El Partido Popular (PP) ha ganado clara y rotundamente las últimas elecciones generales celebradas en España, obteniendo más papeletas, diputados y porcentaje total en votos que los demás contendientes. Le saca más de cincuenta diputados a la siguiente fuerza política -los socialistas- y más de  2,5 millones de votos. Los populares, con Mariano Rajoy al frente, fueron los grandes ganadores de la jornada electoral.

Las demás fuerzas perdieron en votos, escaños y porcentaje total: el PSOE perdió cinco diputados y más de 100.000 votos; Unidos Podemos se estancó en 71 diputados, a pesar de la gran esperanza que era la coalición con Izquierda Unida, y se le esfumaron más de un millón de votos (¿dónde andarán?); y Ciudadanos, pese a su pésima campaña y las interminables boutades infantiles de su máximo líder (¿?), sólo dejó en el camino 400.000 votos y ocho escaños. Pese a todo, el gran derrotado de la noche, Albert Rivera, sigue pidiendo al ganador de las elecciones por goleada, Mariano Rajoy, que se retire del camino para formar un gobierno de coalición. ¿Con qué legitimidad política puede seguir exigiendo esa demanda?

DESASTRE DEMOSCÓPICO

Luego también han perdido las elecciones las empresas encuestadoras, incluyendo aquí a toda su cohorte de inútiles analistas de salón, empollones de tres al cuarto y expertos que se pavonean en los medios alardeando de sus conocimientos demoscópicos. Estos cenutrios, que debían ser despedidos, no supieron, ni de lejos, atisbar los resultados ni ser capaces de prever los cambios sociológicos que estaban operando. Ni siquiera han pedido disculpas por sus desatinos, qué desfachatez.

Y es que, es sabido que los socialistas siempre tienen un voto oculto que aparece la noche electoral y, cualquiera, que hubiera examinado la participación electoral a lo largo de la jornada, que era muy baja, sabía que eso beneficiaría al PP. Por debajo del 70% de participación, victoria de la derecha es segura. Pero no, en las primeras encuestas después del cierre de las urnas, las conocidas como “israelitas”, se seguía sosteniendo  que habría sorpasso, que Unidos Podemos adelantaría al PSOE y se quedaría como segunda fuerza política, y que el PP alcanzaría un raquítico resultado (¡algunos hablaban de 117 diputados!), justamente lo contrario de lo que finalmente ocurrió. Qué cuadrilla de inútiles.

EL DELIRIO

Luego, ya analizados y mascados los resultados por todos, llegó el delirio, es decir, una enfermedad realmente preocupante pero tratable. Se trata de un Estado de alteración mental, generalmente provocado por una enfermedad o un trastorno, en el que se produce una gran excitación e intranquilidad, desorden de las ideas y alucinaciones. Hay dos casos bien paradigmáticos en la política española de este trastorno: Albert Rivera y Pedro Sánchez.

Ajeno a los resultados electorales y como si el vendaval del 26 de junio no fuera con él, Rivera sigue aferrado a sus peregrinas ideas y haciendo propuestas estúpidas. Sigue con su cuento de que Rajoy tiene que irse (¿a dónde?), defendiendo un imposible pacto a tres -PP, PSOE y Ciudadanos- e instalado en ese discurso de que son el centro político del sistema político. Pero se están apagando a marchas forzadas, su techo seguramente no subirá más y es más que seguro que de aquí a las próximas elecciones habrán desaparecido. Su indefinición ideológica les acabará pasando factura y acabarán fagocitados por el PP.

Todos los partidos de corte liberal o centrista en España, y que le pregunten de este asunto a Esperanza Aguirre, han fracasado históricamente. Lo intentaron en la Transición con la UCD, que acabó en un naufragio monumental, luego llegó el Centro Democrático y Social, que más que un partido fue sainete, hubo también una Operación Roca auspiciada por el nacionalismo catalán y algunos financieros de Madrid que no obtuvo ni un asiento en el legislativo pese al despilfarro de miles de millones de las antiguas pesetas y, finalmente, hubo un Partido Liberal que fue digerido por la Alianza Popular del “tiburón” Manuel Fraga y cuyos máximos líderes, con José Antonio Segurado a la cabeza, fueron enviados al “patíbulo” del olvido sin piedad.

Ciudadanos, como le ocurrió a la difunta Unión y Progreso y Democracia (UPYD), puede acabar de igual forma si no define su perfil ideológico, si no abandona su antinacionalismo congénito y, sobre todo, si no madura su discurso concretando sus propuestas, ideas y ofertas prácticas. El problema de Ciudadanos es que trata de agradar a todos y no se define. Nadie sabe si son de derechas, de izquierdas o metrosexuales. Luego su máximo líder, en mi opinión un pelmazo sin guión como orador hasta por su tono de voz, es como un personaje de una conocida novela española que era un hombre que no sabía si era una sirena o una mujer. Sánchez es un caso parecido y no da la talla como máximo líder del socialismo español.

Y EL AUTISMO

En Unidos Podemos, la gran coalición bolchevique que un día soñó con llegar al poder llevados por sus efluvios de irreal grandeza y una retahíla de encuestas amañadas, se quedaron mudos la noche electoral. No sabían qué decir ni tenían argumentos para explicar la debacle. A toro pasado, apareció el gurú oculto y fundador de Podemos, Juan Carlos Monedero, para señalar a sus compañeros como responsables del desaguisado  por abusar de la mercadotecnia, desdeñando el poder de la la calle. Les acusó de haber abrazado una estrategia errónea e infantil. ¡Qué fácil hablar tras el hundimiento y cuando ya el desastre es irreversible!

Ante esta poco diplomática salida del verdadero comandante de Unidos Podemos, los dirigentes que habían encabezado el cartel electoral, con Pablo Iglesias al frente, optaron por el autismo colectivo, rehuyeron cualquier forma de autocrítica, justificaron su contundente fracaso por una suerte de “campaña del miedo” organizada por la extrema (¡claro!) y salieron, como se dice vulgarmente, por peteneras. Ahora, entre silencio y silencio, ya han anunciado, antes de irse de cañas, que van a encargar un estudio, ¡pero a quién si casi todo los politólogos y sociólogos españoles están en Podemos! Si no fueron capaces de intuir el golpazo que se venía, muchos menos, desde su autismo colectivo y su escasa conexión a la realidad social, van a dar con el verdadero problema que padecen. Pero ese material para otro día. Continuará.

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