Una de las secuencias cinematográficas más célebres pero peor recordadas de la historia del cine español pertenece a Nobleza baturra (Florián Rey, 1935). El conocido fragmento es aquel en que un baturro, caracterizado de tal y encarnado por Miguel Ligero, camina sobre su burro sobre las vías del tren. Tras él, un tren se acerca a gran velocidad. El maquinista del convoy observa estupefacto al baturro y hace sonar la caldera de manera insistente. Otros pasajeros, asimismo, contemplan asombrados la escena y prevén la mayor de las tragedias que parece ir a producirse inexorablemente en pocos segundos. El tren sigue pitando y el baturro, alegre y altivo, grita «¡Chufla, chufla, que como no te apartes tú!». En el momento en el que el tren se dispone a arrollar al baturro y al burro, un inesperado cambio de agujas desvía al ferrocarril ante lo que Miguel Ligero dice, divertido, a su burro: «¿Ves cómo sabía yo que se iba a apartar?». El problema de todo esto es que, como alegoría del próximo 1-O no tiene ninguna gracia.

Quizá hay elementos comunes. La testarudez de la que hacen gala los actores principales sí parece semejarse a la que proverbialmente se achaca a nuestros vecinos maños, pero la nobleza, lejos de atisbarse, se va disipando, si alguna vez la hubo.

Nada tiene de noble el inmovilismo de un gobierno central que se niega en redondo a abordar un problema político de hondo calado y que ellos mismos causaron. Recuérdese, en este sentido, su célebre recurso al Tribunal Constitucional que echaba por tierra aspectos cruciales del Estatut que, por otro parte, el mismo PP había apoyado en los estatutos de Andalucía o la Comunidad Valenciana. De aquellos polvos vienen estos lodos y de aquella maniobra de catalanofobia (con todas y cada una de las letras) empezaron a brotar los autodenominados «independentistas en defensa propia». Tampoco parece haber mucha nobleza en las palabras de la Ministra de Defensa, pronunciadas en la conmemoración del cuarenta aniversario de su cartera, apelando al ejército como garante de la «integridad territorial». Cuesta no proferir improperios. ¿Piensa de verdad mandar al Tabor de Regulares a desfilar por las Ramblas? Pero, ¿se ha creído de verdad la célebre recomendación de Baldomero Espartero, que proponía bombardear Barcelona cada cincuenta años? Si en algún momento alguien pudo ver una pátina democrática en el ejército español contemporáneo, ya se la ha cargado toda. Es increíble.

Tampoco parece haber mucha nobleza en la convocatoria de un referéndum ilegal, de consecuencias inciertas y que, para empezar, puede provocar la inhabilitación de miles de funcionarios que están siendo emplazados a delinquir, por mucho que se empeñen en poner en una ley catalana que la responsabilidad la asumirá el Govern.

Conviene recordar que muchos y muchas defendemos un modelo de Estado en el que todo el mundo se pueda sentir cómodo, reivindicamos oír la voz del pueblo hasta cuando dice cosas que no nos gustan, ¡pero no así! No en esta especie de juego de, como he dicho otras veces, «a ver quién la echa más gorda».

La nobleza que alguna vez pudo haber en las redes sociales, referida a este asunto, empieza a no ser ni recordada. Los niveles de crispación, alimentados por algunos de los medios de (in)comunicación, están empezando a alcanzar cotas asfixiantes que dificultan el diálogo. El ambiente se va a volver cada vez más tóxico, reduciendo y simplificando las posiciones entre españolistas e indepes. No hay ya lugar para matices. El seny parece un atavismo del que no se acuerdan ni los más viejos del lugar. Algunos representantes públicos de diferentes partidos –hablo del Parlament, que es lo que conozco–, van dejando de ser adversarios políticos para irse convirtiendo en casi enemigos personales.

No hay nobleza en el Procés. Ninguna. Porque lo que se pone en riesgo es demasiado.

Como leí en algún sitio, Artur Mas recuerda a aquellos faraones hieráticos que proyectan, a su muerte, ser enterrados en suntuosas pirámides, llevándose consigo a sirvientes y un nutrido séquito, encabezado, esta vez, por el no menos solemne President Puigdemont.

Del otro lado, intransigencia, inmovilismo, miopía política y brutal manipulación informativa.

Baturros, quizá, nobles, ninguno. Esta vez, el grito divertido de Miguel Ligero acabará ahogado por la sangre de su propio burro al que su pertinacia irracional ha llevado al sacrificio. Mientras, algunos seguimos gritando que frenemos, y que siempre hay espacio para el diálogo y el acuerdo.

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