Usted, y un servidor, parece ser que somos “Ser Humano”. Supongo que, hasta aquí, estamos de acuerdo. Pero tal vez no tanto: hay dos maneras de mirarse la relación entre estas dos palabras. Hay quien prefiere entenderlas como “Ser” humano, y otros como ser “Humano”. Me explico: la diferencia radica en si “Ser” se toma como un sustantivo o como un verbo. Volvemos a leer “Ser” humano, donde “Ser” es un sustantivo (estático, ensimismado); o ser “Humano”, donde “ser” es un verbo (dinámico, hacia lo humano). El Ser sustantivo es uno, irremplazable y propio. Lo Humano solo se entiende inmerso en el dinamismo de la humanidad, los otros.

El Ser, como sustantivo, que es el mínimo sujeto (aunque para uno mismo es el máximo sujeto, “sujetado a sí mismo”), ¿su inmovilidad nos liga a permanecer esperando? ¿Una fe? Como quien espera a la muerte como único final a la espera. Como, si tal vez, en la espera a Godot, éste fuera la muerte: su llegada implica el final de la espera, de la obra, de uno mismo.

El ser verbal, no sería un movimiento hacia la muerte, sino ese mismo movimiento, el movimiento en sí. El verbo se refiere a la acción de sí mismo: comer se refiere al acto de comer; respirar, al acto de respirar. Ese movimiento sería el moverse en vida, por la vida, entendiendo la vida como el paisaje por el que uno se mueve. Uno ya no interroga sobre su “Ser”, sino respecto a ese siendo y el siendo de los otros. Uno deviene humano en la intención de ser humano, donde la relevancia de esa intencionalidad supone una ética; y un conjunto de éticas, al aparecer los otros, deviene una moral.

No sé si es una vulgaridad lingüística, y si lo es, les pido disculpas, pero uso lo anterior para intentar explicar una opinión, la que sigue.

Según mi modo de pensar, el Ser como sustantivo acaba llevándonos, en el ámbito de lo social, al “somos”, al nacionalismo. Porque la pregunta que se plantea es sobre sí mismo: “quién o qué es uno”, lo que socialmente da relevancia al suelo donde se sostiene (cultura entendida como un territorio) y, más abajo, a las raíces que se insertan en el subsuelo (tradiciones y ritos como sustento). Aquí, el hombre es una nada (desaparece el individuo) que vive como un todo en una oscilación que necesita sujetarse para no precipitarse al vacío. Porque es una nada, por ejemplo, en el tiempo, y por ello el tiempo deviene el tiempo de uno mismo como todo lo que tenemos, como retención de un tiempo haciéndolo propio para no precipitarse en él. Es un hombre que acabará enajenándose, incluso enojándose, con la vida (una enajenación y enojo propios del fascismo) si entendemos la vida como ese fluir que, en cierta manera, nos ignora, e ignora la relevancia de nuestro tiempo propio.

Ser Humano, cuando “ser” es un verbo, implica una intención, un recorrido para llegar a serlo. La cultura deja de ser el territorio o suelo donde uno se sustenta para ser parte del trayecto: se “camina” por y desde la cultura (y también por las otras culturas), como un modo de ver el paisaje. Las tradiciones devienen parte del paisaje, cambiante, de este territorio. No es que la nada y el todo desaparezcan, sino que se pone en duda su relevancia. Están ahí, pueden mirarse, analizarse, pero como una compañía en este recorrido intencional para llegar a ser algo, digamos, humano: una especie de horizonte que, alejándose a cada paso, nos va abriendo camino. La relevancia recae en el mientras tanto, en ese fluir que nos ignora pero que nosotros no ignoramos, y en el que el tiempo, paradójicamente, no es un simple ahora, no es esta inmediatez tan poco generosa de hoy en día, sino que viene del pasado (¿qué caminos recorrieron antes los otros? ¿cómo se hicieron tales trayectos?) y se extiende éticamente hacia el futuro (¿qué trazados dejamos a las siguientes generaciones? ¿qué horizontes les señalamos?).

El nacionalismo rige hoy en día como algo que se usa. Es una herramienta del mercado. Si el mundo se organiza a base de Estados-mercado, donde el mercado es algo que “supera” o sobresale por encima de los propios Estados, estos últimos se sostienen sobre el nacionalismo. Y cierta similitud semántica en los usos de nacionalismo y fascismo son, a mi entender, un problema. Cierto que el nacionalismo comporta, a largo o medio plazo, la aparición del fascismo (o algunos comportamientos de índole fascista), pero, si los igualamos, perdemos la perspectiva que, inmersos en un mundo nacionalista, nos debe permitir identificar este resurgimiento del fascismo. Les invito a leer el libro de Rob Riemen “Para Combatir Esta Era”.

El nacionalismo que no se reconoce como tal, acusa, normalmente, a los que están fuera de su marco como egoístas o ingenuos. Ingenuos porque el mundo se ha organizado así y nada indica que vaya a cambiar (es esa mirada sobre aquél que, “ingenuamente”, se define como “ciudadano del mundo”). Y egoístas porque la solidaridad nacionalista sólo compete entre los miembros de la nación. Así, cuando desde Extremadura (por favor, es un ejemplo) se tacha a los independentistas catalanes de insolidarios y egoístas, lo que ocurre es que los consideran de la misma nación y “deben” ser solidarios por ello; y estos catalanes (si son nacionalistas) se consideran de otra nación. Pero estos mismos extremeños no entenderían verse con el “deber” de ser solidarios con los senegaleses, porque no son de su nación. El nacionalismo es lo más egoísta que hay, solo que lo camufla con una solidaridad interior. Todo el tema de la venta de armas a Arabia Saudí, sería otro ejemplo de ello: un partido que se autodenomina socialista, al final, acaba respetando un acuerdo comercial porque beneficia a la nación: hay que ser solidario con los trabajadores que están “dentro” la nación, y las consecuencias de ello se lanzan al vacío como bombas sobre el Yemen. Aquí, a alguien que no anteponga los intereses de la nación, le llamarán “ingenuo”. (Siempre está a mano, para subrayar tal ingenuidad, que otro estado fabricará las bombas y las venderá).

