Uno de los peores males de este país es la existencia de una gran mayoría de gente que no se molestan en leer nunca nada y se limitan a consumir el pobre en vitaminas pienso diario de la televisión. Nada puede competir con la televisión, esa todopoderosa máquina de entretener, de hacer pasar el tiempo a la gente como si el tiempo fuera algo para gastar alegremente cuando realmente el tiempo es lo más valioso y escaso que tenemos y despilfarrarlo a manos llenas delante de un televisor es, a mi modo de ver, un auténtico disparate. La televisión, tal y como está ahora y salvo alguna rara excepción actúa como una tela asfáltica que impide que calen adecuadamente en la población voces críticas y razonadas, opiniones distintas a las dictadas desde el poder que hagan tomar conciencia a esta sociedad castigada con todas las plagas de este capitalismo desprovisto de rostro humano que no están implantando a golpe de decreto ley desde un gobierno que gobierna al dictado del Ibex 35, de una minoría que detenta el poder económico y que sencillamente se está equivocando de parte a parte hundiendo a la clase trabajadora, el motor de la sociedad, en el pozo de la miseria, de la precariedad y la pérdida de derechos y libertades. Pero esta ofensiva neoliberal no se queda en el maltrato, en el acoso y derribo de la clase trabajadora sino que va más allá al imponer un drástico recorte de las libertades, sobre todo a la libertad de expresión. Hace unos días, Alaska una de las musas de lo que se llamó “La movida” dijo que en sus tiempos se hicieron cosas que ahora serían impensables porque los que se atrevieran a hacerlas acabarían con sus huesos en la cárcel. Ese detalle nos bastaría para darnos cuenta que no vamos por el buen camino, que estamos retrocediendo de una forma alarmante en cuanto al ejercicio de nuestros derechos y libertades. Hace poco un chaval hizo algo tan de su edad como poner su cara en una foto de un cristo y la subió a ese patio planetario que son las redes sociales y la Iglesia, que parece que no tiene otra cosa mejor que hacer, le denunció en el juzgado y el juez le ha impuesto una multa de 480 euros. Algo absurdo por muchas cosas pero sobre todo porque el rostro que tradicionalmente se le pone a Cristo es una pura recreación artística.

Estos y otros muchos casos que a diario nos encontramos en los medios de comunicación deberían ponernos en guardia ante esta acometida, este descarado ataque a nuestros derechos y libertades. Ante esta ofensiva por parte del poder que también quiere quitarnos el recurso de la protesta, el recurso del pataleo que se decía antes, nuestra obligación es mantener vivo el espíritu de crítica, de oposición y denuncia a esta nueva realidad que nos están imponiendo a marchas forzadas. Una realidad que cada día recuerda más a la de “Las uvas de la ira” la inolvidable novela del premio Nobel John Steinbeck y la no menos inolvidable película del simpar maestro John Ford.

Ahora mismo estamos viviendo otra época parecida a la del llamado “Crack” del 29. Esta crisis no tiene nada que envidiarle a aquella, la única diferencia es que en ésta no hemos visto a ningún banquero arrojarse por la ventana, y sí a algunos desesperados deshauciados, al contrario, en esta crisis los banqueros después de hacer mil fechorías como comprar y vender empresas ruinosas para llevarse suculentas comisiones o invertir de forma irresponsable en el ladrillo o vender productos fraudulentos para hacerse con los ahorros de sus clientes, entre otros delitos, han sido rescatados prácticamente a fondo perdido por el Estado con el dinero de los impuestos de todos nosotros y, por si fuera poco, después de hundir sus respectivos bancos y ser rescatados con dinero público, algunos de estos grandes ladrones, ladrones de primera división, se han hecho con unos cuantos millones de euros con los que disfrutar de una jubilación por todo lo alto. Pero no pasa nada porque estamos en el país del todo vale y aquí, a partir de cierto nivel de latrocinio, los ladrones gozan una gracia, un privilegio y una bula impensable en otros países del llamado primer mundo.

