A pesar de haber muerto, tenía su autoestima muy alta, y si los muertos podían permitirse estar orgullosos, él lo estaba.

También sentía agradecimiento hacia esa familia que había tenido el detalle de invitarle durante unos días tan especiales.

Si no hubiera sido por ellos, habría pasado las navidades solo.

Aunque no hablaran el mismo idioma, a través de las miradas y el tono de las voces, se había sentido querido. Importante.

El día veinticuatro, la familia en pleno sonreía sentada alrededor de la mesa. Todos menos el pequeño Héctor, que lloraba desconsoladamente.

Los días anteriores, desde su llegada a la casa, había congeniado con el niño de maravilla; jugaban y corrían juntos de la mañana a la noche. Entre ellos había nacido una buena amistad.

Ahora, ya difunto, desde esa dimensión en la que están los muertos, de tránsito hacia el más allá, podía verles, listos para la cena navideña. Y se veía a sí mismo, cadáver, despatarrado sobre la mesa: tostadito y rodeado de vegetales humeantes.

Cuánto le gustaría poder decirles: “Feliz Navidad”.

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