Decíamos ayer que en este país casi todo es anormal, absurdo, como un belga por soleares, que diría el achacoso maestro Sabina. Y para muestra la noticia de ayer: “el nuevo gobierno prepara el traslado de los restos del dictador Franco”. Han tenido que pasar casi cuarenta años más, después de los cuarenta años de Dictadura, para que un gobierno empiece a plantearse sacar los restos del dictador del altar mayor de la basílica donde fue enterrado con todos los honores. Y hablando de altar mayor y de basílica, la Iglesia, al menos la parte más progresista de ella, con el Papa a la cabeza, debería haber pedido dejar de glorificar esos despojos, dejar de ofrecerles misas diarias, y sacarlos y entregarlos a su familia para que los entierren en una sepultura privada, al igual que los demás restos de ese gigantesto osario que urge desmantelar para cerrar de una vez la página más negra, más infame e ignominiosa de nuestra historia reciente. Dice Manuel Vicent que “el nuevo Gobierno socialista debe demostrar que está dispuesto a despejar el horizonte del futuro político dejando que el viento de la historia se lleve por delante el odio que genera ese panteón y que su siniestra memoria se diluya para siempre en el aroma de las jaras. Atrévase presidente”.

Nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, se convierte en un montón de espejos rotos, que decía Borges. Algunas veces y siempre con miedo a cortarnos, a herírnos, miramos con cierta perspectiva algunos de esos espejos rotos de nuestra memoria y vemos lo  disparatado, lo irracional, lo absurdo de todo lo que hemos tenido que soportar en los últimos años. Y no sentimos lo que hemos pasado sino lo que todavía nos queda por pasar.

Otro espejo roto de nuestra memoria refleja al analfabeto Donald Trump que irrumpe en el orden mundial como un mulo falso, ciego e imprevisible. Ante esto solo podemos sentir miedo y vergüenza. Otro espejo sería la continua matanza de palestinos a manos del ejército israelí, una especie de tiro al blanco contra la humillada y desesperada población civil palestina sumida desde hace décadas en una sangrante injusticia ante la que nadie hace nada, si acaso unas tímidas declaraciones de protesta por parte de algunos países y organismos internacionales cuando se perpetra una nueva masacre, para lavar su conciencia y pasar de puntillas sobre un genocidio espantosamente bien planeado y ejecutado. Ante esto solo se puede sentir dolor y repugnancia. Otro espejo cuyos bordes cortantes hieren a todo aquel que lo mira sería la podredumbre de la política española y la bajada de Cataluña a la ciénaga del racismo, la xenofobia y la quiebra social.

El absurdo de un Gobierno catalán con dos botarates, dos catetos racistas como Puigdemont y Torra, dos políticos que tapan su incompetencia proclamando una república que no cuenta ni remotamente con la necesaria mayoría para ser proclamada, pero les da igual, lo suyo es hacer realidad  su delirio independentista a toda costa. Lo peor es el desprecio, la falta de respeto hacia los que no piensan como ellos, lo cual constituye la negación del principio de la democracia a la que dicen personificar mientras causan una profunda vergüenza ajena sus afirmaciones, sobre todo las más recientes de Torra llamando al resto de los españoles “bestias con forma humana, bestias carroñeras, víboras, hienas con una tara en el ADN”  y recordando las declaraciones de un tal Daniel Cardona que en los años treinta decía que “un cráneo de Ávila no será nunca como uno de la Plana de Vic”. Solamente por estos comentarios racistas y xenófobos, Torra debería haber sido inhabilitado no solo como presidente de la Generalitat sino también como presidente de  una comunidad de vecinos, de una asociación de jugadores de petanca, de criadores de caracoles y de cualquier otro cargo por insignificante de fuera.

Pero lo peor, lo que más duele es que una parte de la izquierda catalana  haya votado a semejantes personajes sin hacerles el más mínimo reproche, la más mínima objeción. Y es bien triste porque la izquierda debería estar para unir y hacer causa común de los trabajadores catalanes con el resto de los trabajadores del Estado a los que unen unos mismos intereses y estan sometidos a una misma reforma laboral y han sido despojados a lo largo de los últimos años de idénticos derechos y libertades. Hay que luchar conjuntamente por la dignidad de todos ellos, por los de Ávila y los de Vic, los de Reus y los de Algeciras y no dejar que gobierne un facistoide que ha dicho y dejado escrito repugnantes textos ultras y supremacistas y que, por si fuera poco, además desprecia étnicamente a la mitad de los ciudadanos que viven en Catalunya, los hijos y nietos de emigrantes castellanos y andaluces que viven y trabajan desde hace décadas en aquella tierra y que con su trabajo ayudaron tanto o más que el catalán de ocho apellidos catalanes a levantar la rica y próspera comunidad que es ahora.

La izquierda independentista catalana debería darse cuenta del tremendo error que supone  levantar muros a estas alturas de siglo, cuando se trata de hacer todo lo contrario: derribar muros porque los trabajadores, sufridos pagadores de todas las crisis habidas y por haber, no deberían conocer fronteras ya que todos persiguen, perseguimos, unos mismos objetivos y tenemos derecho a unas mismas condiciones laborales, a unos mismos derechos y libertades, a una misma dignidad, ya seamos trabajadores castellanos, andaluces, catalanes, de Tombuctú o de Kuala Lumpur. Con decenas de estos espejos rotos de la memoria nos acostamos cada noche y de todos ellos sentimos reflejarse en nuestro interior una desasosegante sensación de miedo, vergüenza, dolor, repugnancia, congoja y resignación.

La memoria, la cercana y la lejana, esa facultad de acordarse de lo que muchas veces quisiéramos olvidar, el centinela de nuestra mente, nos recuerda con sus espejos rotos lo absurdo de este país, su profunda y casi insufrible anormalidad. El flamante presidente Sánchez acomete la titánica tarea de intentar devolver a este país la normalidad democrática a la que muchos aspiramos, el prestigio perdido tras años de corrupción rampante, degeneración y podredumbre sin parangón en toda esta democracia que hoy anda muy desmejorada, enflaquecida y encanijada y que pide urgentemente un rápido y certero diagnóstico y un todavía más urgente e integral tratamiento.

La gran pregunta es si el señor Sánchez y su equipo podrán llevar a cabo semejante obra sin sucumbir en el intento, porque el poder político no es ni mucho menos todo el poder que se necesita para cambiar este estado de cosas. Hacen falta otros poderes que no está claro que arrimen el hombro sino más bien lo contrario. Desde luego, lo que hace falta es un continuo ejercicio de diálogo, negociación, pacto, convenio, es decir, hacer política sin descanso para conseguir que esos poderes se impliquen o al menos, aunque la frenen, para muchos su única misión es frenar todo avance, no impidan avanzar al resto, a la inmensa mayoría, en la urgente tarea pendiente de regenerar, modernizar y normalizar este país de una vez.

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1 Comentario

  1. No veo por ningun sitio la bajada de Cataluña a la ciénaga del racismo, la xenofobia y la quiebra social, ni tampoco los botarrates de Puigdemont y Torra. Comparar el resto de los ejemplos con lo sucedido en Catalunya ma parece poco ético y demencial. Catalunya es una naión que es tratada por el estado como una autentica colonia y todas las colonias tienen derecho a independizarse.

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