Qué distinta sería la música sin la existencia de la pausa. Resulta difícil imaginar el inicio de la quinta sinfonía de Beethoven sin su destacada detención del sonido tras cada grupo de cuatro notas (“sol, sol, sol, miiiiiii”, “fa, fa, fa, reeeee”), casi tan complicado como pensar el final de “City of stars”, el conocido tema de la película “La la land”, sin la parada instrumental que da paso a la última y pausada frase entonada por la protagonista. Pop, rock, música clásica y multitud de variados estilos musicales hacen uso de este recurso, convirtiéndolo en un elemento cotidiano para nuestra escucha.

Disfrutar del placer que supone oír una obra musical implica en muchos casos dejarse llevar por el momento sin analizar en detalle las particularidades del discurso sonoro que está aconteciendo. Parte importante de ese discurso se produce a partir de un grupo muy concreto de diferentes símbolos que, reflejados en la partitura, representan la prolongación de un sonido o silencio, produciendo instantes de detención de la música con diferentes significados. El calderón es un importante ejemplo de estos grafismos pertenecientes a la notación musical que expresa un punto de reposo, alargando la nota, acorde, barra de compás… al que afecta. A diferencia del puntillo, que prolonga siempre la mitad de la duración de la figura o del silencio al que acompaña, o de la ligadura de unión, que suma exactamente el tiempo de los dos elementos que enlaza, el calderón, también llamado corona, añade una cantidad de tiempo a decidir por el instrumentista o por el director, siempre recurriendo a la coherencia del discurso sonoro, lo que aporta un margen interpretativo más que interesante a la función del músico.

El calderón, ese semicírculo con un punto en el centro que indica una llamada de atención al reposo temporal en un momento puntual de la obra, ha tenido diferentes significados a lo largo de la historia de la música, casi siempre en relación al final de una frase musical. Colocado exactamente en ese lugar en los Romances o en los finales de estribillos y coplas en los Villancicos, supuso en el Renacimiento una ocasión de relajación que obligaba a la respiración posterior. También se usó en la primera etapa de este período colocado sobre sucesivas notas para apuntar una interpretación más lenta de esa parte en relación al resto de la obra. Posteriormente, en el Barroco, los llamados Coros Da Capo, de forma tripartita A-B-A, incorporaron un calderón sobre la nota final de la sección A, que se omitía en la primera pasada y marcaba el final de la obra al ser repetida (da capo), con frecuencia de forma más adornada.

El Clasicismo afianzó una misión diferente para el calderón en los conciertos para instrumento solista con orquesta, señalando los pasajes de “cadenza” o cadencia y mostrando al intérprete el momento en el que, con libertad, podía hacer ver sus habilidades técnicas. En un principio, las cadencias eran improvisadas, pasando poco a poco a constituir un fragmento escrito de carácter virtuosístico, habitualmente carente de líneas divisorias con el fin de dar al músico mayor margen en la interpretación, que coincidía con una cadencia armónica en la que cesaba el acompañamiento para posteriormente volver a ser reanudado. La historia de la música nos ha dejado multitud de ejemplos, pero destacaré la cadencia del Concierto para violín y orquesta en mi menor de F. Mendelssohn, por su particularidad de estar escrita antes de la recapitulación del primer movimiento y no para el cierre del mismo, como por lo general eran compuestas.

Quizá esta visión del calderón como pausa temporal parezca a simple vista un elemento sencillo de la música pero, si entendemos la subjetividad que implica como factor interpretativo, podremos observar la dificultad que para el director, sea de orquesta, coro o banda, entraña, haciendo de él un importante apartado de estudio. Poner gestualmente de acuerdo a un conjunto de músicos que siguen sus indicaciones en cuanto a cuándo se debe llegar al calderón, cómo y durante cuánto tiempo, requiere, por parte del director, de un estudio teórico pormenorizado del gesto y su significado y de una habilidad práctica para llevar a cabo correctamente esos conceptos con el movimiento de los brazos y del cuerpo.

La técnica de dirección dice sobre el calderón que el director detendrá su gesto, se quedará quieto, cuando marque el pulso afectado por ese símbolo, reanudando el movimiento cuando lo considere oportuno, según la interpretación, con una anacrusa que explique en qué momento y de qué forma continúa la música. Las opciones son sumamente variadas, pasando porque siga fuerte, piano, legato, staccato, a tempo, a contratiempo, en silencio corto, en silencio más largo, con contenido rítmico de dos, de tres… y haciendo necesario en el director una profundización sobre el sentido de sus movimientos que resulta, en muchas ocasiones, ampliamente desconocido por el público. Y es que dirigir bien conlleva poseer amplios conocimientos junto a la grandeza de mostrar facilidad al realizar un conjunto de acciones que, en el fondo, esconden todo lo contrario.

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Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

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