Echando la vista atrás en todo el camino recorrido por ese proyecto político que ha venido en definirse como la construcción de Europa hay quienes, no ayunos de razones, analizan los resultados alcanzados hasta hoy como escasamente comprometidos en el terreno social, y tan coyunturales como parciales en el económico en el mejor de los casos, para catalogarlo como un proyecto fallido sin paliativos en el juicio de los más críticos.

No podía ser tarea menor la de abordar en la segunda mitad del siglo XX el empeño de acoger en un mismo territorio a todo un crisol de identidades diversas, para reconocer en una categoría de ciudadanía común a quienes unos pocos años antes cubrían de cadáveres los campos de batalla diseminados por todo el continente, abatidos por la delirante ensoñación de una sola nación para una única raza.

Uno puede cambiar a lo largo de su vida sus tarjetas de crédito casi tantas veces como le convenga, pero con su DNI lo único que puede hacer es renovarlo. Habríamos de considerar por tanto en lo que vale la senda elegida por los precursores de esta Unión Europea que antes lo fue Económica, pero que aún no es Ciudadana por el vértigo que provoca ese horizonte.

Así, y no de otra forma, hemos de entender el cínico transitar de esta Europa que algunos llaman de los mercaderes. Quizás sea el precio que hay que pagar por la convivencia. Somos sede de paraísos fiscales al tiempo que abominamos de ellos, exigimos hoy el cumplimiento de normas y directivas que acordamos romper mañana si así nos conviene, somos expertos en abrir gateras para burlar ambiciosos objetivos tan vitales como la reducción de emisiones cuando se tocan los intereses de las grandes corporaciones, y solemnizamos en conferencias de alto nivel las mutaciones de principios que Groucho Marx definió con maestría en una sola frase.

Podría tener una cierta justificación tanta hipocresía política rendida a los pies del dinero, en tanto que parecía ser el peaje a pagar para desterrar por siempre la barbarie, pero los frágiles cuerpos de niños muertos en las playas, el llanto de criaturas gaseadas tras las alambradas de las fronteras, la desesperación de familias ateridas vagando por campos de nieve, deberían hacernos entender que el que pagamos cerrando los ojos para no saber no era un peaje para dejar definitivamente atrás el horror, sino que lo que nos vendían era un pasaje de ida y vuelta. Y hemos vuelto.

La vieja Europa ha perdido la decencia y, lo que es peor, parece haber perdido la memoria. En sólo 70 años se ha olvidado de 70 millones de muertos, del por qué y el para qué de todo aquello. Pues bien, puede que la Europa de los gobernantes desprecie la memoria de sus muertos, pero los europeos no debemos olvidar, tenemos la obligación de recordar para que la tragedia no vuelva a repetirse, y son demasiados miles de cadáveres como para no recordar, demasiados como para conformarnos sólo con indignarnos.

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