¿Cuándo un muro ha supuesto un obstáculo infranqueable para quienes bien se aman? Toda la historia de la literatura está salpicada de relatos protagonizados por mujeres que han sido recluidas en casa por sus celosos maridos y que, no obstante, saben siempre encontrar una forma de acceder a la casa del vecino para beneficiárselo. De gran predicamento en las comedias de enredo es el pasadizo secreto, una de las artimañas más manidas usadas por los amantes furtivos para hacer posibles sus encuentros. Filón de situaciones divertidas, ya lo explota Plauto en El soldado fanfarrón (Miles Gloriosus, ca. 200 AEC), obra basada a su vez en una comedia griega anterior que no ha llegado hasta nosotros. En la obra, el incauto Pirgopolinices mantiene a su mujer, Filocomasio, encerrada a cal y canto en el gineceo. Ello no es impedimento para que se siga viendo a diario con su amante, hospedado en la casa del vecino: solo tiene que franquear la medianera a través del consabido pasaje oculto. En las Mil y Una Noches esta historia aparece replicada en el muy lascivo cuento de Qamar az-Zamán y la mujer del joyero.

Otros enamorados de leyenda, esta vez sin tanta suerte, tuvieron que conformarse con un contacto físico mucho más limitado: a través de una rendija abierta en la pared que los separaba. Es el caso de los amantes desgraciados por antonomasia de la Antigüedad, los babilonios Píramo y Tisbe. En el libro tercero de las Metamorfosis, Ovidio, siempre tan melodramático él, nos cuenta cómo apenas podían sentir el soplo de su aliento a través de una breve grieta: “¿Por qué te interpones en nuestro amor, pared cruel?” Mil seiscientos años después, Shakespeare, en un juego de teatro dentro del teatro, incluye una peculiar representación del mito de Píramo y Tisbe por unos rústicos comediantes aficionados como parte de la trama de El sueño de una noche de verano. En la puesta en escena, el muro tiene tal entidad como un personaje más que es encarnado por un actor, caracterizado con un tosco enlucido de yeso, con parte hablada y todo. Aunque sea en broma, en la obra de Shakespeare se plasma la cruel frustración de los amantes separados por la pared; sus labios, febriles de deseo, no alcanzan a tocarse: “O kiss me through the hole of this vile wall!” / “I kiss the wall’s hole, not your lips at all.” En la variación sobre el tema de Píramo y Tisbe que recoge Boccaccio en el Decamerón, el enamorado se las apaña para ensanchar el agujero en la pared, “y por allí muchas veces se hablaban y se tocaban la mano.” ¿Solamente la mano?

Conservamos testimonios documentales de que algunos homosexuales londinenses del siglo XVIII usaban los urinarios públicos (bog houses) de la ciudad como punto de encuentro. En algunos de ellos, habían horadado premeditadamente la pared que separaba las cabinas individuales; el agujero en cuestión tenía un diámetro algo menor que el de un puño y estaba situado a una altura estratégica para hacer posible que, a través de él y totalmente a ciegas, el osado pecador ofreciera su miembro a las manipulaciones del anónimo ocupante del retrete de al lado. Este ingenioso invento se conoce en nuestros días como glory hole. Que yo sepa, el término aparece por primera vez en un panfleto de 1949 que circulaba clandestinamente en el seno de la comunidad gay californiana bajo el engañoso título de The Gay Girl’s Guide. El autor se ocultaba bajo el seudónimo Swasarnt Nerf, que se lee como 69 en francés (soixante-neuf) en chusca transliteración inglesa. El libelo, un manojo de cuartillas toscamente mecanografiadas e impresas con ciclostil en tirada muy reducida, contenía un directorio de locales de ambiente en la zona de la bahía de San Francisco y un diccionario de slang del mundillo gay de la época (“Gayese-English Dictionary”) que no tiene desperdicio. La entrada “glory hole” reza, lacónicamente pero sin dejar lugar a ambigüedades: “agujero del tamaño de un falo en un tabique entre retretes públicos.” Así que estos californianos desconocidos, aventureros del homoerotismo al margen de la ley (porque si los pillaba la policía se les podía caer el pelo), al luchar por vivir sus pasiones prohibidas se constituyeron en dignos herederos de la tradición milenaria inaugurada por Píramo y Tisbe: el amor a través de las paredes.

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