España: impotencia y barullo

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Decía Manuel Azaña que la política consiste en realizar, que se parece al arte en ser creación, una creación que se plasma en formas sacadas de nuestra inspiración, de nuestra sensibilidad, y logradas por nuestra energía. Y que por ello no hay política de personas fútiles; la política está reñida con el esnobismo. Singularmente cuando el esnobismo resulta ser la pedantería de la mediocridad. España hoy confronta graves problemas que afectan a los intersticios más sensibles de su propia razón de ser nacional por cuanto configuran una metástasis de crisis económica, social, política e institucional que hace que sobre el país sobrevuele una tormenta perfecta. Y ante ello, la vida pública, al contrario de lo que decía Azaña, transita entre la banalidad y el esnobismo. El desmayo de las ideologías, la transigencia ética, el relativismo de los valores, la esclerosis del régimen de poder, el “todo vale”, han propiciado una atmósfera institucional irrespirable y, sobre todo, incapaz de resolver los propios problemas que genera.

Metástasis de crisis económica, social, política e instituciona

La política ya no es creación, ni por ello se parece al arte, ni existe inspiración ni sensibilidad, ni un impulso cívico regido con lucidez, puesto que se le ha cercenado su autenticidad trascendente a favor de las ocurrencias, la frivolidad y las estratagemas sobreactuadas. El poder del dinero codifica la sociedad y socava el poder político hasta convertirlo en una caricatura. La ley de hierro de las oligarquías adquiere una pasmosa vigencia en los campos hispanos donde la mediocridad y la mera lucha por el poder insisten siempre. Y en esta arquitectura política del país los escolásticos instrumentos de regeneración que verbalizan los actores políticos no son sino simples retoques de atrezo de un mismo escenario. Es decir, travestir los vicios del sistema en lugar de abolirlos. En realidad, se trata de restaurar un tiempo que definitivamente ha pasado.

El poder del dinero codifica la sociedad y socava el poder político hasta convertirlo en una caricatura

El envés de la verdad no siempre es la mentira, sino la confusión. Los anglosajones lo llaman blurring in complexity, introducir complejidad, ya que un territorio opaco solo beneficia a quien conoce la trayectoria que se va a seguir, quien guarda secretamente sus objetivos inmediatos y mediatos. Después de los comicios del 20 de diciembre, la esgrima de la vida pública se ha sustanciado en la complejidad desnaturalizadora del acto y del mensaje político. Quizá porque sólo puede generar actos fallidos un régimen fallido. El Partido Socialista con esa alianza de acero con Ciudadanos, cuyo fenotipo derechista desde sus orígenes es insoslayable, mantenida sin objeto más allá del truncado proceso de investidura parlamentaria de su secretario general, no escenifica sino la imposibilidad fáctica de un gobierno de izquierdas en la presente disposición estructural del sistema.

Por su parte, el Partido Popular, minado por la corrupción, resiste en un ecosistema normativo e ideológico que se compadece con su posición y función en el régimen de poder mientras la izquierda emergente, que tan gran servicio le hizo al sistema del 78 sacando el malestar de la calle, tiene que superar la cuarentena consistente en estar bajo sospecha hasta que su adaptación, es decir, su desnaturalización política e ideológica se considere que no pone en peligro los basamentos del régimen nacido de la Transición. Todo ello solo conduce a que el panorama político español se concrete en dos palabras: impotencia y barullo. Mientras tanto los problemas crecen.

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