En términos del relato político, la sociedad española actual habita en los valores del fragmento y la incoherencia con la que la alimentan los actos de sus representantes. La llovizna de mensajes que reciben es una conjunción de aleatoriedad, inmediatez y presunta espontaneidad, todo revestido con un maquillaje de espontaneidad ideológica en las formas. Son tiempos caóticos dominados por las urgencias económicas que produce la pobreza pero que dejan paso a un período de ilusión, de auto convencimiento de que en esta ocasión será finalmente el momento de la reparación de los destrozos ocasionados en estos años. No obstante, tal vez por esa desmesurada expectativa de recomposición, se abre un peligroso espacio para la postverdad. Los actores que se nos presentan ya la ejercieron. Es territorio fértil para la mentira.

Pese a que resulta prematuro abrir juicio antes de conocer las medidas de este gobierno y las consecuencias que tendrán para las personas, también es necesario advertir que se atisba un regreso a la práctica de las convenciones antiguas, aunque nos encontremos dentro de un escenario polisémico, del que hasta ahora sólo conocemos la anuencia de los centros financieros y la consecuente “tranquilidad” de los mercados. Es inquietante. Máxime si se desea emprender una política de equilibrio fiscal basada en la redistribución de la carga. En suma, estos ingredientes son los productores deliberados de los oximorones sucesivos, al practicar aquella incoherencia que aludimos. Una forma de post verdad, como pudo haber sido el mantener el statu quo del régimen, cuyas pruebas son la financiación de la Fundación Franco, el mantenimiento del Valle de los Caídos, el título a los Franco o la medalla a Billy el Niño. Este gobierno puede adoptar una clara vocación democrática sin consecuencias presupuestarias y con un más que seguro apoyo parlamentario, en adoptar medidas que corrijan esas anomalías históricas. Lo contrario sería retornar al oximorón que supuso la ley de la Memoria Histórica de Zapatero.

Es la hora de definir si el sistema en el que pretende navegar Pedro Sánchez irá desde la estabilidad del modelo que imperó durante el gobierno Rajoy, o si se emprenderá la creación de turbulencias con una finalidad creadora. Lo único cierto es que el PP y su marca blanca Ciudadanos han optado, si los nuevos liderazgos no lo corrigen, por una oposición de “tierra quemada”. De las dificultades que soportan los ciudadanos poco se habla. Se daría la perversa posibilidad de que los denominados conservadores estarían por la labor de producir condiciones que desestabilicen al gobierno. Aunque en el fondo le teman al caos, porque de él pueden surgir nuevas posibilidades. José de Saramago lo citaba: “El caos es un orden por descifrar…“, muchos se intimidan frente a ese escenario.

Por contra, desde algunas fuentes cercanas al PP post Rajoy, se tiene en claro que esta crisis podría suponer una fuente de oportunidades. De aquí que se tenga muy en cuenta la labor de tender puentes hacia la recuperación de posibles colaboraciones con el PSOE las que, en vista del difícil futuro que le aguarda a Sánchez en los próximos meses, permitirían posibles acuerdos puntuales de gobierno. No han negado esas fuentes que se tengan objetivos a medio plazo de un pacto para la nueva legislatura. La visita de Soraya a Bilderberg no sería extraña a esta posibilidad. La influencia de Rubalcaba en el gobierno tampoco. Según otras fuentes, los barones más conservadores del PSOE ya han dado su visto bueno. Son los que se definen como republicanos y monárquicos o socialistas y neoliberales. Se entiende, no?

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