profesión, tuvo que hacer miles de metros de ladrillo a destajo para pagarme los estudios, no le defraudé, acepte mi responsabilidad y dediqué mis años de universidad a estudiar, en seis años acabe la carrera con una calificación muy por encima de la media, estoy seguro de que, cuando me dieron el titulo, fue el día mas feliz de nuestras vidas, que orgullosos se sintieron cuando me dieron mi primera bata blanca, en la que mi madre bordó mi nombre precedido de la palabra “Doctor”.

Nada mas acabar la carrera me presenté al examen de médico interno residente MIR en la especialidad de médico de familia, lo elegí porqué siempre he considerado que es la especialidad donde mas puedes ayudar a los enfermos y la que te da una visión mas global de las diversas patologías, lo aprobé a la primera, no fue difícil, no es una especialidad excesivamente demandada, comencé impaciente e ilusionado, mi residencia comenzó en un ambulatorio donde me colocaron en un pequeño despacho de una ATS de baja por maternidad que en ningún momento la sustituyeron, solamente trataba a pacientes que necesitaban recetas, siete horas de trabajo que se convertían en dos o tres efectivas con un salario de mil cien euros brutos que no me merecía, fueron los seis meses mas desperdiciados de mi vida laboral, aunque al menos les solucioné parte de sus problemas, como hacerlos la receta electrónica de sus medicamentos habituales, para así evitarlos ir al centro de salud todos los meses, a alguno le cambie la medicación pero poco mas, no entendía que coños pintaba yo allí, empecé a tener ligeros problemas de ansiedad, los superé en cuanto me cambiaron de puesto de trabajo.

Me concedieron el traslado y comencé a hacer guardias en urgencias del hospital, el trabajo me pareció apasionante, la diversidad de enfermedades y pacientes que trataba me revelaron que mis años de estudio no habían sido suficientes, por lo que en mi tiempos libres me dedique a estudiar mas y mas, termine el MIR con unos conocimientos generales suficientes como para empezar a ejercer mi profesión.

Como todos mis compañeros me apunté a la bolsa de empleo, tardaron tres meses en llamarme la primera vez, nunca se me olvidará, me mandaron a un centro de salud rural a cien kilómetros de la capital para una sustitución de siete horas de trabajo, estuve doce, treinta y cinco pacientes sin historial, al parecer el médico al que sustituía los tenia en su cabeza, por si me volvía a tocar otra vez el mismo centro redacté un ligero historial documentado de cada uno de ellos, dedique mas tiempo al historial que a la asistencia sanitaria, por supuesto no había ordenador, lo tuve que hacer a mano en una libreta de publicidad de un laboratorio farmacéutico, solo tuve que solicitar un traslado al hospital, un chaval que se había roto una pierna al caerse de un árbol.

Entre mayo y junio firmé 42 contratos de un día de duración, por Whatapp a ultima hora de la tarde me indicaban donde tenia que ir al día siguiente, hubo de todo centros nuevos con medios suficientes, centros viejos, con todas las carencias, suciedad y riesgo de infecciones imaginables, te ponías los guantes y la mascarilla para ir al servicio o para buscar cualquier historial en vez de cuando explorabas a los enfermos, días con veinte pacientes y días con setenta los treintaicinco tuyos y otros del médico de al lado al que no habían podido sustituir, pacientes de los que no conocías su historial y a los que, con cuatro minutos que tenia de tiempo por cada uno, no era posible atenderlos en condiciones mínimamente dignas, los tiempos de espera se dilataban y los pacientes, con razón se cabreaban, aunque nunca llegué a tener ningún episodio de violencia

Entre contrato y contrato de vez en cuando cubría bajas en las urgencias del hospital, en algún caso inmediatamente después de terminada mi jornada en el ambulatorio, entonces trabajaba treintaiuna horas seguidas, el hospital seguía apasionándome por los que durante las guardia si bien acababa totalmente destrozado, me sentía satisfecho, pero eso duraba poco, otra vez al centro de salud.

Un día de mucha presión, me di cuenta de que para no perder tiempo y no acumular retrasos, trate a un paciente muy mayor con muy poca movilidad y le ausculté inconscientemente sin que se quitase la chaqueta, en ese momento se me vino todo mi mundo encima, me di cuenta de que después de pasar en menos de un año por 24 centros de salud, ocho puntos de atención continuada y dos hospitales, mis circunstancias laborales me estaban convirtiendo en un mal médico, no podía seguir así, desaparecí de la bolsa de empleo, sin que nadie me echara de menos.

Como tenia algo dinero ahorrado, y desde que acabe la carrera no había hecho vida social, de hecho seguía viviendo con mis padres, decidí darme un descanso, un par de meses de vacaciones por Europa, para pulir mi ingles que, como casi todos mis conocimientos, se me estaba quedando obsoleto, a la vuelta decidí estudiar para presentarme a los exámenes de otro MIR, esta vez en cirugía general y del aparato digestivo, con el fin de asegurarme que mis contratos, aunque temporales, fueran en hospitales.

