Al enemigo ni agua. A Fernando Alonso ni agua. ¿Ha elegido Honda, ha despreciado a Ferrari? Pues ahora paga las consecuencias de tu decisión, amigo mío.

En una novela lo que sucede con el motor Honda y la escudería McLaren lo rechazaría cualquier editor por inverosímil. Pero a la realidad la verosimilitud le importa un testículo de pato. Tres carreras, ningún punto, ninguna terminada siquiera. Duele.

Duele ver a Sebastian Vettel primero. Duele tanto que Fernando Alonso se aparta para que Hamilton pase lo más rápido posible y tenga alguna posibilidad de alcanzar al hombre que le arrebató al menos los tres títulos mundiales que fácilmente podría haber conseguido.

Se aparta Fernando Alonso para dejar pasar a Lewis Hamilton e inmediatamente después su nave su coche su bestia mecánica desfallece. Desfallece porque Alonso -el alma más poderosa de las que se congregan alrededor del mantra “fórmula uno”- ya no tiene fuerzas ni ganas para empujarla, no le merece la pena seguir haciendo magia. ¿Magia para acabar trece o catorce? ¡A tomar por culo!

El Piloto número 21 sigue siendo invisible para la mayoría de la parrilla, hasta Caraquemada Niki le ignora ya. ¿Qué puede hacer un fantasma si ni siquiera el gran Fernando Alonso es capaz de terminar las carreras?

Aún así la magia se mueve, más allá de las máquinas. Brutales mecánicas que convierten en enanos a mecánicos y comisarios cuando es necesario levantarlas en el aire con la ayuda de una grúa y los míseros y pequeños humanos posan en la foto, a su lado.

Era Bahrein, era el desierto, y Nico Rosberg cerró los ojos y volvió a su monoplaza en la última ronda de la clasificación, poseyendo a Bottas, logrando quitarle la pole a Hamilton -asustado y amable hasta el exceso este temporada el negro martillo zumbón- y aguantando su posesión, su magia negra de campeón del mundo, hasta que Bottas arranca y mantiene el primer puesto. Luego Rosberg lo deja solo y todo, para su antiguo equipo, es confusión.

Cae Mercedes. Sube Ferrari. Vuelve Vettel: magnífico y campeón. Cierra los ojos Fernando Alonso, aprieta los puños, ¿merece la pena seguir esforzándose para mantener viva la llama de la ilusión?

Está en el desierto, Fernando Alonso. Serpientes y arena. Calor. Hace mucho calor. Por fortuna aún queda la promesa de un soplo de aire fresco: las 500 millas de Indianápolis. Pero mientras tanto: calor, hace mucho calor.

 

Otro burbon, por favor.

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