Comisario Villarejo.

Los últimos tiempos airean algunos medios, sospechosos de parcialidad, un supuesto ‘periodismo de investigación’ que no lo es. Hablamos de ‘exclusivas’ sobre audios o fotos de hace años que interesa publicar cuando algún sumario penal avanza o alguien cuenta lo que no debe a quien toma nota y tiene autoridad. Si quien apadrina ciertos datos ‘sensibles’ es algún espía poderoso, bien conectado, millonario y con mecenas que taparon sus fechorías durante décadas la cosa pinta regular.

El comisario Villarejo, cordobés afincado en el Madrid del bulo y el rumor, hizo pingües millones de su fantasía desiderativa junto a cargos policiales, padrinos por doquier y periodistas con tarifa baja

Recordemos el caso del norteamericano Edgard Hoover. Pulió el FBI a su gusto y colocó peones sobre el desierto de la inteligencia del Tío Sam hace décadas. Atesoró fotos, cintas y documentos que le afianzaron en un cortijo policial que dominó con mano dura. Hoover sobrevivió en el cargo a diez presidentes norteamericanos obsesionado por guardar y descubrir secretos ajenos. Quienes ganaron limpiamente elecciones en Estados Unidos, si damos por democrático su sistema electoral, al recibir para despedirse del cargo a Hoover acababan contratándolo de nuevo para evitar escándalos. El director dejaba caer al nuevo presidente algo inconfesable de su intimidad debidamente documentado.

Más al sur, en Perú, encontramos a Vladimiro Montesinos. El superespía del presidente Fujimori (1990-2000) compiló en una videoteca su manía de grabarlo todo, a todos con quienes se entrevistaba o mandaba entrevistar. Su detención y encarcelamiento dispersó los videos y a muchos en el país sudamericano no les llegaba la camisa al cuello. Montesinos tenía gran parte de su material con temática sexual.

Las mismas técnicas usó el extinto KGB soviético o la ‘Securitate’ del implacable presidente rumano Ceaucescu (1965-1989). El material audiovisual de los rumanos tras la caída del ‘Conducator’ hizo que llegaran hasta Bucarest espías de todo el mundo pues tenía precio cualquier líder o político grabado con menores, conejitas o travestis en la intimidad de alcoba. En Bucarest forjó el principio de su fin el coronel Perote (Cesid).

Pero ser espía ‘per se’ es algo más noble. Entraña la práctica y conjunto de técnicas asociadas a la obtención encubierta de datos o información confidencial al servicio de un estado. Pero hay matices: muchos espías escalan más trabajando para gobiernos que pagan estados. Otros creen que el tesoro informativo les pertenece pues nadie le cuestiona su custodia. Los más osados sacan tajada de lo que saben para jubilarse con una cuestionable ‘dignidad’, revenden privadamente lo que se pagó con dinero público o sencillamente chantajean por patología, intimidan por soberbia, o deliran sobre verdades a medias.

Montesinos-Fujimori.

Llegados a este punto conviene analizar lo que pasa en España con algunos espías. Hay de todo, como en botica. El barcelonés Joan Pujol (1914-1988) está considerado el mejor espía doble. Convencido republicano se ofreció a los nazis para espiar a los británicos. Su talento y recursos dramáticos evitaron miles de muertos en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial (Operación ‘Torch’) engañando a sus patrones germanos. Murió de viejo en Caracas tras condecorarlo británicos y nazis. ‘Garbo’, sobrenombre que le endilgó la historia y sus superiores del MI5 británico, es orgullo del espionaje.

Muchos años antes otro barcelonés, Domingo Badía (1767-1818), espió infiltrado en una chilaba por países árabes. Presumió de ser el primer no musulmán en conocer La Kaaba en La Meca (Arabia Saudí). Pero sus malabares y fantasías acabaron envenenándolo en Damasco (Siria) por la corte del Bajaá mientras le obsequiaban un banquete. El ingenuo ‘Ali Bey’, sobrenombre del espía, acabó mal su existencia.

Otros espías fueron más discretos. El inolvidable vicepresidente Gutiérrez Mellado con UCD trabajó en la inteligencia militar franquista, como el literato Josep Plá. El perenne ampurdanés espiaba barcos para el SIFNE. El Nobel Camilo José Cela hizo lo propio de soplón u ofertándose a la censura más procaz. ¡Qué cosas tienen algunos espías!

