Si atendemos a la historia de España ceñidos tan sólo al deseo de encontrar una unidad nacional y un sentimiento patriótico español, nos encontraremos una Historia fundamentalmente circunscrita a unos pocos poderosos, que no son antecesores de la inmensa mayoría de la ciudadanía española actual, y a una realidad social y económica para nada envidiable ni siquiera desde nuestro actual momento de crisis económica, como bien nos recuerdan el Lazarillo de Tormes o el Buscón de Quevedo, o incluso algunos de los pasajes del propio Don Quijote, y todos esos personajes surgidos después y que expresan las condiciones de la inmensa mayoría.

Desde esa mirada, es fácil entender una especie de proceso evolutivo unilineal de los sistemas sociales desde el imperialismo romano, pasando por el feudalismo, hasta la implantación del capitalismo, que trajo consigo la progresiva implementación del bienestar, la democracia, y de los derechos y libertades, propugnados por los ilustrados europeos.

Sin embargo no hay más que ampliar nuestro campo de miras para entender que ni el sistema social ni el económico evolucionaron igual en toda la zona del antiguo Imperio Romano. Por una parte, el Imperio de Occidente fue invadido y repartido entre las tribus de los famosos reyes godos y carolingios, donde dieron lugar al feudalismo. Mientras en el resto del mundo, conocido o por conocer, e incluida buena parte de la península ibérica por ochocientos años, no conocieron el feudalismo medieval pero sí el auge de una burguesía dedicada al comercio interior y exterior, así como a la manufacturación de seda, especias y otros productos, al menos hasta su invasión o colonización.

De manera que la evolución histórica no parece tan lineal, sino con avances y retrocesos territoriales entre sistemas sociales que evolucionan alternativos y distinguibles en materia de derechos y libertades, ya sean en materia intelectual y del conocimiento, ya sean en materia sexual o de la sexualidad, religiosa, de uso de la lengua autóctona, de propiedad de los medios de producción… Como bien pudieron conocer los diversos pueblos conquistados y cuyos territorios pasaron a formar parte de la España imperial desde finales del siglo XV.

La Historia de España surge como un proceso de pérdida de derechos y libertades no sólo para los pueblos de la península ibérica, sino también en América, África y Oceanía. A la vez que, la historia de los pueblos que han conformado España es la historia de su resistencia a la pérdida de dichos derechos y libertades, como nos calla a veces la Historia de España, pero que ha resultado una constante desde los comuneros de Castilla, los aragoneses en Utebo y la rebelión de las Alpujarras en el siglo XVI, hasta el denominado Movimiento 15-M o “de los indignados” surgido en esta década del siglo XXI.

Nos gustaría decir que la historia de los pueblos de España ha sido una historia de victorias, aunque sean pírricas. Pero la verdad es que, hasta la Constitución de 1978, las derrotas populares sólo han podido salvarse mediante la secesión territorial, que han reducido España, prácticamente, a una porción de la península ibérica, desde aquella España en la que nunca se ponía el sol. Una España gobernada para unos pocos que se enriquecían en base a corruptelas y amiguismos, tanto en la Corte y el gobierno, como entre sus representantes. Mientras la mayoría sobrevivían a duras penas.

No sabemos si un rey totalmente diferente a Fernando VII, y que hubiera aceptado de buen grado la Constitución de 1812, habría sido suficiente para que la Historia hubiera sido favorable a los pobladores de España, y España fuera aún territorio “en ambos hemisferios”, como proclamaba dicha Constitución en su artículo 1º y aprobado por todos los representantes peninsulares y extrapeninsulares de la población española, entre ellos, Blas Ostolaza, Mario Rodríguez de Olmedo y Valle, el tío de Simón Bolívar: Esteban Palacios; Antonio Larrazábal y Arrivillaga, Francisco Salazar y Carrillo, Ramón Power, José Mejía Lequerica, José Miguel Ramos Arizpe o José Álvarez de Toledo… Muy reconocidos en América Latina, y desconocidos en la actual España.

