Bonotrabajo 

Están al borde del acantilado. Permanece sentada en uno de los cinco sillones de rafia que acompañan a un sofá y una mesa de cristal sobre una gran pradera de verde césped recién cortado, sobre el que emerge un gran cenador de lona blanco, que evita que el sol les tueste. En la mesa, unos mojitos, y junto a ella, Manuel, agarrándole la mano. Desde allí se divisa un cálido mar azul turquesa. Sobre él, permanecen inmóviles una decena de veleros. Una lancha a toda velocidad recorre el horizonte. Detrás, un esquiador hace filigranas en el agua. Les saludan. La lancha hace sonar la bocina. 

Pi, pi, pi,…, pi, pi, pi,…. Un manotazo acaba con el sonido. Se incorpora en la cama y se despereza estirando los brazos. La boca se le abre hasta casi descoyuntarle la mandíbula. Son las cuatro y diez de la mañana. Mónica se dirige al baño y se mete en la ducha. Luego, en la cocina, se prepara un café. Hoy prepara un sándwich de pan de molde integral con dos lonchas de embutido de pavo para media mañana. Se toma el café con una madalena y sale pintando a la calle. Hoy hace ya frío. Por las mañanas, la rasca se pega a los huesos como una lapa. Se ha puesto el chándal azul y encima un forro polar, también azul, con el que evitar que el relente se le meta en los huesos.

Al fondo de la calle se encuentra la parada del autobús. Pero a las cuatro y media de la mañana, sólo hay búhos. Ninguno de ellos le llevará hasta el aeropuerto. Tendrá que contentarse con andar veinte minutos hasta la parada del Barrio del Aeropuerto, allí coger en N4 y bajarse en la Plaza Mayor de Barajas, desde dónde tendrá que volver a andar otros veinte minutos hasta llegar a la entrada de las pistas. En otras condiciones, el trayecto entre su casa y el aeropuerto, apenas le llevaría quince minutos.

Mónica charla con sus compañeros a ras de pista mientras disfrutan de un café en vaso de papel sacado de una de esas máquinas exprés, Uno de ellos es Manuel. Si, el Manuel del sueño en el acantilado. A Mónica le gusta mucho pero a sus veintitrés años no ha tenido mucha suerte con sus novios. Ahora le pesa haber dejado el instituto con dieciséis por el encaprichamiento que tuvo con Jonathan. Un musculoso descerebrado que acabó siendo un misógino y un machista que le puso la mano encima. Mónica le denunció y le dejó, pero el daño ya estaba hecho. A sus diecisiete años, había dejado los estudios, tenía una gran depresión por culpa de los malos tratos psicológicos y cuando quiso darse cuenta del gran error, ya era tarde. Su padre, a sus cincuenta y cinco años, se había quedado en el paro y tenía que ponerse a trabajar en lo que fuera para no ser una carga a su familia.

Había estado tres años buscando trabajo sin lograrlo.

Hace dos meses por fin, le llamaron de la Junta Municipal de Barajas. Había unos cursos de formación con prácticas reales en empresas. Aceptó sin dudarlo. Y ahí estaba ahora a las seis en punto de la mañana esperando a que llegara el encargado a distribuirles por una serie de aviones de los que hay que bajar las maletas y colocarlas en los carros que las llevan hasta las cintas del aeropuerto.

  • ¿Vosotras no tenéis ropa de trabajo? Les pregunta el encargado.
  • No nos han dado nada. Ni botas de seguridad, ni chaleco refractante ni pantalones ni nada. Y con el frío que hace,…
  • Bueno, bueno, no me cuentes tu vida que a mí también me deben. Le corta secamente el encargado.

Cuando se dirigen hacia el avión que acaba de aterrizar y del que deben descargar los equipajes, Manolo se acerca a Mónica y le dice que no se haga mala sangre. El encargado es un borde que trata a todos por igual. Mónica le da las gracias y le pregunta que por qué llevan botas de seguridad. Manuel le responde que si se les cae una maleta desde la bodega del avión y aterriza en un pie, puede destrozárselo.

  • ¡Vaya! Se queda perpleja Mónica.
  • ¿ Y cuánto os pagan por las prácticas? Le pregunta Manolo
  • ¿ Y cuánto os pagan por las prácticas? Le pregunta Manolo
  • Nada

 


eS.clavO.S.

