Por segundo año he podido disfrutar de una actividad física con escolares en la calle. Todo un estímulo para la comunidad educativa que ve que, gracias a la motivación de los profesores, se vuelve a dar vida a los cascos históricos ( en nuestro caso) al de Cáceres, llenándolos de alumnos pletóricos de vitalidad y con ganas de no parar en toda la mañana.

Al margen de todo tipo de beneficios que ello conlleva, me gustaría resaltar el hecho de poder poner en práctica una educación en valores significada en la necesidad de comprender, de primera mano, que es el juego limpio, el trabajo en equipo o el conocimiento y difusión de deportes minoritarios o que, al menos, no tienen la repercusión mediática de otros.

Se ponen en común sinergias en las que intervienen la formación del profesorado, la implicación del alumnado y el apoyo de la administración educativa.

Además, me pareció una excelente idea, que no se centraran los grupos en un solo tipo de deporte, sino que fueron, a lo largo del tiempo, alternándose en los distintos tipos de actividad. Estos chicos están en la edad de divertirse. La especialización, si procede, ya llegará. En muchas ocasiones se queman etapas, se sobreexplota a algunos que empiezan a destacar y al final, llegados a una edad en la que se tienen que decidir por una dedicación mayor, terminan abandonando. Este proceso, sería, evidentemente, contraproducente.

En otras ocasiones son los propios padres, con conductas poco apropiadas, los que avergüenzan a sus propios hijos.

Por eso es fundamental la colaboración no sólo de la escuela ( cuya ejemplar muestra hemos descrito), sino también de las federaciones deportivas y los responsables educativos, que tienen que ser capaces de conducir, primero hacia el deporte en sus inicios como aprendizaje para la salud y luego como trampolín para una práctica más habitual o continuada.

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