Shakespeare no está. Cualquiera de sus obras es una puerta a un mundo autónomo tan real como este en que habitamos. Sus personajes adquieren vida propia al margen de la obra, quedando incorporados a nuestro imaginario al mismo nivel que un amigo o un pariente que vive lejos. Shakespeare no está. Sus obras, nacidas como recurso de supervivencia de una pequeña compañía teatral, son vehículos de lucimiento para actores que nunca son él mismo. Uno de los pocos papeles que está documentado que interpretase es el del Fantasma del Padre de Hamlet. Ni nombre tiene: es una sombra, un rastro onírico.

Y este es el concepto que Shakespeare tiene de la autoría.

Este mismo concepto puede devenir en uno de los modos más interesantes de hacer arquitectura que existe. Y esta ha sido la estrategia escogida por los arquitectos Ricard Mercadé y Aurora Fernández para concebir la Biblioteca Montserrat Abelló en el barrio barcelonés de Les Corts.

El proyecto es fácil de explicar: tomamos una fábrica vieja, la renovamos y la convertimos en un equipamiento instalado con tanta naturalidad que parece que siempre haya estado allí. Mercadé y Fernández han puesto a cero el contador del edificio, renovándolo (re-novándolo: volviéndolo a hacer nuevo) prescindiendo de los rastros del pasado(1), quedándose con una forma, con una estructura, con una posición en la ciudad y actualizándola. Leyendo esto se podría pensar que la obra es tímida o fácil. Nada de eso. La intervención ha sido valiente y extensiva. El esfuerzo de proyecto ha sido intenso. El resultado es tan sencillo, sensible y natural que no necesita contar su épica o su proceso para reivindicarse. El usuario entra y se limita a disfrutar de la belleza del espacio sin presiones ni relatos añadidos.

Una pequeña historia: el gran ingeniero suizo Robert Maillart, uno de los primeros magos del hormigón armado asociado al esfuerzo de reconstrucción de la post-Primera Guerra Mundial, vino a Cataluña a construir dos edificios industriales: la fábrica Pirelli en Vilanova i la Geltrú(2) y la fábrica Benet Campabadal, ahora ocupada por nuestra biblioteca: esveltos pilares de hormigón de poco más de 20 centímetros de sección, nervios que se curvan para formar la cubierta, un diente de sierra tan esencial que la propia estructura forma la pendiente de evacuación de agua.

Les Corts fue uno de los pequeños pueblos decimonónicos construidos en la corona de Barcelona para aliviar la presión urbana sobre una ciudad que implosionaba dentro de unas murallas convertidas en los muros de una cárcel. Las pequeñas rieras que desaguan Collserola marcan la geografía del pueblo. Adyacentes a ellas se disponían las fábricas. Medianera por medianera con estas fábricas se disponían colonias de pequeñas casitas unifamiliares destinadas a los obreros.

El complejo Benet Campabadal se ha conservado íntegro, fábrica y viviendas, convirtiéndose en una rara excepción que Barcelona ha decidido integrar a la ciudad y preservar.

La primera dificultad a salvar fue que una fábrica no tiene relación con el exterior. Un equipamiento público requiere precisamente lo contrario.

Los arquitectos salvaron esta dificultad derribando el muro norte, un testero, una tapia que simplemente limitaba la fábrica porque se terminaba el solar y sustituyéndolo por una gigantesca vidriera sin proteger sacando ventaja de su orientación norte: el último diente de sierra parece caer sobre la calle abriendo el edificio. Sobre la calle de acceso se han practicado unas ventanas cuya única función (porque luz ya había suficiente) es proveer transparencia a un interior de otro modo demasiado autista.

También convirtieron todo el lado este de la fábrica (en contacto con la medianera de las viviendas) en un patio exterior que facilita la evacuación del conjunto en caso de emergencia y, de mientras, sirve de zona de juegos de los niños.

Todo el resto de operaciones interiores, incluido un altillo necesario para que el programa funcionase, se han tratado como unos muebles exquisitamente diseñados que, además, se suman a muebles diseñados por otros arquitectos que, como personajes invitados, proveen al conjunto de una vibración inusual.

Por último, el edificio sur del conjunto (un edificio medio de talleres, medio de oficinas, reformado tantas veces que casi había perdido su identidad original) se regulariza y se apea sobre una gigantesca viga de hormigón que tiene como objeto hacer entrar la calle al edificio mediante un porche y unas enormes vidrieras. No hay que preguntar cómo se entra. Esta viga es un alarde estructural considerable que vuelve a tener como objeto no explicarse a sí mismo(3) sino integrar y tranquilizar todavía más el cuerpo bajo de la fábrica, liberado así de poseer elementos difíciles de casar con sus muros ciegos. Toda esta operación se justifica todavía más si tenemos en cuenta que esta biblioteca no quiere ser solo una biblioteca: quiere ser un centro cívico, incorporando a su programa lo que llaman un ateneo de fabricación, es decir, impresoras 3-D públicas. En su parte alta hay un aulario que funciona como salas polivalentes tanto para el ateneo como para la propia biblioteca. Mercadé y Fernández han regularizado los huecos de las plantas superiores para dar al conjunto una apariencia todavía más armónica y, finalmente, han practicado grandes huecos en la estructura para conseguir dar ilusión de espacio continuo. La fachada se ha restaurado con la misma técnica y el mismo color del edificio original.

Así que ahora tenemos la misma fábrica que había estado allí toda la vida convertida en un edificio público con vocación de edificio público que, además, preserva y preservará la memoria del lugar con una nueva vida y personalidad propias otorgada por los autores de la intervención.

No sé si puedo pensar en una definición mejor de lo que es la arquitectura.

 

Foto: Jaume Prat

(1) Lo que sí hicieron Harquitectes en otro edificio maravilloso ubicado a un paseo de distancia de este: la Lleialtat Santsenca.

(2) Ubicada en una posición principal de la ciudad al lado de su Rambla, ya no existe. En su lugar hay una gigantesca promoción de viviendas que cuenta con edificios de Òscar Tusquets, Ramon Sanabria y una espléndida intervención-puerta en forma de dos pequeños edificios de viviendas que enchufan el conjunto al casco antiguo a cargo de David Chipperfield.

(3) El extremo de la viga que toca la fábrica baja está en voladizo. Encima de este voladizo hay dos plantas de edificio enteras. Pero no hay la más mínima voluntad de convertir este gesto en un espectáculo: nuestra vista lo mira sin verlo.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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