El pasado domingo cogí con ansia el dominical de El País: Había un prolijo reportaje sobre mujeres de éxito. Todas ellas flamantes, de aspecto triunfador… Un elenco de mujeres en ‘el top’ de sus profesiones, admirables por supuesto.

Cuando leo este tipo de reportajes, siento satisfacción por esa visibilización necesaria, ese reconocimiento de haber llegado, que tanta falta nos hace como mujeres. Sin embargo, un segundo después de terminarlos, no puedo evitar reflexionar sobre el origen de ese triunfo de género. Me pregunto, con cierta obsesión, si el origen social, la educación, el estatus, el poder adquisitivo o la pertenencia de clase tienen, en dichos casos, un porcentaje muy elevado en la configuración de dichas estrellas del cosmos.

No negaré aquí que el género influye enormemente en el desarrollo profesional, pero permítanme también que me sea inevitable pensar que esos símbolos de empoderamiento femenino tengan mucho que ver con pertenecer a clases sociales. Sin pretensión de quitar mérito alguno, el entorno y las facilidades de acceso vienen muy condicionadas por el origen social.

¿Conocen ustedes a “esas otras mujeres” a las que, pese a su esfuerzo e inteligencia, jamás se les ocurrió tal acceso al Parnaso de los Dioses? ¿Creen ustedes qué únicamente el género condiciona el acceso al éxito?

No tengo una respuesta elaborada, solo retazos de realidades. En muchos casos, la falta de perspectiva, el camino familiar trazado o la presión social son las que, como superestructuras más pesadas, se imponen ante cualquier inquietud de cambio. La cuestión de género es un elemento fundamental en la determinación de nuestras opciones, pero el peso de nuestro origen social, en mi opinión, es un componente más estructural e influyente.

A mayor formación familiar, mayores opciones y alternativas, mejor entorno económico (desgraciadamente cada vez más determinante en nuestro país). Por tanto, mayores opciones para una persona de formar parte de esa “beautiful people”. Sea esta hombre o mujer.

No pretendo con este artículo, insisto, restar mérito a todas esas mujeres influyentes de los reportajes como el aludido, pero me encantaría que siempre se diese a conocer su origen social.

Quién les habla pertenece a esa generación para la que ir a la universidad era el mantra de toda familia, fuera esta de Vallecas o del Barrio Salamanca. Terrible mito el que nos inculcaron, pues el origen de uno u otro barrio, siempre fue un factor influyente. Y ahí están todas esas mujeres, muchas de mi generación, en esa cuarentena espléndida de éxitos, que cosechan cuales Dianas Cazadoras. Su origen social ya sentenciaba una hoja de ruta muy predeterminada.

La visibilización de la mujer en puestos de alta responsabilidad y poder es fundamental, pero me encantaría un reportaje de esas “otras  mujeres”, las que llevan sobre sus hombros una doble discriminación: la de género y la de su clase social. Esa parca en perspectivas, trufada de caminos trazados o de escaseces económicas, que las expulsó del entorno académico a un mercado laboral voraz y precario.

El empobrecimiento de la clase media y la brecha cada vez más acentuada entre quienes pueden pagarse “la mejor educación” no contribuirá a mejorar algo que nunca dejó de existir. En muchas ocasiones, envolvemos casos excepcionales en ejemplos extrapolables, y soy de esa minoritaria opinión (crítica y cabezona) de ir más allá de lo que parece a simple vista admirable.

Veo tantas mujeres fuertes, válidas e inteligentes, que sin embargo no llegarán a figurar en ningún reportaje como ejemplos de éxito. Y no únicamente por su condición de mujeres, es su nicho social, mucho más limitado económicamente, menos capaz de estar al 100% de potenciar talentos o cualidades. Merecedoras de un relato a todo página que aborde muchos otros problemas estructurales y determinantes para hacer que alguien brille o que se quede a mitad del camino profesional.

Olvidamos que no todos/as tenemos las mismas oportunidades. Y se nos olvida el factor determinante que parece haber pasado de moda: la clase social.

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De familia amante del debate y de gran diversidad ideológica, mi infancia transcurrió entre el parque de la Fuente del Berro y largos veranos en la Rioja. Llegué a este mundo en plena Transición Española. Eso marca. Desde que tengo memoria, he devorado libros y muy pronto me inquietó la política, en parte por la influencia familiar, pero también por haber estudiado en el Instituto Ramiro de Maeztu, en aquella época un lugar de gran estímulo intelectual. A los 17 años me afilié al PCE y empecé a colaborar en el ámbito asociativo. Durante mi etapa universitaria, alterné el empeño por mantener un buen expediente con el de ganarme laboralmente la vida. A la par, siempre a la búsqueda de espacios de debate político enriquecedor. Soy licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración (UCM) y en Derecho (UEM). Doctoranda en Economía Aplicada. Salté a la política más activa en 2003, y hasta el 2014 tuve el privilegio de hacer real la gobernabilidad desde la izquierda y formar parte de la transformación de una ciudad, Rivas Vaciamadrid. Actualmente, desde el ámbito privado y profesional sigo persiguiendo el sueño de que otro mundo es posible, también desde mi militancia en Izquierda Abierta.

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