El fantasma de Tom Joad, el deshauciado y arruinado campesino protagonista de la novela planea sobre esta época que ofrece un parecido panorama desolador al de la durísima época de la Gran Depresión. El libro, un clásico que conviene leer o releer de nuevo, narra de una manera magistral las vicisitudes de una familia que debido a la sequía no puede hacer frente a las deudas contraídas con el banco y son echados de las tierras de las que han vivido junto con otras familias durante muchas generaciones. Es el desgarrador relato del exilio obligado, el desplazamiento vivido como una sangrante pérdida de identidad, la imposición de salir de su medio, del hambre, la miseria y la cercanía de la muerte, cuya sombra planea sobre todos ellos y también el infatigable afán por mantener viva la esperanza de un posible cambio, de la ansiada mejoría que llegará algún día después de trabajar duro, sin regatear esfuerzos para encontrarla en medio de tanta injusticia e impotencia, tanta desolación y desamparo, tanta usura, tanta hostilidad y miedo a perder lo poco que aún se tiene.

El único fin de esta familia es el mismo fin de millones de españoles en la actualidad: encontrar un trabajo que les permita una vida digna. Algo que no consiguen con los actuales contratos temporales y precarios a más no poder, contratos de mierda por emplear la palabra justa, que los condenan a una vida de incertidumbre, de pobreza cuando no miseria. Y todo ello es mucho más sangrante cuando desde este gobierno y los medios de comunicación que sostienen este sistema podrido repiten una y otra vez a bombo y platillo que ya está aquí la recuperación, que el país crece mucho más que la mayoría de los de la zona euro y que la crisis ya va quedando definitivamente atrás. Y los trabajadores nos preguntamos cada vez con menos esperanzas que cuándo llegará a nosotros la tan anunciada recuperación, y desde el poder contestan que ya empieza a notarse en las contrataciones, en la caída del paro mientras los trabajadores seguimos hundidos en la misma cuando no mayor precariedad laboral, en la dramática pérdida de derechos y libertades que ya señalamos antes, condenados a una situación impensable hace apenas unos años, y que ya nos tememos que ha venido para quedarse y no conoceremos otra cosa a menos que seamos capaces de solidarizarnos, de sentirnos parte de una clase a la que han condenado a la pobreza, y ser capaces de unirnos movidos por unos mismos intereses y como única salida a esta situación, a este túnel al que no se le ve la salida, la luz por ninguna parte.

Este sistema, este túnel del terror basado en la ruindad y la deshumanización que, lejos de acabar, crece espoleado por los intereses y conveniencias de unos pocos ante la impotencia y el desamparo de muchos otros. “El sistema ha organizado un casino para que siempre ganen los mismos” decía el inolvidable José Luis Sampedro al que una tarde tuve la suerte de saludar en su barrio de Chamberí y al despedirme de él le pedí que no se muriera nunca, a lo que respondió con un “haré lo que pueda”.

Es imprescindible mantener viva una voz crítica, de libre opinión, de análisis, de reprobación, de denuncia de este nuevo orden que que nos amenaza con nuevas leyes mordaza y ahora echamos mano y hacemos nuestras las palabras del genial Quevedo:“No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente silencio avises o amenaces miedo…” Porque eso es, casi cinco siglos después, lo que hace ahora el poder a quienes se atreven a disentir del pensamiento único, un poder que amenaza con una nueva censura heredera de otra que ya creíamos definitivamente confinada en los libros de Historia.

En estos malos tiempos de sálvese quien pueda, de insolidaridad rampante, de falta de conciencia y compromiso, de falta de sentimiento de pertenecer a una clase social, en esta época donde mucha gente, demasiada, toman insensatamente el propio ombligo como único horizonte confiando en que podrán salir ellos solos del cerco de tiburones que les rodean, es vital para todos nosotros no amilanarnos y protestar, rebelarnos, indignarnos, oponernos, resistirnos a ser despojados de nuestra dignidad.

