La lectura de algunos de los escritos de Manuel Azaña anteriores a la 2ª República conmueven y entristecen por cuanto transpiran la veracidad inconcusa del estigma advertido por Azorín al afirmar que vivir en España es hacer siempre lo mismo. Resuenan las palabras de Heidegger: “ el pasado es aún. “ Empero, en la frase del filósofo alemán existió un sesgo positivo de pervivencia de las culturas clásicas, cómo sobrevivieron en el califato cordobés frente a los medievales terrores europeos del año 1000. En el caso español, se trata de la oscuridad que produce el imperecedero pasado más retardatario, sirva el pleonasmo como énfasis de una historia dramáticamente detenida.

Nuestra nación, sentencia Azaña en 1923, es un país gobernado tradicionalmente por caciques. “ En esencia.- escribe el político republicano – el caciquismo es una suplantación de la soberanía, ya sea que al ciudadano se le niegan sus derechos naturales, para mantenerlo irrealmente en tutela, ya que inscritos en la Constitución tales derechos, una minoría de caciques los usurpe, y sin destruir la apariencia del régimen establecido, erige un poder fraudulento, efectivo y omnívoro, aunque extralegal.”

En la España de hogaño el parangón es tan reconocible que produce cierto vértigo moral y político constatar lo poco que hemos avanzado, sobre todo, cuando el que sería presidente de la República da cuenta etiológica del caciquismo hispano : “ la oligarquía, como sistema y el caciquismo como instrumento – exclusión de la voluntad de los más – son anteriores al régimen constitucional y al sufragio y han coexistido con ellos, la oligarquía fue nobiliaria y territorial; hoy es burguesa y, en su núcleo más recio y temible, capitalista y de las finanzas. “

Son las élites económicas y financieras que casi un siglo después configuran hoy en nuestro país la abolición de la propia historia al objeto de que prevalezcan sus interese por encima de los generales de la propia nación. Para Ortega y Gasset el hombre enajenado de sí mismo se encuentra consigo mismo como realidad, como historia. Y en este punto hoy el ciudadano barrunta que padece una aflicción en su existencia social y material porque la historia se ha hecho en situación histórica, sin ratio, logos, a cambio de una taumaturgia donde la vida pública se organiza en la falta de autenticidad, difficulté d’etre que lamentó Fontenelle, de los paradigmas ideológicos, antitéticos con los intereses de etapas anteriores, de tal forma que el régimen nacido de la Transición representó para las fuerzas democráticas que combatieron al franquismo una renuncia mas que una afirmación. Se impuso la aparente comodidad, aireada entonces como bondad social, del consenso, el centro político y la laxitud postmoderna como ideología. Era un proceso donde para existir, menos para aquellos que desde el poder lo promovían, se convirtió en exigencia dejar de ser lo que cada cual representaba. Como se decía en la Restauración de Cánovas el quicio de la puerta se había puesto tan bajo que había que agacharse mucho para entrar. Las fuerzas políticas de extramuros al régimen tuvieron que suspender sus expectativas programáticas naturales a cambio de alcanzar objetivos inexistentes como un consenso que era capitulación ideológica a cambio de ubicarse en un centro artificial sin esencia sociológica. Los ciudadanos comenzaron a sentirse como los “ seis personajes en busca de autor “, de Pirandello, donde el público es confrontado con la llegada inesperada de seis personajes durante los ensayos de una obra teatral que insisten en ser provistos de vida, de permitírseles contar su propia historia. Hoy la gente común también es privada de una vida vitale, de poder contar su propia historia.

Se procuró una democracia libre que preservara los intereses económicos latentes en una remozada oligarquía caciquil, vertebrándose un sistema mediante la desconfianza al escrutinio de la sociedad y contra el pensamiento a cambio del derecho positivo y la escolástica. Ello demandaba un concepto también oligárquico de l as instituciones y los partidos para evitar la penetración del pensamiento crítico e ideológico y mantener el sistema a través de un pragmatismo adaptativo al régimen de poder.

En el caso de la izquierda, su integración absoluta al sistema mediante el cejo tecnocrático y la obsesión por desistir de constituirse en proyecto político alternativo en lugar de acrítico proceso de adaptación a una realidad ajena que estime inexorable y, por tanto, inmune al cambio, le llevó a pasar de ser un impulso transformador a una inhibición que acabó definiéndola. Para el filósofo checo Jan Patocka, somos los únicos que tenemos la posibilidad de relacionar las cosas con su propio sentido. Y no es ciertamente el momento de los gestores, tecnócratas y burócratas, que en lugar de dar sentido a la idea de progreso se afanan en gestionar con eficacia un mundo que niega la idea de sociedad que la izquierda propugna.

Ya no hay más vía que las ideas y la política. Un renovado socialismo deberá suprimir las inercias éticas e institucionales de un tiempo destinado a pasar. Es imprescindible la reinvención de un futuro para todos.

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