Hace semanas que se están llevando a cabo en Estados Unidos campañas contra Cristóbal Colón al se acusa de genocida. Algunos ayuntamientos han retirado sus estatuas, otras aparecen con pintura, etc.

Lo cabreante es que, en Estados Unidos, y desde instancias oficiales, acusen a alguien de genocida cuando ellos, en ese capítulo, han sacado siempre matrícula de honor. Vietnam: vietnamitas muertos en la guerra: 5,3-5,5 millones de personas, solo un ejemplo. (Muchos de ellos muertos en combates con el Norte).

Promovieron golpes de Estado por Latinoamérica, e invadieron algunos de ellos. Por ejemplo, nuestra República Dominicana entre 1965-66. Hay que recordar cómo la CIA apoyó a Pinochet para derrocar el gobierno de Salvador Allende y las consecuencias posteriores con la limpieza ideológica aplicada. Hay que recordar cómo Estados Unidos apoyó al Sha de Persia y la represión que impuso a sus ciudadanos, una represión que provocó, precisamente, la subida de Jomeini y la revolución islámica. Hay que recordar cómo los Estados Unidos apoyaron y armaron a Sadam Hussein para llevar la guerra fría a Oriente Medio en la guerra Irán-Irak que causó millones de muertos.

Pero, sobre todo, hay que recordar de cómo cada vez que la industria armamentística norteamericana sufre algún revés siempre tiene la ayuda del Estado para crear guerras o para ampliar conflictos para, precisamente, que los pedidos aumenten. En algunas de estas empresas, como el Grupo Carlyle, podemos ver cómo ex presidentes están en su Consejo de Administración. Incluso se ha llegado a asesinar a presidentes para que las empresas fabricantes de armas tuvieran su guerra y sus pedidos billonarios.

Fue lo que ocurrió en Vietnam o en las dos guerras en Irak con la destrucción del país o en los diez años de guerra en Afganistán, entre otros, porque lo que está ocurriendo en África también es un modo de genocidio. Ya hemos informado en Diario16 de la guerra en la sombra que mantiene Estados Unidos en el Sahel. Es una nueva vía de negocio para empresas como el Grupo Carlyle que, a través de las tropas allí desplegadas, o de las armas vendidas a los gobiernos africanos siguen aumentando su cuenta de resultados mientras los pobres se matan entre ellos.

Pero lo más grave, desde el punto del genocidio, es lo que hicieron los invasores europeos en lo que hoy en día son los Estados Unidos casi exterminando a las tribus indias que habitaban allí en paz. Al llegar los europeos se cree que vivían allí algo más de 6 millones de indios. Tras las gloriosas campañas contra los “salvajes” quedaron poco más de 600.000. Los expulsaron de las tierras en las que vivían, casi acabaron con los búfalos que era de lo que vivían y los diezmaron con el whisky. El hombre blanco americano exterminó a más de 11 millones de nativos americanos. No hay más que recordar los testimonios de los propios jefes indios. El Jefe Oso Erguido, de la tribu Sioux Oglala dijo «Los grandes pastizales que perfumaban el aire ha sido arrasados; los manantiales, los arroyos y los lagos, que cuando yo era joven todavía estaban vivos, ahora se han secado; y además han condenado a todo un pueblo a la degradación y a la muerte». El Gran Jefe de los Duwamish, Jefe Seattle, se expresó del siguiente modo ante la propuesta del presidente Franklin Pierce de comprar las tierras que habitaban los indios: «El Gran Jefe de Washington nos envió un mensaje diciendo que deseaba comprar nuestra tierra. Nosotros no somos los dueños del frescor del aire, ni del brillo de agua. ¿Cómo él podría comprárnosla? Nosotros somos parte de la Tierra y ella es una parte de nosotros. Yo soy un salvaje, (en contestación a lo que los blancos les decían a los indios). He visto mil bisontes putrefactos, abandonados por el hombre blanco. No puedo comprender cómo el caballo de hierro es más poderoso que el búfalo al que sólo matamos para conservar la vida. ¿Acaso podéis comprar el búfalo cuando ya habéis matado al último?  Nosotros sabemos que la Tierra no pertenece a los hombres, que el hombre pertenece a la Tierra». Este concepto filosófico de la pertenencia a la tierra ha sido la inspiración del ecologismo actual. Por último, sólo hay que recordar a Caballo Loco, quien prefirió morir a perder su libertad. En todo lo anterior Cristóbal Colón nada tuvo que ver.

También desde un punto de vista del interior, los Estados Unidos de América han cometido ataques contra los derechos humanos de sus propios ciudadanos. Malcolm X lo definió a la perfección con este discurso: «Yo acuso al hombre blanco de ser el esclavista más grande el mundo. Yo acuso al hombre blanco de ser el secuestrador más grande el mundo. No hay lugar en el mundo al que este hombre haya ido, donde se pueda decir que ha creado paz y armonía. Donde ha ido, ha creado caos y destrucción. Entonces yo lo acuso de ser el canalla y borracho más grande del mundo. Yo lo acuso de ser el ladrón y esclavista más grande del mundo. No puede negar los cargos, no pueden negar los cargos: nosotros somos la prueba. Ustedes y yo no somos americanos, somos las víctimas de los americanos […] No hemos visto el sueño americano, sólo hemos experimentado la pesadilla americana». La esclavitud fue uno de los pilares sobre los que se asentó el nacimiento y el crecimiento de los Estados Unidos, una esclavitud que continuó incluso tras la abolición de la misma en 1864 (algunos Estados, como Mississippi, no la han abolido hasta el siglo XX) a través de la segregación racial que estuvo vigente, sobre todo en los Estados del sur, hasta la década de los sesenta del siglo XX. En todo ese tiempo eran habituales los linchamientos de los afroamericanos y la brutalidad de la policía en los disturbios raciales se extiende incluso hasta nuestros días. No tenemos más que ver las protestas de las grandes estrellas del deporte norteamericano (blancos y negros) que clavan la rodilla en tierra cuando suena el himno como modo de repulsa de la brutalidad contra los afroamericanos.

Lo mismo está ocurriendo con los latinos. El racismo norteamericano es un modo de genocidio hacia una población que ya supera a la de España, entre legales e ilegales. Las leyes racistas de Donald Trump provocarán que millones de personas mueran en sus países porque un caballerito yanqui haya decidido cerrar la entrada al sueño de los humildes.

En otro orden de cosas, Estados Unidos está aplicando en los últimos años un nuevo tipo de genocidio: el económico. Los principales bancos de inversión, los bancos custodios, los fondos de inversión, los gestores de carteras están conquistando el mundo civilizado a través de la compra de participaciones en las empresas más importantes del mundo. No han dudado en crear crisis económicas a nivel mundial para seguir manteniendo la supremacía económica, aunque esas crisis hayan matado a millones de personas o haya creado unos niveles de pobreza jamás visto en el mundo occidental desde la década de los cuarenta.

A Colón se le podrá acusar de genocida porque inició la colonización española del continente americano, algo que, históricamente es rebatible puesto que el genocidio español comenzó varios años después sobre todo en la conquista de Perú o México. Pero que se promueva ese movimiento desde los Estados Unidos, uno de los países más belicistas de la historia, es un ejemplo más de la hipocresía que representa la que dicen es la primera potencia del mundo.

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