Desde hace tiempo leemos historias del comisario Villarejo. Este cordobés afincado en el Madrid del bulo y el rumor hizo pingües millones de su fantasía desiderativa junto a cargos policiales, padrinos por doquier y periodistas con tarifa baja. Con manía de grabarlo todo y a todos, como Montesinos, lo encarceló acaso su soberbia creyéndose inmune e impune.

Airea audios dudosos grabados sin permiso a una amante de último rey Juan Carlos I. Si nos guiamos por lo leído en capítulos 4 y 5 de ‘El Rey [Felipe VI] ante el Espejo’ (La Esfera 2017) que suscribe la periodista Ana Romero lo que se ‘destapa’ Villarejo en 2018 es un refrito tan rancio como su aversión al último rey español. Como buen maniático, los palmeros de Villarejo acusan a Romero de ser ‘agente doble’ del CNI (sucesor del Cesid) pagada por su director, el general Sanz Roldán, ‘Generalísimo’ según Villarejo que lo tiene como uno de sus demonios más ubicuos.

Hoover J.Edgar..

El cuadro que pinta Villarejo, que jamás fue expedientado por posible incompatibilidad funcionarial al integrar decenas de sociedades -patrimoniales, virtuales e instrumentales- y ejercer como detective sin licencia (se ligó a agencia ‘RV’), tiene compleja salida.

Con sus atribuidos propósitos, Villarejo intentaría mejorar su situación procesal pues le cercan sumarios penales por incontables delitos tras implicar a familiares en sus cuestionables negocios, contactos, colaboradores e informes. Un sumario, llamativamente, le señala como presunto apuñalador de una dermatóloga. Al parecer actuaba como ‘conseguidor’ polivalente de empresarios con problemas.

Según Romero, los inicios empresariales de Villarejo sin abandonar la policía fue ofertarse en club de golf elitista para resolver lo-que-fuera-menester sin concretar la metodología con su placa policial y contactos en el todo-Madrid. Lo que se deriva que pudo hacer con la dermatóloga situaría al personaje. La médica sería ex amante del ex compi yogui de Felipe VI y Letizia, el yerno del empresario Villar Mir.

Lo que hace Villarejo es liar una madeja ajena. Le preceden en la fechoría el ex banquero Mario Conde o Javier de la Rosa, quienes amagaron con divulgar ‘lo que saben’ para evitar condenas que al cabo fueron firmes y conocieron las rejas carcelarias. El desaparecido José María Ruiz-Mateos –nunca olvidemos al marqués de la Olivara, generoso contribuyente del Opus Dei– emuló también a Montesinos y Villarejo. Cuando le acosaban sumarios, embargos y pasó temporadas en la cárcel aireaba videos e informes ‘comprados’ o ‘elaborados’ ad hoc para minimizar condenas. Pero todo fue baldío. Su triste final, abandonado por familia, socios, empleados fieles y abogado, es algo en lo que deberían pensar quienes usan las técnicas de un ventilador que esparce mierda ajena sobre la montaña propia.

Los espías que negocian o usan en su beneficio datos ajenos o forzados ya vemos cómo se las gastan. Los que peor terminan sus días, en el mejor de los casos en la cárcel, obtienen un efecto bumerán sobre sus malvadas estrategias. Villarejo, por lo que estamos viendo, debe reflexionar sobre sus venideras exclusivas pues lo que sabremos de su negocio dicen causa rubor y vergüenza ajena. En el peor Madrid de la inteligencia de saldo que percibimos de las primicias de un comisario jubilado constatamos que los hay más hábiles, como Francisco Paesa, el espía que pagó esquela y rezos gregorianos. O con más impericia que otro espía barcelonés que inventa demonios y se querella hasta con su sombra para lustrar un ego enfermo con igual fantasía desiderativa que Villarejo.

Chantajear, recordemos, es un empeño que sale bien sólo con personas atrapadas en su mediocridad y que pagan por nada. Sale más barato no ceder con imperio personal. Con el poderío de asumir todo y no hacer balances sobre trampas de charlatanes. Esto de espiar, repetimos, es algo noble, necesario y que salva vidas, empresas y a personas. A los agentes que devalúan su digno oficio les repetimos lo que escribió Ortega: “Allá cada uno, con su cadaunada.

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