Cuando se cumplen 109 años de la masacre de las mujeres en la fábrica Cotton de Nueva York, el 8 de marzo de 1909 el empresario incendió la fábrica donde se habían encerrado las obreras, exigiendo aumento de salario, y murieron abrasadas más de 200, luctuoso suceso por el que se instituyó el Día Internacional de la Mujer, las luchas feministas en el mundo occidental han logrado una buena parte de las reivindicaciones que se plantean desde hace más de dos siglos.

Muchas han sido las luchas, las derrotas y las víctimas, pero en el continente europeo y en el americano los avances logrados son innegables. Más de un siglo después de aquel trágico acontecimiento, tanto los derechos civiles (el voto, el divorcio, el aborto, la igualdad civil)  como los laborales y políticos se han conseguido. Es evidente que queda por alcanzar la igualdad real con la situación económica y el poder político del hombre. Pero, ¿es ese el único avance que deseamos? ¿cobrar los sueldos masculinos, tener el mismo número de representantes en los consejos de administración y en los parlamentos? ¿dirigir las empresas y la política de nuestro país como lo hacen los hombres?

Cuando se planteó la aprobación de la Ley de Paridad intenté que se comprendiera que ese no era el objetivo del feminismo. Situar el mismo número de mujeres que de hombres en el Parlamento no garantizaba en modo alguno que la política que allí se aprobara fuese feminista. Conocido es el gran porcentaje de mujeres que pertenecen al Opus Dei e incluso a sectas aún más ultra reaccionarias que asientan sus reales en los escaños del Parlamento, como de todas las instituciones, y que constituyen la fuerza retardataria de los cambios que pretendemos.

El feminismo es el Movimiento llegado a la escena social y política que ha traído transformaciones fundamentales para el desarrollo de los países. Ni el anarquista ni el socialista ni el comunista asumieron, con el protagonismo que merecemos, los temas que afectan a la mujer. Y a las reclamaciones económicas nosotras hemos sumado la libertad de reproducción, las relaciones amorosas, paterno-materno filiales, la sexualidad. Cuestiones estas que afectan a lo más profundo del comportamiento humano. No solo de las mujeres. El feminismo no es únicamente un movimiento que reivindica las mejoras inmediatas que afectan a la vida de las mujeres. El feminismo ha de realizar las revoluciones pendientes que los hombres no han podido llevar a cabo y que les afectan a ellos en la misma medida.

Postergando la igualdad y la liberación femeninas a la consecución de los ideales socialistas, esos movimientos, liderados por hombres, desdeñaron las reivindicaciones feministas. Por ello, el Movimiento Feminista (MF) se constituyó aparte, y a veces enfrentado con aquellos que deberían haber sido sus aliados.

En España, en estos ya 41 años de lucha frente a un Estado patriarcal, el MF ha alcanzado alguna de sus conquistas fundamentales, como la igualdad legal, pero lejos queda no solo la igualdad real con la situación del hombre, bastante indeseable en las condiciones actuales, sino un cambio profundo de las estructuras sociales y políticas que harían a nuestro país realmente democrático y feminista.

Por ello, como Partido Feminista de España, hemos reclamado desde hace largos años, una verdadera ruptura con la continuidad de la dictadura que pactaron los partidos políticos, el movimiento sindical y las oligarquías de este país a la muerte del dictador.

Para alcanzar un reparto de la riqueza un poco más igualitario que el que existe hoy, es imprescindible reducir el poder de las oligarquías: industrial, agraria, financiera, que mantienen la extrema explotación de los trabajadores y de las mujeres; anular los acuerdos con la Iglesia Católica que pretende mantener el predominio ideológico y que extrae los mayores beneficios de ese concordato; salir de la OTAN, que es la organización militar más grande del mundo, y acabar con las bases estadounidenses; renegociar nuestra relación con la Unión Europea y aprobar la legislación que garantice la protección de las mujeres que están siendo masacradas por la violencia machista, y el acceso de estas a todos los centros de poder.

Por supuesto, semejantes reformas, rechazadas con indignación por la derecha, únicamente pueden llevarse a cabo si proclamamos la III República. La monarquía es el sostén más eficaz –por ello nos la impusieron– de todos esos poderes depredadores que mantienen a nuestro pueblo en la pobreza y la ignorancia. Y a las mujeres como la clase más explotada de todas.

Este y no otro es hoy el desafío del feminismo: alcanzar los puestos de poder político que hagan posible tales transformaciones. En definitiva, tener la profundidad y la estrategia que reclamaba Rosa Luxemburgo.

Lidia Falcón es política, escritora y fundadora del Partido Feminista de España

 

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