No aporto nada nuevo si digo que el ser humano es un animal social, esto fue expuesto por Aristóteles hace mucho tiempo. Ahora bien, resumiendo mucho, la política es el modo de gestionar esa socialización entre seres humanos. Estamos destinados a vivir en sociedad, por lo que se hace totalmente imprescindible hacer uso de la política; y no hacerlo –es decir, declararse apolítico y actuar como tal– supondría entregar tu vida y la de tus semejantes a los poderes para que decidan por ti. Entonces, dado que las decisiones políticas influyen directamente en cada uno de los espacios donde nos relacionamos (mercado laboral, sistema educativo, sistema sanitario, relaciones de pareja…), ha de ser vista como un deber y una responsabilidad inherente a la persona. No concederle la importancia que merece implica abdicar nuestro poder de decisión en agentes externos, un hecho que repercute negativamente no solo en quien abdica, sino en toda la ciudadanía, que se ve salpicada por quienes no asumen su responsabilidad. Resultan esperanzadores, por tanto, los datos del CIS (barómetro de octubre de 2016) en los que se desprende que el 78,3% de la población española está de acuerdo en que “la política tiene una gran influencia en la vida de cualquier ciudadano/a”.

Al hablar de política no me refiero a militar en un partido, ni tan siquiera a depositar el voto en la urna. No. Sería simplista y adoctrinador, por ejemplo, reducir la política al voto cada cuatro años como quieren algunos sectores sociales. La política forma parte de las calles, las universidades, los trabajos, los hogares… Existen sindicatos, asociaciones juveniles y estudiantiles, grupos culturales, voluntariados, manifestaciones, huelgas y un sinfín de opciones que sirven como espacio de participación sociopolítica. El mayor signo de decadencia de una democracia sería que su ciudadanía considerase que la única opción que tiene de participar en política es el voto. Pues bien, observando los datos del CIS, mi esperanza previa se derrumba: el 57,4% de la población cree que el voto es la única forma en que la gente puede influir en lo que hace el Gobierno y el 36,9% considera la política tan complicada que no puede entender lo que pasa.

¿No es contradictorio? Por un lado, nos encontramos con que la gran mayoría considera que la política tiene una gran influencia en la vida de la gente; sin embargo, por otro lado, los datos muestran que seis de cada diez cree que el voto es el único modo de participar. Esto es un síntoma de la debilidad de nuestra joven democracia. O quizás una fortaleza, todo depende de quién se haga la pregunta. Debilidad en el caso de la ciudadanía, que siente que sus esfuerzos serán inútiles y, simulando la teoría de la indefensión aprendida de Maier y Seligman, otorga el timón que dirige el rumbo de la sociedad a quienes se dedican profesionalmente a la política. En cambio, fortaleza en el caso de ciertos sectores y sus representantes en el parlamento, pues su poder se incrementa gracias a nuestra pasividad. Estos quieren que la población participe en política una vez cada cuatro años, pero que el resto del tiempo se muestre sumisa, inmóvil. Y de hecho, lo consiguen. Por ejemplo, el 49% de la ciudadanía no ha asistido nunca a una manifestación y el 58,6% no ha participado nunca en una huelga.

Nos han convencido de que nuestro único poder de influencia en la sociedad es el voto, y hemos abdicado nuestra responsabilidad política en beneficio de los grupos privilegiados. Pero que no cunda el pánico, siempre hay salida al sinsentido. En este caso, la salida está en las nuevas generaciones, aquellas a las que se suele ningunear, sermonear y tratar con condescendencia como si no supieran nada de la vida. Según los datos del CIS, las personas de 18 a 24 años –entre las que me incluyo orgullosamente– otorgan más importancia a la política que cualquier otro grupo de edad. De hecho, son las que están más en desacuerdo en que el voto sea la única forma de influir en lo que hace el gobierno, y las que más han participado durante los últimos doce meses en huelgas y manifestaciones. De nuevo, algo esperanzador a lo que aferrarse: la juventud.

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