Pet Shop Boys en un momento de su concierto en FIB 2018 Foto: @escritoraviajera

La previa que publicamos del FIB, nuestra octava parada y ecuador de nuestra ruta de 16 Festivales, ya era premonitoria. Un festival que auguraba que seguía la línea clásica british, a pesar (o gracias) a Pedro Sánchez. Porque el presidente del Gobierno ya había pasado por el evento castellonense hace dos años y algunos otros antes, ya que su mujer es gran amante de esta cita musical. Una vez más su polémica presencia ha eclipsado en parte lo que dieron de sí las bandas, la gente y el ambiente de Benicasim. Creo que es momento de ponerle un poco de remedio y escribir una receta que sigue funcionado 24 años después.

Muy pocos de los 168.000 fibers –el 45% españoles y el 55% de Reino Unido, Irlanda y hasta 25 nacionalidades diferentes– se enteraron de la presencia del líder socialista. Normal, entró por la zona VIP vip y por ella salió sin hacer mucho ruido. Fue a ver The Killers, quizá el mejor concierto del cartel de este año. Ya el primer tema, ‘The Man’, levantó las pasiones, sobre todo femeninas. Y es que Brandon Richards Flowers (37 años) enfundaba sus mejores galas, primero con un traje de galán y luego con algo más brillante, casi de torero, que a @escritoraviajera no le gustó. El concierto duró pero no se hizo largo, ya que alternaba temas de su último disco con himnos como ‘Human’ o el epílogo temazo ‘Mr. Brightside’.

El viernes también fue el día de The Vaccines. Es verdad que Roberto me remarcó que los veríamos en septiembre en el Dcode y que Sleaford Mods era una de los pocos solapes importantes de este festival, pero nos caímos rendidos a los londinenses, arrastrados por la furia british y la fuerza de Justin Young. Pasaron por su setlist clásicos como ‘Post Break-Up Sex’ o ‘If you wanna’, pero también temas de su último disco como ‘Nightclub’ y ‘I can’t quit’.

Lo raro de festivales como el FIB o el Primavera Sound era encontrar grupos españoles. Pero algo tendrá C.Tangana cuando actuó en los dos, en escenarios secundarios pero con una gran despliegue de medios y de público, doblando el del día anterior de Izal. Como hizo en Barcelona, el trapero madrileño subió dos motos al escenario, donde hubo fuego, barras, chicas y chicos con poca ropa y algo de discurso político, pero sin la repercusión de hacía casi dos meses en Barcelona. Crema T. citó al rapero Valtonyc, se quejó de que cuando era más joven no le escuchaba “ni Dios”, pero se jactaba de que ahora “enseña a los chavales a lidiar con gánsteres y multinacionales”. No mentó al rey, así que cero polémica.

La otra alternativa española de la noche, la bilbaína Tulsa, tocó de día y con apenas gentío. Su rock personal y a veces ausente en el escenario cambió cuando tocó su último tema, ‘Oda al amor efímero’, que no le dejaron acabar. La organización le cortó y ella se quejó amargamente. No es la primera vez que grupos pequeños o poco conocidos son arrinconados a primeras horas de la tarde en pequeños escenarios de algunos festivales en los que no cuentan con sus instrumentos, tienen menos tiempo de lo prometido o directamente les tratan fatal.

No fue el caso, claro está, de Pet Shop Boys, los a priori más importantes del sábado fiber. Los británicos, con sus característicos trajes negros y cascos futuristas por decirlo de alguna manera, ofrecieron un show visual psicodélico a ritmo de dance lento, fruto de la presentación de su último disco, ‘Super’, y de su gira Super Tour. Así, las nuevas canciones se intercalaron con una abundante ración de tapas nostálgicas como ‘New York City Boy’, ‘Se A Vida E’, ‘It’s a Sin’, ‘Domino Dancing’ y ‘Always on my Mind’ para rematar con ‘The Folks Who Live On The Hill’. A pesar de ser el cabeza del cartel, quizá no fue lo mejor de la noche, habida cuenta de la diferencia generacional del grupo con la juventud de los festivaleros de este año. La mujer de Pedro Sánchez y sus hijas entre el público de los PSB era un claro ejemplo de este contraste.

Además, tuvieron una gran competencia: Belle & Sebastian. Comenzaba a llover cuando nos dirigimos al escenario Visa. No defraudó. El artista escoces arranchó con sus melodías pop hasta que el público subió al escenario (como ya me había augurado Roberto) a pegarse unos bailes a ritmo de ‘The Boy With The Arab Strap’. El romance entre el FIB y Stuart Murdoch es nuevo. Actuó ya hace 14 años y algunas crónicas apuntan a que conoció a su mujer aquí. Sea como fuere, el idilio continúa.

Acabamos visitando fugazmente a Monarchy, que nos pareció profesional pero soso, muy propio de la tormenta con rayos pero sin truenos que caía sobre los cerros de Benicasim. Y cerramos con Metronomy, algo que ya sabemos como suena pero sigue siendo una apuesta segura en los certámenes veraniegos españoles. Tras el incontestable ‘The Bay’ se marcaron otros temas de referencia como ‘Love Letters’, ‘The Look’ o ‘Reservoir’. Armónicas canciones a las 3 de la madrugada.

Precisamente, uno de los fallos del festival ha sido la ausencia de grupazos el jueves y el viernes a partir de las 1 ó 2 de la mañana, es decir, cuando terminaron las cabezas de cartel de esos días. La euforia, las ganas, la energía, la adrenalina baja a la mitad en pocos minutos. De 200 a 50 kilómetros por hora en un par de curvas, las que van de desalojar el escenario Las Palmas para buscarse la vida en cualquier otro espacio con un poco de ritmo. Entiendo que a partir de las 4 de la mañana solo haya opción electrónica pero dejar a las 2 a miles de festivaleros, muchos de ellos veintañeros, al albor de pinchadiscos raros en las tablas o tipo ‘Independance’ en la arena de la Beach Party es un despropósito.

También lo es el cada vez más descuidado espacio del FIB. Llevamos yendo varios años y cada vez está peor. Zonas de tierra o cantos se alternan con asfalto a medio tirar (como si les acababa el dinero para el cemento en plena crisis), con cachos verdes cada vez menos verdes y con un espacio de arena de playa en el que varios cazurros borrachos chapoteaban en minipiscinas (podríamos llamarles abrevaderos) sin mucho sentido del ridículo.

Vistos los antecedentes ‘madcoolianos’, hay que destacar que no había colas en las barras, ni en las zonas de comida ni en los baños, que también podrían renovarse, especialmente el central masculino, que no se sabe muy bien si se trata de unos urinarios o del bebedero de ovejas de un aprisco. Tampoco había colas (más bien al contrario, camareros pegándose por pillar un cliente) en las barras, en las que corroborabas una vez más que el Festival Internacional de Benicasim es el de las copas más caras (9 euros frente a los 7,5 de la mayoría) y las más escasas, con vasos con míseras marcas hasta donde llenaban de alcohol los vasos.

En fin, algunas de las miserias de un festival que podría mejorar el recinto en la siguiente edición, en la que cumple su 25 aniversario. En lo musical sigue una senda clara, clásica y mayoritaria, que tras la crisis que sufrió hace unos años sigue apostando por un público guiri británico juvenil (de esos que se quitan la camiseta para enseñar su palidez al primer despiste) pero que cada vez atrae más por grupos españoles que están dando que hablar. Y todo a pesar o gracias a Pedro Sánchez y a su “agenda cultural nocturna”.

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