El no reconocimiento del uso del nacionalismo para sostener los Estados en un mundo que va a ser, cada vez, más diverso (en las calles, en el interior de estos Estados), opino que es un caldo de cultivo para el resurgir del fascismo. Tal vez sea un fascismo más limpio y pretendidamente elegante, o algo aséptico (neoliberalismo), que algo ha aprendido de la historia y, así, se disfraza de modernidad. Y se corre el riesgo que acabe siendo “cool”. (Pueden pensar en Rivera frente al demodé Casado; esa es mi intención. Y, aunque se le empiezan a ver las costuras, la primera intención de Ciudadanos era ser “cool”). A los ingenuos, como un servidor, les pareció por un momento que la creación de un supra-estado europeo más basado en las culturas, sería una profilaxis para amortiguar todo esto. Pero, al final, resultó que no. Nos quedamos en un mercado-europeo entre estados-nacionalistas.

PAPÁ-ESTADO O UN ESTADO-HIJO

Regresando un poco atrás, el nacionalismo toma el “ser” como sustantivo, extendido a un “somos”. Es la afirmación del valor de lo hecho, por encima de las posibilidades de ser. Cualquier posible variación de ser, es un ataque a lo establecido y, de ahí, nace la agresividad hacia cualquier cambio que pueda modificar el “somos”. La atracción del nacionalismo hacia el futuro es conflictiva: debe ser un futuro “dominado” por el ser fijo, y desde el primer momento, sin que afecte a este “somos” ya establecido. Es la diferencia en ver el futuro como destino para ser Humanos, ante la simple loa de la técnica (ahora “nuevas tecnologías”). Un futuro dominado por el hombre del ahora anclado en su Ser. Como el Manifiesto Futurista de Marinetti, es una visión deshumanizadora muy útil para el fascismo. Es un futuro para la simple loa y pedestal del Ser presente.

Trasladado al ámbito de la sociedad, un Ser como sustantivo, lo identifico como el Estado-Nacionalista: estático, ensimismado. Aquí, en este Estado- Nacionalista, la manera de organizarse deviene un mero calificativo de aquello inamovible, hecho y dado. Entonces, ¿cuál sería la posibilidad de convertir el Estado-sustantivo en un Estado-verbal? ¿En un “ser Estado” donde “ser” sea un verbo? Esta posibilidad podría estar en darle una relevancia “participativa” al individuo. No este simple votar cada cuatro años el cómo calificamos al Estado, sino participar de su estructura, desde ella. Uno, que no sabe, pues claro, no tiene mucha idea de cómo se hace esto. Y las maneras que se me ocurren (participar en la elección del sistema judicial, participar socialmente en la elaboración de normas y leyes más próximas o municipales, someter a consulta decisiones hoy ajenas sobre rescates bancarios o relaciones internacionales con países que incumplen los Derechos Humanos) suenan utópicas en una sociedad que valora lo cómodo y rehúye responsabilidades. Más allá de cómo Colau gestiona el gobierno de Barcelona (y que no opino al respecto porque no vivo ahí y no sé), todo lo de las consultas a la población me parece que está relacionado con esto. Es decir, pasar de un individuo frente al Estado a un individuo que “es parte” de este Estado, a un “participar” de “ser Estado” (donde “ser”, es verbo). El Estado-nacionalista, tan sustantivo, no entiende de individuos: Rivera sólo ve españoles; aquél 8-M, a muchas políticas del PP y de Ciudadanos les costaba sumarse a la reivindicación feminista, pues no veían mujeres-individuo que reivindicaban su libertad, sino, solamente, “feministas” deshumanizadas.

No sé si es otra tontería, pero sería también el concepto de pasar del “papá- Estado” a un “Estado-hijo” o filial. El padre (o madre) nos lo encontramos dado, hecho. Nuestra mirada hacia el padre/madre es hacia lo que es en sí. Nuestra relación con él, en el fondo, es comunicativa (como quien vota cada cuatro años para comunicar al Estado), pero no participativa. La relación con el hijo/hija sí es participativa: a no ser que uno lo abandone en el bosque, participa de él viéndolo como un ser (un ser verbal). Este dinamismo del hijo como ser-verbal impide su cosificación y, por tanto, convertirlo en propiedad. El hijo/a no es propiedad del padre/madre en un modo en el que los padres sí pueden ser una propiedad de los hijos. Yéndome al extremo: mi padre/madre me pertenece, mi hijo o mi hija, no. Entonces, sería darle esta característica de una relación de “filialidad” al individuo con el Estado, participando de él del modo en que el padre es partícipe (y responsable) del hijo, y no como la relación frente a un papá-Estado en la que el individuo-hijo no siente una responsabilidad: el hijo nunca es responsable de los actos del padre. Opino, así, que el concepto de papá-Estado, a la larga, comporta la abstracción de este Estado (neoliberalismo) y acaba eximiendo de responsabilidad a los individuos. Creo que esto es lo que ocurre respecto a actos estatales como ventas de armas, intervenciones en África (que continúan existiendo), etcétera, ante los cuales los individuos no se sienten responsables. Pero, y es evidente, uno esto no lo puede saber. Esto, respecto a ustedes mismos, lo sabrán ustedes.

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

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