Hace más de siglo y medio aprendimos que la lucha de clases era el motor de la Historia. Pasamos del designio divino que en el feudalismo marcaba el destino de la humanidad al liberalismo burgués que quería producir y vender mercancías. Cuando el marxismo se difundió por las organizaciones sociales, durante estos ciento cincuenta años las luchas económicas han sido el motor de todas las sublevaciones, rebeliones y revoluciones que han marcado el devenir del planeta. En Europa cuatro guerras, dos locales, la franco-prusiana de 1870, la ruso-japonesa de 1905, y dos que se convirtieron en mundiales, la I en 1914 y la II en 1939, decidieron este presente que soportamos. Todas fueron guerras imperialistas para apropiarse del territorio, de las colonias, de las riquezas del otro. Y tuvieron el nacionalismo como motivación ideológica. Hay que añadir, desgraciadamente, la última guerra de los Balcanes en 1990 que destrozó Yugoslavia.

Mediante la exaltación de la identidad nacional y los valores superiores de los nacionales de cada país y el menosprecio del “otro”: judíos, franceses, alemanes, negros, serbios, croatas, musulmanes, católicos, ortodoxos, emigrantes, lograron fanatizar a las masas trabajadoras y empobrecidas por el capital y convencerlas de que se mataran entre ellas para hacer más ricos, más poderosos y más xenófobos a sus amos.

            La guerra civil española no. La guerra civil española fue la expresión máxima de la lucha de clases. La aristocracia, las burguesías, la oligarquía bancaria, el Ejército de Marruecos y la Iglesia Católica, contra el pueblo, el Ejército republicano, los intelectuales y científicos progresistas. La izquierda entonces tuvo bien claro quien era el enemigo. No se dejó embaucar por las proclamas nacionalistas, excluyendo en la última época al PNV. Los trabajadores y las mujeres, los intelectuales y los científicos y los artistas catalanes, todos lucharon a favor de la República Española, incluyendo a ERC, que entonces no estaba regida por un beato como Oriol Junqueras, y sobre todo la CNT que sumaba un millón de afiliados, en un país de 22 millones de habitantes, corrieron a defender Madrid, porque en Madrid se defendía la libertad contra el fascismo. A esa guerra acudieron luchadores de más de 50 países en las Brigadas Internacionales. Porque en Madrid entonces, se dirimía el futuro del mundo: o socialismo o barbarie. Y los internacionalistas no tenían duda a quien debían defender. Las fronteras no existían.

Hoy no. Hoy la izquierda, las izquierdas, en ese batiburrillo de siglas, identidades, nacionalidades, tendencias y sensibilidades en que está dividida, se posiciona en su mayoría a favor de la autodeterminación de los pueblos, que supone apoyar la demanda de los independentistas para separar Cataluña de España. Según una parte de ellos para votar que no, con la incongruencia más absoluta, ya que nunca se ha visto que se tenga tanto interés en convocar un referéndum para hacer campaña en contra. ¿Y si lo ganan los separatistas? Pues mala suerte. Si con ello han dividido el país, enfrentado a los trabajadores y a los ciudadanos entre sí, liquidado el movimiento feminista, hecho añicos el gran objetivo de las Internacionales, “proletarios del mundo, uníos”, ¡mala suerte!.

Con tales mimbres ideológicos a esta izquierda no la reconocerían los brigadistas. Aún menos si escucharan el discurso de esa amalgama de siglas de los Comunes y los Podemos, que apela al diálogo, a la concordia, a la generosidad. Con la excelentísima alcaldesa de Barcelona, Ada Colau convertida en la santa Rita de Cascio, patrona de los imposibles, para llevar adelante un proyecto de entendimiento, de alianza, de todos y todas las catalanas, por el bien del país, que incluiría el famosísimo referéndum “pactado y con garantías”. Con ese propósito de convertirse como el Papa en los mediadores del conflicto, de llevar mensajes de tolerancia, generosidad –término que utiliza continuamente Colau-, entendimiento, colaboración, diálogo, diálogo, diálogo, los que propugnan el famoso referéndum parecen más predicadores que dirigentes políticos, más mensajeros de la paz que líderes revolucionarios, más misioneros que activistas.

  ¿A qué aspira Ada Colau? ¿A ser Presidenta de la Generalitat o Nobel de la Paz? ¿O creerá que para ser lo primero hace falta ser buena, tolerante, generosa, caritativa, entregada a los pobres, como se le exige al Nobel? Esta es también la postura de Pablo Iglesias que hoy, 3 de diciembre, afirma que para restañar las heridas que la ruptura independentista ha causado en Cataluña hace falta amor.

Recuerdo el mitin final de campaña de Unidos Podemos en junio de 2016, cuando Mónica Oltra estuvo recitando poemas de amor de Miguel Hernández y dándose besos con Iglesias, porque aseguró que había que gobernar a besos.

