La tragedia no apunta a la nada, sino a un porvenir donde esa tragedia no sea ya posible.

ALFONSO SASTRE

Parece incuestionable que sólo con mencionar la palabra Grecia, salte a relucir su vínculo con la Tragedia. Entendemos que en esta relación no consideramos preciso conocer mucho a Sófocles, Esquilo ni al héroe homérico Odiseo, sin embargo, asignamos a este pueblo el escenario del drama, lo heroico y hasta las bendiciones del Olímpico Zeus, padre de los dioses. Por ese mismo sendero puede entenderse el dramático proceso vivido por la comunidad griega en nuestro tiempo, con respecto a Sirysa, Alexis Tsipras y la Unidad Popular, LAE. Y lo que es peor todavía, las deliberaciones de la Comisión Europea, del BCE y el FMI, para resumir, de La Troika. El Estado griego no tuvo sólo un programa de Rescate, sino tres, así que la tragedia se vivía por las calles de Atenas. Por su parte, las protestas de los manifestantes en la Plaza Sintagma eran transmitidas al mundo como el Coro que acompañaba la representación, ante la pasividad cómplice de buena parte del mundo occidental. Pues bien, lo mal vivido por la mayor parte del pueblo griego, pareció entendido como un drama superior, en definitiva, como una tragedia. Una tragedia griega.

Nuestra cultura, con tantos dramas como nuestra propia historia, solo puede sacar pecho recordando Fedra y sus desgraciados amores por un Hipólito de pelo rubio y trágicos desdenes. Decimos que lo nuestro no se parece a la tragedia porque nuestros personajes, según no se qué normas, no alcanzaron la categoría de héroes por aquello de no estar familiarizados con los dioses. Pese al empeño de Lope de Vega haciendo malabares con el pueblo de Fuenteovejuna luchando contra la tiranía de un Comendador real. Aunque parece claro que el propio Lope cayó en la trampa y se atrevió a decir que El mejor alcalde, el rey. Otro tanto nos pasó con Calderón y su Pedro Crespo, el revolucionario Alcalde de Zalamea que nos invitaba a ofrecer al rey la “hacienda y la vida”, nada menos. Para entendernos, haría falta quitarnos el lastre de nuestra tradición judeo-cristiana emparentada con la Contrarreforma y obligados a decir que la Vida es sueño y todo lo demás. ¡Cuánto nos pesa la culpa! Por otra parte, heroínas hemos tenido, desde hilanderas con pierna de hermosa doncella y una estancia real con perro y bufones incluidos, que pintara Velázquez. Hasta la tampoco recatada Maja desnuda del genial aragonés. Recordar que estuvimos siempre junto a mujeres como: Dulcinea, Celestina, Doña Inés, Regenta, Saturna, Tía Tula y, nada menos, que a un Max Estrella que sólo pudo llevar hasta el Esperpento su ácida crítica de la insoportable etapa de la Restauración. Pero de poco nos ha servido todo, si nuestros personajes no se codeaban con los dioses.

Puede que nuestra desgracia haya sido quedarse en medio. No llorar con el drama, no reírnos lo suficiente con la comedia o no entender del todo el absurdo. Esto nos pasa porque aquí se entiende que siempre tuvimos un Estado, autoritario o muy parecido, que obligaba a olvidar las penas por medio de espectáculos navegando entre la comedia y el absurdo. Dicho, la farsa. El drama se vivía en cada casa. Por eso la izquierda política se ha equivocado tanto al hacerle pagar a la comedia, lo que correspondía al poder. No aspirar a la tragedia es dramático, pero designar al vulgo todo lo demás, es peor. El problema empieza a plantearse cuando se descubre en cada parte del sistema los autores dramáticos y los de la comedia. En principio, Juan Antonio Bardém y José Luis García Berlanga hicieron películas juntos, pero pasado el tiempo, nuestro admirado Bardém, como comunista, se dedicó al drama social poniendo al descubierto los trapicheos de la burguesía franquista, que eran las cosas reales. Pero quien no considere la película Plácido como una de las más grandes comedias trágicas de nuestra cultura, desconoce, de fondo, nuestra vida y costumbre. Al pueblo español le pesa tanto el drama, que la tragedia es un pasillo de comedia a su lado. Sin embargo la izquierda, me refiero al pensamiento político revolucionario, ha despreciado históricamente la comedia por tratarse de un medio de aletargar al pueblo. Entendido. No obstante, no defendió ni utilizó el drama como impulsor, dentro del espectáculo de la vida, de un verdadero cambio social. La farsa y la comedia siempre estuvieron, pero si tenemos además el drama, es lógico que se trabaje con sus personajes, desde su propio sufrimiento, su potencial de rebeldía transformadora.

Desde hace años los acontecimientos de Cataluña están haciendo revivir el “problema español”, originado de su primitiva construcción como Estado. Sin embargo, los poderes dominantes se empeñaron siempre en negar el concepto ideológico de España, cuestión clave que facilitaría un debate necesario en los momentos de incertidumbre. Contrariamente a esto, no faltan voces culpando al proceso catalán de proyecto ideológico. Aquí está de nuevo nuestro drama histórico empeñado en no reconocer la tragedia. Puede que el conflicto no llegue a la tragedia, pero lo que no tiene que hacerse nunca de la causa catalana es una bufonada. Tenemos un público que, si lo entendemos como representación del poder político y mediático, no demuestra interés ni quiere seguir la función de la obra, temiendo su final. Desde numerosas direcciones se intenta que aparezca la lucha del pueblo catalán como una burla, como una simple farsa. El pueblo aportó cordura democrática. Que la clase política catalana no haya estado a la altura, cosa tan discutible como las demás, no quita razón al verdadero protagonista de un proceso tan deteriorado como han conseguido que aparezca en los acontecimientos del momento.

La pregunta es si, en nuestro tiempo, es todavía posible invocar la tragedia. Porque, al parecer, nos falta “salud social” y, sobre todo, nos falta el héroe protagonista de la representación, aunque tenga que morir en el empeño, condición de toda tragedia clásica. Cosa bien distinta habría que decir del coro. En ese sentido, nadie puede negar su existencia, ni que haya un pueblo capacitado para ello. En las deliberaciones de nuestro sistema de poder, apoyados por la mayoría de los grupos mediáticos a su servicio, se enmascara la razón moral de millones de personas que piensan de forma diferente. No intentamos equivocarnos proclamando un sistema de relaciones sociales que no son permisibles en un régimen capitalista, donde sólo es posible la rebeldía en concepto de lucha de clases. Tal vez, la sociedad civil catalana no aspire a despojarse de este sistema que “nos han dado” y del que gozamos todos, pero, lo seguro, es que parte de la sociedad, a la que hacemos referencia, no lo quiere como está constituido en la actualidad. Terminamos completando la cita de principio, que en su día escribiera Alfonso Sastre,: “La tragedia no apunta a la nada, sino a un porvenir donde esa tragedia no sea ya posible. Y si a alguna “necesidad” se apunta, no es a la de la perpetuación irremediable de la desgracia sino, precisamente, a la “necesidad” de un profundo cambio”.

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