Contaba Julio Camba de un divertido juego entablado con un amigo suyo extranjero que nunca había visitado España consistente en mostrarle distintas postales de diferentes lugares del mundo para ver si reconocía la que era de un rincón hispano. Y, viendo Camba que nunca erraba su amigo, le preguntó cómo era posible que sin conocer España siempre supiera que la postal era de una ciudad de este país, a lo que el amigo le contestó que era muy fácil: en las postales españolas siempre había un hombre apoyado en un farol.

Una vez que Camba comprobó la veracidad de lo que su amigo afirmaba concluía: la decadencia de España no se debe a la falta de impulso de su industria y de su comercio, ni al declive cultural, ni a la sequedad de sus tierras, es simplemente que el país está históricamente apoyado en un farol.

Hay una abolición de la trascendencia en todo lo que se refiere a la vida pública, simplificar las cosas en sus hechuras más descarnadas se ha convertido en un deporte de los que practican una política banal y de hechos consumados. Poco importa que Fénelon advirtiera que el discurso político no sólo tenía que convencer sino además conmover, en un paisaje público que intenta llenar el imaginario colectivo de superficialidades escolásticas para que el pensamiento crítico pase a una vergonzante clandestinidad.

Cualquier debate que se plantea en la esgrima política adquiere siempre más extensión que profundidad, en la necesidad sentida por los actores públicos de que carezca de la perspectiva suficiente y adquiera el grado de mediocridad adecuado al objeto de dirimir la polémica en un simple pulso donde haya vencedores y vencidos. Las inminentes elecciones nos dan el sesgo de esta simplificación de la política, de esta forma de sostener a la nación apoyada en un farol.

Olof Palme ya predijo que la política es susceptible de ser juzgada por cada uno de nosotros porque depende, en último término, de ideales e ideas. Fuera de ahí, si la política se vuelve agencia de colocación y, sobre todo, de los más incapaces, no tiene sentido que sigamos perdiendo el tiempo en nombre de ideales; no engañemos a la gente porque, entonces, podremos decir que nuestras ideas están muertas y habría que resucitarnos.

El ciudadano transita clandestino, ignorado y abandonado, por paisajes en los que no puede reconocerse, porque han sido creados para su inexistencia social; para obviar esa necesidad de la gente común de lugares – como proclama el verso de Mark Strand – donde nada, cuando sucede, es demasiado terrible.

Los salarios de hambre, las familias sin ingresos, los hijos de los trabajadores expulsados de la universidad, el paro homicida, el malvivir de los ancianos, el futuro incierto de los jóvenes, la sociedad exiliada de su propia ciudadanía, componen un daguerrotipo donde todo es mediocre, todo triste. “La espaciosa y triste España” del lamento de Fray Luis de León o el país históricamente apoyado en un farol.

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