Hace poco hablaba con mi amigo Fernando quien, como yo, es argentino y está en el exterior, aunque yo vivo en Roma y él está viajando, hoy me mandó fotos de un parque natural de Indonesia y, como nos sobran los motivos, nos preguntamos qué es estar en casa.

Entonces recordé que cuando yo era chico, aunque me mudé varias veces, tenía claro cuál era mi casa: allí donde llegaba a un lugar, mi lugar, donde tenía todas mis cosas, un número de teléfono fijo, que normalmente mis allegados aprendían de memoria – ¿alguien se acuerda de eso?. Luego comencé a viajar, seguí mudándome y, aunque no pensase en ello, el concepto comenzó a disolverse silenciosamente. Me di cuenta en un viaje a Buenos Aires, ya no recuerdo cuál, que en la ciudad se usaban nuevos términos que yo deducía por contexto, pero que en realidad no conocía; aquel lugar al que me gustaba ir a comer cerró o bajó su calidad (y aumentó sus precios), algún amigo ya no respondía a la reunión que yo hacía al llegar, una avenida cambió el sentido del tránsito y entonces los colectivos, es decir los autobuses, ahora van por la paralela, ¿cuándo pasó eso?

O, lo que es peor, darme cuenta de que mi biblioteca en Buenos Aires es mi biblioteca, sí, pero entender que esos libros, gradualmente, pierden algún tipo de vigencia porque ahora leo otras cosas, esa es la muy bonita biblioteca de Nico hace unos años pero ahora yo soy este Nico y tengo estos otros libros, y estos otros libros no están en Buenos Aires – quién sabe dónde estará aquel Nico, quién sabe dónde estará este Nico. No sin cierto vértigo, comencé a sentir ajenos algunos espacios. Les confieso mi terror, el lado B de ser un ciudadano del mundo, con lo bonito que suena decirlo.

Por otro lado, voy a ciudades donde me siento bien, percibo una clara y abstracta bienvenida y las personas son muy amables conmigo. En otras palabras, me siento en casa. Me sucede en Madrid, en Torino – y hasta en Buenos Aires. ¿En dónde reside esa sensación?

Borges, que es un escritor que me gusta mucho, defendía la idea de múltiples patrias, aunque hubiese estado en aquel lugar por poco tiempo. Cada tanto leemos en alguna parte que Home is where your heart is, que traduzco como tu casa es donde está tu corazón; Home is where your books are, tu casa es donde están tus libros. Y entonces intenté descubrir qué hace que una persona se sienta en casa. ¿Haber vivido toda la vida en el mismo piso? ¿Estar en un lugar donde se hable su idioma? ¿Tener un conjunto de muebles propios, ya sea heredados de la abuela o comprados en la última visita al IKEA local? ¿Quitarse los zapatos, tomar té y leer un libro frente a un hogar? ¿Saber en qué lugar del supermercado del barrio se encuentran los productos?

Al igual que los miedos, estar-en-casa es una construcción que se genera dentro de uno. No sé exactamente qué piensa mi amigo Fernando, porque cuando nos lo preguntamos no logramos contestar. Él dejó Indonesia y me acaba de escribir un WhatsApp desde Malasia, quién sabe si ya habrá encontrado una respuesta.

Yo, que escribo este artículo para poner el tema sobre la mesa e intentar encontrar mi lugar, empiezo a pensar que casa es allí donde hay alguien que nos espera: es allí donde nos estamos esperando.

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Nicolás Fuster nació un martes en Buenos Aires. Se buscó en Argentina, el Reino Unido, Bélgica y Luxemburgo. Estudió música y trabajó en una librería. Tiene una relación extramatrimonial con la Literatura y es un lector desordenado. Actualmente estudia Relaciones Internacionales en Sapienza (Roma).

1 Comentario

  1. muy lindo articulo. me pasan todo el tiempo por la cabeza estas preguntas y, lamentablemente, no creo que nunca las vaya a poder responder. cuando deje mi tierra natal a los 17 annos, mi padre me conto que su padre, que habia emigrado de galicia a buenos aires de joven, iba cada tanto al rio, miraba hacia el horizonte, y lloraba. mi padre me dijo que eso se llamaba desarraigo. nunca pense que lo iba a sentir, pero me agarra muy fuerte (aunque no lloro mirando el horizonte)

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