Tomando a Don Quijote como inimitable modelo debemos arremeter contra los molinos de los grandes medios de comunicación que apuntalan este sistema, medios que nos cuentan otra realidad muy distinta a la que vemos y sufrimos a diario. Y debemos hacerlo porque esos molinos no son tales sino gigantes que buscan dominarnos, someternos, imponernos un modelo basado en el miedo a perder lo poco que tenemos. Y la televisión es su arma, su herramienta principal. No nos dejemos adocenar por ella, veámosla como lo que es: un triste pesebre lleno en un noventa por ciento de paja y apenas un diez por ciento de grano que nos mantiene a cada uno en su casa rumiando como aburridas vacas. Cada uno en su burbuja particular, alejado y aislado de los demás. Es sin duda el mejor invento para recluir, apartar y desconectar a la gente que se ha inventado jamás, mucho mejor que las cárceles porque en las cárceles se añora la libertad perdida y se quiere por encima de todo salir, pero delante del televisor de ninguna manera queremos estar al otro lado de las rejas catódicas porque nos sentimos muy a gusto, muy cómodos y seguros tras ellas. Lo que está claro es que el televisor conspira en contra nuestra encerrando a cada uno en su casa sin posibilidad de relacionarnos o haciéndolo cada vez menos con los demás. Lo que hace que seamos presas fáciles para los depredadores de este neoliberalismo salvaje que sin apenas esfuerzo nos llevan a su terreno, al territorio de resignación y conformismo, de sumisión y mansedumbre que nos tienen asignado.

En la escena final de “Las uvas de la ira” película estrenada en 1940 y ambientada como ya hemos dicho en la crisis del 1929, hay un diálogo tan actual que bien podría haber acontecido hoy mismo. En la memorable escena aparecen una pareja que no tienen todavía sesenta años aunque por sus rostros cansados y prematuramente envejecidos aparentan veinte años más, los dos miran al frente con la mirada extraviada en el parabrisas de su desvencijada camioneta, mientras se mueven como dos muñecos de guiñol al compás de los baches de la deteriorada carretera por la que avanzan lenta y pesadamente formando parte de una caravana de una veintena de vehículos tan abarrotados y destartalados como el suyo, todos ellos cargados hasta los topes con hijos, nietos y los cuatro pobres enseres que les quedan. Ellos, su familia y el resto de familias que forman la penosa caravana se dirigen al Oeste, a California donde les han dicho que hacen falta trabajadores para recoger algodón. ¡Veinte días trabajando! dice el hijo con una sonrisa de oreja a oreja mientras agarra con las dos manos el enorme volante de la camioneta. Puede que sean veinte días y puede que no sea ninguno, si no hay trabajo no te lo dan, dice “Ma” Joad, la madre, la inmensa actriz Jane Darwell. ¿Qué te pasa mamá, tienes miedo?, le pregunta el hijo. ¿Miedo? ¡ja! No volveré a tener miedo jamás en mi vida, ya nos han dado bastantes golpes, demasiados, parece como si en todo el mundo ya no tuviéramos mas que enemigos, como si no tuviéramos ni un solo amigo, nunca había sentido algo así, como si estuviera perdida y nadie me buscara, dice. Me paso los días y las noches pensando en cómo eran antes las cosas, nunca volveremos a tener un hogar, dice “Pa” Joad, el padre cabizbajo y meditabundo. Ahora nos están golpeando mucho, termina diciendo bajando todavía más mirada, una mirada perdida en la que se refleja todo su agotamiento, toda su derrota. Lo sé, dice la madre con una media sonrisa, eso nos da fuerzas; nacen y mueren nuevos seres y sus hijos nacen y mueren también, pero nosotros estamos vivos y seguimos caminando, no pueden acabar con nosotros ni aplastarnos, saldremos siempre adelante porque somos la gente”.

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