Esperanza Aguirre: to be continued…

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En todas las películas de terror siempre hay lugar para una última sacudida de espanto, justo cuando ya habíamos dado al malo por muerto. Es muy famosa la última escena de Carrie, basada en la novela homónima de Stephen King, donde el último plano nos presenta la lápida de la protagonista ya enterrada; sin embargo, justo antes de los títulos de crédito y acompañado de un alarido sinfónico, emerge de la tierra la vengadora mano de la actriz Sissi Spazek. Siempre la recordaré por su gran trabajo en Desaparecido de Costa-Gavras.

Este recurso, que siempre nos sorprende pese a que sea tan previsible como todos los vicios de su género, se repite una y otra vez sin que por ello deje de ser efectivo. Por eso me encantó la viñeta que hace unos días mi compañero Ben, parodiando la dimisión de Esperanza Aguirre y que utilizo hoy para tirar de la hebra y escribir este artículo.

Hace mucho tiempo que Esperanza pasó de ser una personalidad a convertirse en un personaje. Ciertas actitudes por su parte han ayudado a alimentar esta imagen; imagen de la que se ha valido incluso para buscar apoyos electorales o mediáticos. La derecha mediática más crítica con Mariano ha sido siempre la más proclive a Esperanza. Quienes tildaban a Mariano de blando ponían a Esperanza como ejemplo de mano de hierro: la que perseguía a los liberados sindicales, la que denunciaba las mamandurrias, la admiradora de las políticas del thacherismo y las políticas económicas de Milton Friedman (incluso fichó al ultraliberal Daniel Lacalle para su última candidatura al ayuntamiento de Madrid) y la que, en definitiva, mejor encarnaba esa política neocon sin complejos. Cuando la corrupción cercaba al PP madrileño ella incluso se atrevió a afirmar aquello de “yo destapé la trama Gürtel”, y que a mí me sonó tan peliculero como Darth Bader con aquello otro de “yo soy tu padre”.

Sus dimisiones podrían haber dado lugar a una trilogía del celuloide. Y es que Esperanza ha sido -y tal vez sigue siendo- el cadáver político que más ha alargado su existencia política. En cualquier otra circunstancia, Aguirre habría abandonado la vida política hace mucho tiempo. Sin embargo, la permisividad del votante con los casos de corrupción (que sólo parece una preocupación en las encuestas del CIS) y el apoyo incondicional de determinados medios, la han espoleado para que siga caminando cuando ya nadie daba un duro por ella.

¿Por qué nadie se atrevió a fulminarla, dado el gran número de enemigos políticos con que contaba? Porque Esperanza sabe cosas. Sabe más cosas de las que reconoce en público. Y esto es algo, me temo, que tienen claro incluso sus votantes. Y al igual que la condesa de Bathory, esas cosas que sabe son la savia de las que Esperanza, condesa consorte de Bornos, se ha ido alimentando y que han propiciado sus sucesivas resurrecciones políticas. Resulta muy poco creíble que alguien que ha estado durante tantísimos años en la primera línea de la política de este país sea la última en enterarse de todo. Esperanza puede ser cualquier cosa, pero de tonta no tiene un pelo.

¿Queda lugar para un último susto, para una última reaparición? Me temo que Esperanza, si es fiel a ese personaje que la ha devorado por completo, no podrá resistirse. El anonimato de una sexagenaria que ha finalizado su carrera política es un rol que difícilmente aceptará. Tiempo al tiempo.

El género de terror llevado al paroxismo da lugar a cierto tipo de comedia, o de comedia negra si lo prefieren. Desde que comenzó a caer en desgracia y su carrera por la presidencia del gobierno se fue esfumando, Esperanza ha tratado de salvar los muebles a base de ocurrencias, y lo cierto es que, cuanto más disparatadas, más cómico resultaba su personaje. Su propuesta de gobierno de concentración en el ayuntamiento, que vienen los soviets, el episodio del cajero, sus zascas incansables a Mariano, sus presentaciones de candidatos para los ayuntamientos de Madrid, jurando públicamente ser personas honradas y utilizando expresiones como perro judío, los datos filtrados de su declaración de bienes, las subvenciones (o mamandurrias) recibidas por la empresa de su marido… Más comedia negra que peli de terror sus últimas andanzas.

Quién sabe. Tal vez Esperanza tenga aún energía para tratar de resucitar por una última vez. Sin embargo, en vez de un alarido de pánico a lo mejor la próxima vez sólo nos saca una carcajada.

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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