Cuando le preguntan amistosamente, “¿en qué trabajas?”, no puede evitar sonrojarse y responder que es captador de socios de una ONG. A partir de ahí ya sabe la avalancha de preguntas que están por llegar: que si cobras, que si eres voluntario, que cómo van las comisiones, que si eso es ético, que si es muy difícil. En el mejor de los casos es curiosidad, en el peor se abre un debate sobre si está haciendo un buen trabajo o no.

El captador de socios, ese de la carpeta que está en la calle molestando a todos los transeúntes pero que si tiene suerte al día, tras cinco horas seguidas, consigue uno o dos socios para campañas humanitarias. Dejando a un lado los gritos, las críticas – “qué pesados sois”, “sois unos hipócritas”- que le ignoren por la calle, que se cambien de acera para esquivarle poniéndose al sol en verano a 40 grados o que le regañen por buscar financiación para “terroristas” en caso de que se hable de refugiados hace posible el desarrollo de miles de planes en los que millones de personas en riesgo de exclusión social se verán beneficiadas.

Se oye sobre la precariedad de la situación laboral y de la crisis económica. Tener un empleo es una suerte que por desgracia no todo el mundo puede llegar a alcanzar. Hay trabajos y trabajos. El estar en la calle como captador, sin una sede física le convierte en un portavoz, un mendigo que pide limosna para gente que está al otro lado del mundo.

El captador tiene que parar gente, convencer y aguantar lo que le llegue. Incluso que le juzguen dentro y fuera del trabajo. En la calle se puede encontrar de todo, ¿merece la pena? Por supuesto. Horas y horas de trabajo, moleste o no, millones de personas se ven beneficiadas de que un captador pare al próximo socio – aunque sea solo uno – porque será gracias a él por lo que alguien, al otro lado de mundo, comerá ese día, gozará de la protección de una ONG o se reencontrará con su familia.

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