Aunque este era mas difícil, volví a aprobar y estuve de residente otros cinco años en dos hospitales, en el primero aprendí poco, el equipo me marginó desde el primer día, sangre joven competencia segura, en el segundo tuve la suerte de estar en un equipo dirigido por uno de los mejores cirujanos que la medicina española ha tenido en mucho tiempo, operábamos cuatro días a la semana de sol a sol el quinto era de consultas, estuve con el tres años, el sistema le obligó contra su voluntad a jubilarse, se despidió renunciando a sus vacaciones anuales para tratar al máximo posible de pacientes, el día que cumplió 65 años, realizó una complicada operación para extirpar un cáncer de esófago mediante un abordaje mínimamente invasivo, cuando acabó todos le vimos llorar desconsoladamente, con el aprendí casi todo lo que sé, por primera vez en mi carrera supe lo que era salvar vidas humanas, desde ese momento entendí que ese era mi futuro.

Acabada la segunda residencia, volví a la bolsa de empleo, tardaron un par de meses en llamarme que me vinieron bien porqué en ese tiempo pude hacer dos cursos de colonoscopia, para variar empecé con contratos de sustitución de días sueltos en guardias de urgencias, treinta contratos en dos meses, varios de ellos de un día de duración, hasta que un día de locos en los que todas las salas estaban abarrotadas hice una esofagomiotomía a un paciente de 18 años, operación que consiste en la reducción de los estructura nerviosa de los últimos 5-10 centímetros del esófago, tarde horas y me quedó bordada, el jefe de servicio cuando días después pasó visitas en planta y al ver el resultado de la intervención me llamó, tomando un café le conté todas mis vicisitudes y me dijo que de ahora en adelante no me preocupase, que haría todo lo posible para que me quedará en su servicio.

El jefe de cirugía nunca ha operado a nadie, fue jefe de un centro de salud que al anexionarlo al hospital, se le permitió elegir un nuevo puesto y eligió la jefatura de cirugía al ser la única que estaba vacante en ese momento, con buen criterio llegaba al hospital sobre las diez de la mañana, después de la visita conjunta a los pacientes ingresados, se retiraba a su despacho donde, hasta las dos hora en la que se iba a tomar unas cañas, se dedicaba con afán y éxito a cuestiones administrativas, campo en el que no le ganaba nadie, allí firmé mi primer contrato de tres meses, y el segundo, y el tercero y así sucesivamente, trabajé muy duro dos años seguidos sin un día de vacaciones.

El trabajo en el hospital fue a mejor cuando se montó un laparoscopio que llevaba dos años en el almacén sin desembalar, como yo era el único médico que había trabajado con técnicas no invasivas, me hicieron responsable de su manejo, las operaciones las hacíamos con mayor rapidez, menor riesgo para el paciente, disminuyéndose el tiempo de estancia hospitalaria, que ni que decir tiene es lo mas les gustaba a los gerentes del hospital.

Por las argucias de nuestro jefe al equipo se unió una compañera que se encontraba en las mismas condiciones laborales que yo, una gran defensora de la medicina publica, enseguida congeniamos.

Las operaciones con laparoscopia las hacíamos conjuntamente los dos contratados eventuales, María mi compañera tenia una sensibilidad especial para llegar a los sitios mas recónditos del cuerpo humano, mientras yo manejaba mejor los sistemas informáticos, hacíamos una pareja de médicos excelente y rápidamente comenzamos a sentir que también podíamos ser una buena pareja fuera del sistema hospitalario, nos fuimos a vivir juntos a un piso cercano firmamos un contrato de alquiler con opción de compra, pagábamos a medias, cuando nos decidimos a comprarlo nos denegaron la hipoteca por tener contrato de tres meses, menos significativo pero mas doloroso fue cuando fuimos a comprar un par de muebles y por la misma razón, nos denegaron la tarjeta de crédito del establecimiento, ¡doce años ejerciendo la medicina! y no podemos tener ni la tarjeta del supermercado, si no hubiera sido por ella hubiese entrado en mi segunda depresión y es posible que hubiese abandonado la medicina.

Nos renovaban los contratos y teníamos derecho a una semana de vacaciones cada trimestre, no podíamos hacer un viaje al extranjero primero porqué una semana da poco de si y segundo porque aunque de vacaciones estábamos a expensas se recibir una llamada para urgentemente sustituir a alguna baja en el hospital, algo que era habitual. Durante esas semanas nos quedábamos en casa y juntos, recreábamos, en artículos que nos publicaban distintas revistas científicas, las operaciones mas importantes que realizábamos, lógicamente en las que habíamos tenido mejores resultados.

Al parecer, varios de nuestros artículos tuvieron una buena aceptación, gracias a ello hoy estamos trabajando en el hospital general de Ginebra, nos llamaron con un manifiesto interés de que fuésemos a trabajar a su hospital, el curriculum, una larga y profunda entrevista y nos ofrecieron dos puestos de trabajo fijos en el centro de afecciones hepático-biliares y pancreatitis, ahora formamos parte del mejor equipo europeo de cirugía del aparato digestivo, el cincuenta por ciento de la jornada lo dedicamos a operar y el otro cincuenta a formación e investigación, el salario no lo digo porque me parece de mala educación, nos sobra para vivir y eso que aquí la vida es cara, hemos comprado una vivienda unifamiliar, aquí si nos han dado el crédito, María está embarazada algo prácticamente impensable en España, ya que al estar eventual no tendría permiso de maternidad. Podemos ahorrar suficiente si para cuando nos llegue la jubilación, que aquí se puede retrasar de forma voluntaria hasta los setenta años, nos decidimos a pasar la vejez en nuestro país.

 El fin de la crisis: 1

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