Manuel Jabois escribe en el País el 1 de octubre de 2017 un artículo que titula muy acertadamente La Revolución de las Buenas Personas y recuerda, con toda oportunidad, que el 22 de septiembre, después de las primeras detenciones de miembros del govern, Junqueras deambuló de una televisión a otra con la voz entrecortada diciendo: Antes de demócrata soy buena persona”. Que actuaba en función de su conciencia y convencido de que lo hacía por el bien de los ciudadanos. Pero no es solo Junqueras el que de sí mismo tiene semejante imagen, los demás representantes de la izquierda catalana y muchos de la española también la comparten. Aquí, no ya la lucha de clases ni los intereses de estas son el hilo conductor del análisis de la izquierda, sino ni siquiera la defensa de la democracia, esta democracia burguesa que nos han impuesto pero que al fin, al menos, tiene unas reglas que de momento parece que impedirán que volvamos a sufrir una dictadura. No, ahora se trata de competir por quien es más buena persona, entendiendo que la ciudadanía votará a quien más excelso le parezca, siguiendo las categorías escolásticas. Al fin, se trata de lograr el bien común que reclamaba Santo Tomás.

Así, los ideólogos de esa izquierda reclaman soluciones fundamentadas en el diálogo, la generosidad y las altas miras. Recuerdo ese eslogan de altura de miras que durante toda la transición los jerifaltes del franquismo y los políticos de la derecha exigieron a la izquierda para firmar los Pactos de la Moncloa y la Constitución. Se trataba, como fue, de rendirse con armas y bagajes al capital y a la monarquía. La derrota de las fuerzas revolucionarias y de la III República, se justificó en pro de la altura de miras. Darle todo el poder a la monarquía y a las oligarquías del país era estar a la altura de las necesidades del país.

Utilizando el gentilicio de Cataluña –como el de España- como si se tratara de un ser único con una sola personalidad, entendimiento y voluntad, hablan de ella atribuyéndole cualidades y defectos propios de un ser unipersonal. Así, afirman sin rebozo, que el 80% de los catalanes quiere un referéndum –nunca hemos sabido de dónde sacan ese porcentaje-, que Cataluña se halla sometida a la dictadura española y aún se atreven, -¡cómo es de atrevida la ignorancia!- a asegurar que vivimos bajo el franquismo.

Como decía Mao, lo peor es perder de vista quien es el enemigo. Así, con una cortísima visión maniquea del enemigo, todos los ataques de la izquierda se centran en el PP y esa izquierda apoya al govern de Cataluña porque está enfrentado a él. Cuando Gabriel Rufián hace encendidos discursos contra Rajoy y sus secuaces acusándolos de corruptos, olvida, ¿oculta?, que en la casta que ha dominado Cataluña durante 37 años hay más corruptos por metro cuadrado que en todo el resto de España. Cuando los ideólogos de la independencia acuñaron el estribillo de España nos roba, ocultaron cuidadosamente que quien más ha robado a los catalanes ha sido su propio gobierno.

Y cuando Rufián acusa a la derecha española de calificar de charnegos a los de origen no catalán, ignora que ese término tan despectivo lo utilizaron los catalanes de pura cepa. Los antecesores de Prat de la Riba, Cambó, Pujol, Mas, Maragall, esos sí catalanes de pro, que atrajeron a Cataluña a cientos de miles de andaluces y manchegos y murcianos y extremeños para extraerles la plus valía en sus rentables empresas. Por cierto, para qué se sepa, también se utilizó “murciano” como término insultante para los emigrantes, porque fueron los que en masa acudieron a principios del siglo XX a construir el metro en Barcelona y después cuando la Exposición Universal de 1929.

Para ilustrar a los despistados, la palabra charnego tiene su origen en el castellano lucharniego o nocharniego (nocturno), aplicado a perros de caza nocturna. En gascón, charnego tomó el sentido de mestizo o forastero no adaptado. Porque durante el siglo XVI se produjo en Cataluña una fuerte inmigración francesa, sobre todo occitana y gascona. Ya ven lo lejano que es el término. Según el Institut d’Estudis Catalans: charnego es el hijo de una persona nacida en Cataluña y de una no nacida en Cataluña. De modo que los que llegaron de otras regiones españolas ni siquiera eran charnegos sino forasters, forasteros. Ya ven, no se puede atribuir a la derecha española la maldad de llamar charnegos a los emigrantes en Cataluña. Vayan a pedir responsabilidades a los Pujol y a la Ferrusola, y a aquellos de sus vecinos que cuelgan la estelada en el balcón. Y que son los que quieren trocear España, a mayor beneficio de los Pujol y los Prenafeta, a los que se asegura la amnistía de sus numerosos latrocinios.

Con estos mimbres, la izquierda en España, y en Cataluña, ha hecho un cesto en el que caben todas las tonterías y prejuicios y torpezas, y con el que no podremos construir una verdadera fuerza que rompa la hegemonía de la derecha. El 21 de diciembre tendremos la constatación. Porque, como decía Mao, lo peor es perder vista quien es el enemigo.

 

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