Foto Agustín Millán

Dos reportajes de investigación del New York Times destaparon que el famoso productor de Hollywood Harvey Weinstein tenía un largo historial de acoso y abusos sexuales, una historia que venía de varias décadas atrás, tiempo en el que abusó de algunas de las principales estrellas hollywoodienses. En principio se nombró a Rose McGowan, pero, a medida que ha ido pasando el tiempo, el número de víctimas se ha incrementado. Nombres como Louisette Geiss, Gwyneth Paltrow, Angelina Jolie, Asia Argento, Ashley Judd, por citar algunas de las más de 60 mujeres que han acusado al productor de haber abusado sexualmente de ellas, dan muestra de cómo Weinstein se aprovechaba de su poder para satisfacer sus instintos sexuales. En todos los casos hay un punto común: esos abusos se produjeron al comienzo de sus carreras, cuando las esperanzas, anhelos y sueños aún están activos, cuando aún el volumen de decepciones no ha llevado al estado de desesperación.

El escándalo ha sido de tal calibre y el perfil de las víctimas es tan importante que ha provocado una reacción en cadena en diferentes países.

Harvey Weinstein, además de haber sido denunciado por abusos sexuales por algunas de las principales actrices norteamericanas, logró que la reacción de estas grandes estrellas de la pantalla termine con lo que se ha llamado «el silencio de la bragueta», es decir, la impunidad con que algo tan aborrecible como un abuso sexual quedaba tapado y oculto a lo largo de los años por el miedo al poder que estas personas y las consecuencias nefastas para la carrera profesional de las víctimas.

Esa es la clave de todo este escándalo: la indefensión de la víctima ante el poder utilizado de manera desmedida y la seguridad del agresor de que su comportamiento asqueroso se mantendrá el anonimato.

El patrón de estos abusos es el mismo desde hace siglos. Antes fueron los reyes los que abusaban de sus vasallas o vasallos. De ahí la gran cantidad de hijos bastardos que iban dejando. Los tiempos han cambiado. Los reyes han sido sustituidos por los que ostentan el poder y en ciertos ambientes o sectores laborales.

Es lo que ocurre en el mundo del cine, el teatro, la música o la televisión, es decir, sectores donde el triunfo cuesta muy caro y en multitud de ocasiones el talento no sirve para alcanzar la gloria, ni siquiera para acercase a ella. Son miles las actrices las que sueñan con ser la nueva Julia Roberts. Sin embargo, sólo unas pocas lograrán alcanzar el estrellato o, incluso, lograr un pequeño papel en una película de éxito o en una serie de televisión. Esas esperanzas, esos sueños, son aprovechadas por estos depredadores sexuales para satisfacer sus instintos. Ceban las esperanzas con promesas a cambio de sexo. Ese aprovechamiento de las aspiraciones de una persona es uno de los comportamientos más deleznables que puede tener un ser humano. Eso es lo que ha saltado por los aires con el escándalo de Harvey Weinstein.

España: denuncias con sordina

El escándalo de Weinstein también ha tenido su reflejo en España. Han sido muchas las actrices, presentadoras de televisión y cantantes las que han hecho públicos hechos en los que tuvieron que soportar los abusos de personajes como el productor norteamericano, pero en versión española.

El perfil es el mismo: un hombre con poder dentro del sector en la mayoría de los casos y en otros con poder institucional o con grandes influencias que se aprovechan de las o los jóvenes que quieren trabajar en el mundo del espectáculo, del cine, de la canción o del teatro y que, en algunos casos, están dispuestos a todo por hacer realidad sus esperanzas y sus sueños.

Las primeras que denunciaron fueron mujeres que tuvieron éxito hace décadas, en los primeros años de la democracia, como, por ejemplo, Ágatha Lys o Bárbara Rey. Muy explícita y muy clara fue la cantante María Jiménez cuando fue preguntada por la prensa si había sufrido algún tipo de acoso o abuso por parte de productores, empresarios o representantes. Su respuesta fue que eso había pasado toda la vida y que ella ahora no iba a denunciar a nadie porque «eso ya ha caducado».

Otras artistas que también han denunciado esos abusos o intentos de abuso han sido Aitana Sánchez Gijón, Maru Valdivieso, Carla Hidalgo o Ana Gracia. En algunos casos las amenazas por parte de los acosadores fueron muy explícitas: «Si te vas y no te acuestas conmigo me voy a encargar de que no trabajes más», confesó Carla Hidalgo a la revista YoDona.

