España tiene, en la actualidad, las jóvenes generaciones mejor formadas de su historia en las condiciones más oprobiosas que puedan soportarse. Pareciera que la mediocridad que nos gobierna desde hace años desea ajustarle cuentas a aquellos que dejan en evidencia sus miserables incapacidades. Los centros de poder económico, religioso y político requieren de personas dóciles y maleables de quienes abusarse, hacerse con sus hijos o robarles la dignidad, bajo la creencia que pensar libremente o vivir decentemente es un lujo que no debe ser permitido. Esto debe incluir que, de los jóvenes emigrados por este modelo, además se les dificulta la posibilidad de ejercer su voto desde el exterior. Sólo así les puede resultar posible a los miembros de la pandilla, perpetuar las corruptelas, mantener los privilegios y apropiarse de la riqueza resultante de un esfuerzo que ni les pertenece ni merecen. 

España, gracias a los mediocres bien recompensados, pretendió recluir a la insignificancia del desván de la currícula educativa, a las asignaturas que promueven el pensamiento, como es el caso de la Filosofía, porque saben que también abren las puertas y ventanas a la libertad, espantando el oscurantismo de los dogmáticos. Unas generaciones que tendrán que gestionar realidades tales como la energía, el cambio climático, que está ya aquí para quedarse, o la mutación de los paradigmas laborales. Las dirigencias reinantes le temen al pensamiento, como todo mediocre.

España promueve el juego sin los mecanismos que limiten sus efectos sobre la vida de las familias. La ludopatía se extiende para beneficio de pocos y para mal de muchos. Las redes se extienden, mientras las estructuras de prevención se desmantelan, tanto por la acción directa, cuanto por la restricción de los recursos destinados a su atención. En 2016 unos 100.000 españoles se encontraban en el umbral del “juego problemático”, un 0,3% de la población de entre 18 y 75 años, un año en el que el 81,9% de la población participó en juegos de azar, que crecieron en todas sus categorías a excepción de las apuestas de la ONCE. Además, el número de jugadores online se situó en 1,38 millones, 100.000 personas más que en 2015. Son conclusiones del “VIII Informe Percepción social sobre el juego de azar en España 2017”, realizado por la Fundación Codere y la Universidad Carlos III de Madrid, que fue presentado en junio último.

     España es el cuarto país de la OCDE que menos empleo ofrece a sus habitantes: únicamente el 60,5% de las personas en edad de trabajar, entre 15 y 64 años, tiene un empleo. Solo supera a Turquía, Grecia e Italia, y está muy lejos de la media de la OCDE, donde trabaja el 67,1% de la población en esa franja de edad. Pero el dato catastrófico es el paro juvenil: en España es del 38,6%, más que el triple de la media de la OCDE, que es del 11,9%. En tanto, los patriotas de las banderas y los paraísos, hablan de territorios y reinados.

España muestra que la epidemia de la cocaína no ha conseguido erradicar totalmente a la de la heroína. Aún arde la piel al recordar la plaga de consecuencias letales que su impacto tuvo en los años 80 y que ahora remonta velozmente en varias comunidades españolas. Esta tendencia está llegando, detectándose casos de sobredosis por consumirla esnifada y mezclada con cocaína. El conocido speedball. Mientras las cloacas se distraen en asuntos mafiosos, varios son los datos que confirman el incremento. Así, crecen las incautaciones policiales, se consolidan las redes de distribución, aumenta la producción en Afganistán, en dónde la plantación de la adormidera, la flor de la amapola de la que se extrae el opio para fabricar la heroína, creció el 59% en el 2006. Por ello bajan los precios y se desdramatiza su consumo convirtiéndose, para algunos, en un esnobismo esnifar o inhalar heroína. Nuevos toxicómanos no dejan de engrosar las listas de adictos que la prefieren inyectada. Las previsiones son, que las diferentes policías españolas se incautarán este año del triple de heroína que el año anterior. Ese incremento se debe principalmente a operaciones en las grandes capitales, como Madrid, Barcelona y Valencia. Según fuentes responsables de la Brigada Central de Estupefacientes del Cuerpo Nacional de la Policía: “La oferta se ha disparado y los traficantes están introduciendo a los camellos lotes de heroína para que la ofrezcan a sus consumidores de cocaína”. Las grandes mafias turcas han recuperado el último eslabón del negocio y contratan a delincuentes búlgaros y albanokosovares para su transporte por Europa desde los almacenes ubicados en Bulgaria, Rumanía y las repúblicas ex-soviéticas.

España heroína. Esta, vuelve a estar peligrosamente de moda. Los jóvenes le han perdido el miedo y la prueban. Una droga que a finales de los años 90 consiguió ganarse con méritos el título de “letal y marginal”. Toda una generación muy dañada. España no se habla seriamente de esto. La prensa de este país, tan patriota y ética, deja tirada a esa juventud de sus páginas y de sus pseudodebates. Entonces reflexiono acerca de las redes de blanqueo del dinero que proviene de la droga, del juego, de la prostitución, de la monumental corrupción. Del viaje que realizan esos fondos desde y hacia los paraísos fiscales, para recalar en inversiones diversas en los mercados financieros.

 

Me pregunto por qué no se afrontan tempranamente estos problemas que nos afectarán a todos los ciudadanos. Luego sigo un debate parlamentario. Una audiencia de cualquiera de los casos de corrupción que nos invaden. Una conferencia de prensa de cualquier dirigente frente a los dramas de la gente. Enciendo la radio generalista, todas. Me detengo y concluyo que, o es impericia, complicidad, o existe el propósito de dañar a las mejores generaciones de españoles que este país, casi sin querer y en medio del saqueo, ha producido.

Entonces, siento tristeza por España.

 

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