Antes del boom tuvo que existir una chispa que provocó el cataclismo literario que marcó toda una época, y que aún más de medio siglo después sigue dando muestras de buena salud en generaciones de nuevos valores que siguen empujando fuerte con propuestas narrativas rompedoras e innovadoras. Pero antes de todos ellos, antes incluso de Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa o el mismísimo Gabriel García Márquez, ya estaba él. Al fin, más de medio siglo después de su muerte en 1964 se comienza a valorar en su justa medida su legado.

Desde su primera juventud dio muestras de genialidad, primero ante las teclas de un piano y casi al mismo tiempo delante de un folio en blanco

El montevideano Felisberto Hernández fue un personaje tan entrañable como excéntrico, que pasó durante décadas demasiado desapercibido en el microcosmos literario, por cierto repleto siempre de fantasmas, estafadores, prestidigitadores y otros menesterosos con aires de ínfulas. Y todo ello pese a que el valor de su obra literaria es imponente y determinante para generaciones posteriores, aunque dejara un legado tan menudo como intenso.

No fue su caso el de un arribista más llegado casi por ensalmo a la literatura, porque este uruguayo que vino al mundo en 1902 flirteó con el arte desde muy joven, y ya desde su primera juventud dio muestras de genialidad, primero ante las teclas de un piano y casi al mismo tiempo delante de un folio en blanco para crear historias asombrosas.

Su paisano también montevideano Juan Carlos Onetti dijo de él que “Felisberto nunca fue ni será un escritor de mayorías. Desgraciadamente murió demasiado temprano para integrar ese fenómeno llamado boom y que todavía no logro explicarme de manera convincente”. Otro descreído más que, sumado al resto, hace un todo. Éste creando el mágico mundo de Santa María y Hernández hilvanando historias maravillosas como la recogida en los Relatos para piano, un compendio de textos cortos rescatados ahora por Jus. Entre ellos, el cuento que abre el libro y sobre el que gira toda su maestría: Las hortensias, un texto subyugante, cautivador, asombroso, hipnótico… Sigan poniendo calificativos y no descansen. Desde el año 1949 en que lo publicó por primera vez no ha dejado de acaparar elogios.

El protagonista del relato le introduce a su mujer las manos abiertas en su pelo y le suelta así de pronto un piropo que quita hipos: “Siempre me olvido de traer un lente para ver cómo son las plantas que hay en el verde de estos ojos, pero ya sé que el color de la piel lo consigues frotándote con aceitunas”. Poco más se puede añadir. Cual selecto elixir, su esencia perdura y se acrecienta al recorrer de nuevo sus vericuetos.

García Márquez reconoció que sin los cuentos de Felisberto Hernández no habría sido nadie como escritor

Objetos inanimados y personas adquieren en estos relatos (además de Las hortensias, Genealogía, La envenenada, Juan Méndez o Almacén de ideas o Diario de pocos días, Tal vez un movimiento, El cocodrilo y Explicación falsa de mis cuentos) una nueva dimensión y tratamiento, abordando la relación de forma rupturista y dotando al relato de un humor a prueba de risas fáciles que ocasiona que difícilmente el lector salga de su anonadamiento y asombro. A final de su “explicación falsa” de sus cuentos, Hernández apunta: “Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda”.

Felisberto Hernández comenzó muy pronto a publicar y también a casarse. En 1925, con apenas 22 años contrajo matrimonio con la primera de sus tres esposas, una maestra. Ese mismo año publicó su primer libro, Fulano de Tal. Su carrera de pianista también comenzó a alcanzar altos vuelos y en 1939 estrenó Petrushka, de Stravinski, en el Teatro del Pueblo de Buenos Aires.

Apenas un año después, en 1940 abandonó definitivamente su carrera pianística para dedicarse por entero a la literatura. En esa década llegarían dos de sus títulos más importantes: Por los tiempos de Clemente Colling (1942) y Nadie encendía las lámparas (1947).

El autor italiano Italo Calvino, gran estudioso del escritor uruguayo, aseguraba que Felisberto Hernández “no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un “francotirador” que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas”.

Calvino veía en las asociaciones de ideas del uruguayo su juego literario preferido y las catalogaba de “zarabandas mentales”, con unas partituras sólo interpretables en la mente intrincada del montevideano.

Esa originalidad narrativa de Hernández también la atisbó el ‘padre’ de La Maga y su Rayuela, Julio Cortázar. “Como todos los grandes escritores, Felisberto Hernández nos alcanza una llave para abrir las puertas del futuro y salir al aire libre”. Y el Nobel por excelencia del ‘boom’, el colombiano Gabriel García Márquez reconoció que sin los cuentos de Felisberto Hernández no habría sido nadie como escritor. Palabras mayores.

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1 Comentario

  1. Lo único que no me gustó fue la redundancia en la frase: “Su paisano (también montevideano) Juan Carlos Onetti dijo (de él) que”. Buena nota.

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