Lo que sí sabemos es lo que aún queda de España, y en qué condiciones se encuentra su población. En concreto, con respecto al último intento popular por intentar subvertir su indigna e indignante situación, el denominado como movimiento 15-M o “de los indignados”, surgido el 15 de mayo de 2011 con la toma de las plazas públicas por la ciudadanía civil y la creación de asambleas populares; el 20 de mayo de 2011, tras crearse  una página web para recoger propuestas de todas las asambleas constituidas en las distintas plazas españolas, y alcanzar un consenso entre todas las personas participantes, se elaboró una primera relación de propuestas o “texto programático”, que expresa por sí mismo las condiciones en las que se encuentra actualmente España, así como la facilidad para alcanzar un consenso que la clase política no ha sabido corresponder.

Entre las propuestas contenidas en dicho texto programático, nos encontramos con: “Medidas plurales con respecto a la banca y los mercados financieros”, “Desvinculación verdadera entre la Iglesia y el Estado, como establece el artículo 16 de la Constitución” o “Recuperación de la Memoria Histórica”. Que implican derechos y libertades que ya se poseían en muchos territorios de la actual España hace tan sólo cinco siglos, así como la necesidad de recuperar la historia de las luchas populares  y de las pérdidas que significaron sus derrotas.

La relación entre los musulmanes y las dos últimas propuestas parece clara al recordar tanto a “Al-Ándalus” como a los “moriscos” y las luchas campesinas y jornaleras (y sus propuestas de modelos de producción y reparto), pero, ¿y la banca y las finanzas?¿Qué tienen que ver con los musulmanes? En primer lugar nos encontramos con las siguientes aleyas o versículos del Corán: “No os devoréis la hacienda injustamente unos a otros, y no empleéis artimañas legales tratando de devorar injusta y deliberadamente parte de la hacienda de otra gente” (Corán 2:188), “Al-Lah ha hecho lícito el intercambio y ha prohibido la usura. Así pues, quien sea consciente de la advertencia de su Sustentador y desista [de la usura], podrá quedarse con sus ganancias” (Corán 2:275), “No devoréis la usura, doblándola y multiplicándola” (Corán 3:130), “No os arrebatéis los bienes injustamente unos a otros –ni siquiera mediante transacciones basadas en acuerdo mutuo” (Corán 4:29)… Pero, evidentemente, los musulmanes también necesitan cobrar sus nóminas, pedir préstamos, invertir su dinero, etc.

El “Financial Islam”, nos aclara: “Hay tres principales prohibiciones que el Islam impone en las finanzas islámicas: El cobro de interés. El embarcarse en riesgos excesivos (gharar). Las apuestas.” Mientras por su parte, Christina Barragán, Mediterránea, Arabista, experta en Relaciones Euromediterráneas, traductora, defensora de la causas perdidas y خَالِفْ تُذْكَرُ, escribía el 20 de julio de 2013, en el “United Explanatión”: “Cuando se habla de banca islámica, lo que llama la atención del interlocutor en primer lugar es precisamente la prohibición de los intereses. Pero las finanzas islámicas son mucho más que eso. El sector ha experimentado un crecimiento considerable en los últimos tiempos. Sus principios basados en la ética y sus atractivos instrumentos financieros lo han situado como una posible alternativa a la banca tradicional”.

La realidad española está suscrita a la herencia de quinientos años de islamofobia que ha dado lugar a mucha legislación e imposición convertida en “costumbre” y “tradición” que no permite ver la situación, como el pez no ve el agua, o nosotros no vemos el aire, pero que, como resumía el 26 de septiembre de 2013 el titular de un artículo de Sergio Saiz, en el “Expansión.com”, hace que “España ponga un velo legal a la inversión de la banca islámica”, dándose la situación de que, según dicho artículo, las “empresas españolas sólo pueden acudir a Londres para financiarse a través de fondos que invierten según las reglas del Corán, ya que Reino Unido es el único país europeo que ha adaptado su normativa”.

Porque somos muchas las personas que vivimos en España y nos gustaría vivir en una España cuya legislación fuera suficientemente laica como para permitir, a muchos bancos que ya existen, conceder hipotecas y préstamos, no sólo sin intereses, sino atendiendo a un Corán que les dice: “si [el deudor] está en apuros, [concededle] una prórroga hasta que esté desahogado; y sería mejor para vosotros –si supierais– condonarle [toda la deuda] considerándola una dádiva” (Corán 2:280).

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