Con este nombre se suele agrupar a las diferentes corrientes de las denominadas primera y segunda oleadas feministas. Todas estas corrientes, reivindican que hombres y mujeres deben tener los mismos derechos y oportunidades. También defienden una igualdad basada en que las diferencias entre hombres y mujeres no son naturales, sino que son producto de la socialización.

La primera oleada feminista surge a mediados del siglo XIX y dura hasta los años veinte del siglo pasado. Es un movimiento que nace simultáneamente en Gran Bretaña y Estados Unidos. Su aparición en España fue un poco más tarde (a principios del s.XX). De todas estas corrientes, podríamos decir que la principal sería el feminismo liberal (de orientación liberal-burguesa). Las representantes de esta corriente del feminismo son, sobre todo, mujeres de clase media que denuncian las contradicciones entre el discurso del liberalismo y la práctica discriminatoria de la mujer. Básicamente, reclaman la igualdad de derechos políticos (en particular, el derecho al voto, del que las mujeres estaban excluidas), educativos (acceso a estudios profesionales y universitarios) y laborales.

Aunque pueda parecer extraño, uno de los teóricos más destacados de esta corriente del feminismo, fue un hombre: John Stuart Mill. En 1886 lideró la primera petición a favor del voto femenino en la Cámara de los Comunes británica, de la que era diputado. En 1896 publicó The Subjection of Women (El Sometimiento de las Mujeres), un libro con el que pretendía convencer al mayor número posible de personas sobre la justa y necesaria reforma de una serie de leyes e instituciones que mantenían sometidas a las mujeres. Según Mill, la subordinación de la mujer representaba un obstáculo para el desarrollo de la humanidad. Además, decía que esa subordinación de la mujer, era una contradicción en un mundo moderno que pretendía superar el modelo anterior de sociedad estamental; en el que la vida de las personas había estado inevitablemente ligada a su condición de nacimiento (en el caso de las mujeres, su destino en la vida seguía estando ligado al hecho de haber nacido mujeres). Mill también denunciaba que los hombres perpetuaban esa subordinación de las mujeres mediante el tipo de educación que se les daba, lo que las impedía desarrollar una conciencia colectiva sobre su situación y cómo reaccionar conforme a ella.

Dentro de esta primera oleada feminista también se suelen aparecer algunos teóricos y activistas marxistas y socialistas utópicos (y algunos anarquistas) que hablan sobre cuestiones relacionadas con la mujer (por ejemplo, Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicado en 1884). Recordemos que, aunque las mujeres de clase media estaban “vetadas” en el mercado de trabajo, las de clase obrera formaban una grandísima reserva de mano de obra (barata) durante la Revolución Industrial.

El marxismo y el socialismo afirmaban que el capitalismo se aprovechaba doblemente del trabajo de la mujer, por un lado en su parte productiva (mano de obra barata) y, por otro, en su parte reproductiva (proporcionando hijos-obreros al sistema). Según esto, era el capitalismo, y no los hombres, lo que mantenía a las mujeres subordinadas; con lo que una vez que la revolución proletaria acabara con el sistema capitalista, acabaría también la subordinación de la mujer.

A pesar de esto, en general, estas ideologías compartían el modelo de división sexual del trabajo: las mujeres pertenecían al ámbito de lo privado (el cuidado de la familia y los hijos), mientras que el ámbito público correspondía a los hombres.

Tras la obtención del sufragio universal en Estados Unidos (1920) y Reino Unido (1917 para mujeres mayores de 30 años; en 1928 se equiparó con la edad de los varones), las vertientes liberales y marxista-socialistas, se fueron deshinchando y, con ellas, la primera oleada feminista.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Simone de Beauvoir (de la que hablaremos más extensamente en otro artículo), reactivó el feminismo, dando lugar a lo que se conoce como la segunda oleada feminista. En 1949, publicó El Segundo Sexo, donde comentaba que las mujeres vivían su condición femenina a partir de la particular forma de ser que han construido los hombres para ellas. Aunque, durante un tiempo, Simone de Beauvoir pensó que la emancipación de la mujer sería posible con el triunfo del socialismo, en los años setenta se unió a la militancia feminista, pero no se planteaba la lucha feminista como una “guerra abierta” contra los hombres.

Las principales ideas de Simone de Beauvoir son las siguientes:

  • El género es una construcción social creada a través de la educación desde la infancia. Lo resume en la que puede ser su frase más famosa: “La mujer no nace, se hace”.
  • La maternidad es una “trampa” y una desventaja para las mujeres porque les impide dedicar el mismo tiempo y las mismas energías que los hombres en otros aspectos de la vida; incluidos el desarrollo intelectual y profesional
  • Es esencial la incorporación de la mujer al trabajo remunerado para su emancipación. Aunque es insuficiente si continúa sometida al trabajo doméstico.
  • La socialización del trabajo doméstico, a través del reparto del trabajo en el seno de la familia y no solo por parte del Estado, es esencial.

Por su parte, Betty Friedan (1921-2006) es una de las representantes más destacadas de la corriente del feminismo liberal dentro de la segunda oleada feminista. En sus obras La mística de la feminidad (1966) y, en particular, La segunda fase (1981) coincide con Simone de Beauvoir en subrayar la importancia de la incorporación de la mujer al trabajo remunerado. En La segunda fase, se centra especialmente en el problema de la doble jornada laboral de las mujeres (en casa y en el trabajo) y en la segmentación del mercado de trabajo (que sigue vigente hoy en día), donde las mujeres reciben un menor salario por el mismo trabajo, y tienen más dificultades para acceder a altos cargos y puestos de responsabilidad).

Las proposiciones de Betty Friedan son parecidas a las que antes había formulado Simone de Beauvoir:

  • “Revolucionar la vida doméstica” con el reparto de tareas y la intervención del Estado en las que no puedan compartirse.
  • Una reforma institucional, en la que se tengan en cuenta las dificultades de inserción en la vida pública que sufren las mujeres por asumir la principal responsabilidad en las familias, con el reconocimiento por parte del Estado de reconocer que la propia existencia de la familia genera una serie de necesidades que es imprescindible cubrir.
  • Para conseguir esto, es necesaria la organización de las mujeres para presionar al Estado. En este punto, plantea una crítica implícita contra la ineficacia de otros movimientos feministas, reprochándoles el haberse desentendido del tema de la familia; algo que favoreció que se ocupasen de ese tema, casi exclusivamente, las élites políticas conservadoras, que atribuían a las feministas un discurso de rechazo a la familia y, por consiguiente, la destrucción de la sociedad.

El abandono del tema de la familia también restaba activos al movimiento feminista porque muchas mujeres, que concedían valor a la maternidad, no estaban dispuestas a unirse a él.

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