Sin embargo, y a diferencia de Estados Unidos, en España no se están denunciando los hechos ante las autoridades. En algunas ocasiones porque, como dijo María Jiménez, porque el delito «ha caducado», en otras porque aún hay miedo porque son muchas las mujeres que aún están en activo y temen por las repercusiones que podría tener su confesión. Ese es otro de los aspectos que nos diferencia de los estadounidenses: todas las confesiones que han hecho estas mujeres famosas, grandes profesionales en sus respectivos campos, muestran los hechos pero no se dan nombres. Aún hay demasiado miedo a las represalias, tal y como reconoció Aitana Sánchez Gijón: «Ahora, gracias a lo que está llegando de Estados Unidos las mujeres tenemos cada vez menos miedo de hablar y alzar la voz. ¿Por qué tomar como una normalidad algo que no lo es en absoluto?». No obstante, no se dan nombres y estos depredadores continuarán teniendo jóvenes aspirantes a actriz a las que seguir acosando porque este tipo de acoso se sigue tomando como algo normal, como algo habitual que ha ocurrido toda la vida.

Los depredadores no distinguen de inclinación sexual

A raíz del escándalo Weinstein, varios hombres denunciaron también a productores que les acosaron o les hicieron proposiciones de sexo a cambio de trabajo, con las consiguientes amenazas si no se aceptaban sus propuestas. En Estados Unidos, el caso más importante ha sido el del actor Kevin Spacey, quien ha sido denunciado por varios hombres y que, para exculparse, ha relacionado los términos acoso y homosexualidad como si uno fuera consecuencia de la otra. La respuesta de la industria ha sido fulminante: sacarle del reparto de House of Cards o de la última película de Ridley Scott, All the money in the world. El director, a pesar de que estaba terminado el rodaje, ha decidido sustituir Spacey y volver a rodar las escenas en las que participa el actor con Christopher Plummer.

En España, los colaboradores del programa Sálvame, Rafael Mora y Antonio Tejado reconocieron que también habían recibido ofertas de trabajo a cambio de sexo por parte del mismo productor televisivo. Mora afirmó que «Lo primero que me dice es que era un chico muy guapo, que tenía ángel, pero si no tenía padrino me quedaría por el camino».

En el caso de los hombres, al miedo a las represalias se une el temor a la homosexualidad, dado que, aunque España ha avanzado mucho en el reconocimiento de los derechos de la comunidad LGTBi, aún existe un prejuicio social muy importante.

La normalización del delito

En muchas ocasiones los grandes escándalos pueden ser el inicio de la desnormalización de actuaciones que, aunque son aceptadas o calladas, son deleznables y, además, son un delito.

El miedo a las represalias y el poder que estas personas tienen sobre el futuro de las víctimas son las mejores armas con las que cuentan a la hora de perpetrar el acoso o los abusos y salir impunes porque tienen la seguridad de que ninguna de sus víctimas va a decir nada. El problema es que, hasta ahora, todo lo ocurrido quedaba oculto bajo el velo de la normalidad. Aunque todo el mundo coincide en que cualquier tipo de acoso es denunciable, la realidad es que todo lo que se ha destapado con el escándalo Weinstein era algo que estaba aceptado y normalizado por la sociedad. Esto es terrible.

Ya ocurrió con los abusos y la pederastia de los sacerdotes y obispos católicos. Esos comportamientos estaban normalizados por el poder espiritual que los curas tenían en sus respectivas comunidades hasta que hubo alguien que se decidió a denunciar.

Aunque sigue habiendo mucho miedo, nos encontramos con que se ha roto algo dentro de la industria del cine, del espectáculo de la canción o del teatro. El hecho de que grandes actrices hayan sido capaces de denunciar a uno de los hombres más poderosos de la industria del cine norteamericano supone un punto de partida para que el abuso sexual o el acoso hacia las mujeres por parte de hombres con capacidad e influencia para decidir el futuro de alguien quede erradicado.

Lo triste es que esto que ocurre en el mundo del glamour, también pasa en el mercado laboral de las mujeres que se levantan a las 6 de la mañana para ganar un salario inferior al de los hombres. Quien les escribe conoce algunos casos en los que, en momentos difíciles de las empresas, se decidió qué mujeres no serían incluidas en un Expediente de Regulación de Empleo dependiendo de su disponibilidad a satisfacer sexualmente a quienes tenían en su mano la decisión. Por otro lado, la crisis económica ha acentuado estas situaciones por el incremento de los despidos colectivos o de la precariedad laboral.

Defender el silencio de bragueta es lo mismo que defender la violencia machista

Si aborrecibles son los hechos denunciados en Estados Unidos, lo es, si cabe más, la reacción de algunos hombres que han llegado a defender lo que Weinstein hizo. La periodista Sharon Waxman contó que Russell Crowe se puso en contacto con ella cuando en el año 2.004 estaba investigando sobre los abusos sexuales de Weinstein para proteger al productor. Toni Denison defendió rápidamente al depredador: «Hasta que alguien me muestre fotografías de lo ocurrido todo son insinuaciones». 48 horas después cambió de opinión ante la avalancha de denuncias. Algo similar le ocurrió a Oliver Stone: «Soy de los que creen que hay que esperar a que llegue el juicio. No es fácil por lo que está pasando». También reculó.

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