 

El relato que acabáis de leer, desgraciadamente no es ficticio. Es una historia real, novelada eso sí. Una crónica que me contaba ayer en el supermercado una amiga mía, de la que voy a ocultar hasta el nombre de pila porque tal y como están las cosas en este país y como son los empresarios y el gobierno, podrían tener malas consecuencias para ella. La protagonista de la historia es una chica que trabaja con ella en el aeropuerto para una de estas empresas de low cost que luego venden billetes de avión a 15 euros (así pueden). Esta chica, que por supuesto no se llama Mónica, está realizado las prácticas de un curso de formación para trabajar como maletera. Unas prácticas en las que trabajar, trabaja como una más, pero cobrar, no cobra porque son prácticas. Y hasta ahora, tampoco le han suministrado ropa adecuada como un chaleco refractante sin el que, podría llevársela una carretilla por delante o unas botas con puntas reforzadas con las que, en caso de caerse una maleta estilo Samsonite desde lo alto de la bodega al suelo y esta aterrizara en los dedos del pie de uno de estos trabajadores, evitar sufrir graves daños en el mismo.

Vivimos en un mundo lleno de egoísmo y simpleza. Pocos son los que se preocupan por los demás. Un mundo que el que acabamos asumiendo como normalidad las mayores tropelías que llevan a muchos de nuestros compañeros, amigos, familiares o vecinos a subsistir de forma terrible. Una de cada cuatro familias está en el umbral de la pobreza. Una de cada cuatro familias no puede alimentarse decentemente lo que les lleva a padecer graves problemas de salud, que tampoco pueden curar porque, en muchas ocasiones, no pueden pagarse el tratamiento. Hemos asumido como normal la explotación humana y la esclavitud. Hemos asumido como normal que a nuestros compañeros, vecinos, amigos se les paguen cuatrocientos euros por una jornada de trabajo de cuatro horas de contrato, mientras se realizan ocho, nueve o diez. Con esas horas no pagadas podrían haberse creado ciento sesenta mil empleos.

Leía el otro día un “hilo” en twitter en el que explicaban que el mercado de trabajo aun empeorará más para el trabajador. Empleo propone dejar las contrataciones en tres modalidades: contrato fijo, contrato de formación y temporal. Una situación que empeorará porque al contrato fijo al que ahora le corresponden 20 días de indemnización por despido, se quedarán en 12 el primer año y 16 el segundo. Es decir que los nuevos contratados perderán un 8% si les despiden durante los doce primeros meses y un 4% si te despiden antes de llegar al mes veinticinco. Todo con la excusa de siempre, la mejora del empleo. Pero echando la vista atrás, cuando a un despido le correspondían 45 días, resulta que todas las rebajas iban a mejorar el empleo y, sin embargo, cada vez estamos peor. Y no sólo porque haya más paro sino porque el hecho de trabajar, hace tiempo que dejó de ser garantía de poder pagar la luz, el agua, la comida, el alquiler o la ropa.

Hemos dejado que la lucha social se vaya al garete. Hemos consentido que nos roben a base de corrupción. Hemos consentido que hayan destruido la sanidad pública en nombre de la reducción del gasto y nadie se ha parado a pensar que nos han engañado. Hemos consentido que nuestros hijos no puedan estudiar porque no pueden pagar la matrícula de la universidad o porque la Formación Profesional pública es casi inexistente, dejando la misma en manos de empresas privadas que hacen negocio, primero con la formación teórica y después aportando mano de obra gratuita al mercado laboral.

Y seguimos mirando el dedo en lugar de la luna. Peleando con nuestros vecinos y amigos por una puñetera bandera y por un trozo de tierra que no es sino de la gente que allí habita. Poniéndonos como basiliscos, arengados por los medios concertados de adoctrinamiento, por si el color de la puñetera camiseta de la selección es morado o azul. Diciendo que no nos metemos con nadie en nuestro inmovilismo cuando lo cierto es que nuestra pasividad y nuestro voto si afecta a los demás, porque nos arruina (un BILLÓN en deuda pública y 30.000 millones al año en intereses), nos deja sin derechos, sin sanidad, sin educación, sin libertades, convierte a millones de ciudadanos en esclavos y permite que bienes básicos como la electricidad aumenten nuevamente un 12,18% con respecto a 2016. Y recordemos que, en los últimos siete años, el recibo eléctrico ha subido más de un 110%.

La situación de Mónica y sus compañeros, la de los miles de trabajadores que han perdido un 20% de su salario en los últimos diez años, mientras que el de los consejeros del Ibex creció un 25% y el de los consejeros ejecutivos un 45%, no se solucionará mientras no seamos capaces de ver quiénes son nuestros enemigos reales, quiénes son los que no gestionan para los ciudadanos sino para sus bolsillos y los de sus amigos y no seamos conscientes de que este sistema, esta gentuza, nunca va a darnos nada sin luchar por ello.

Seguimos pensando que los empresarios o deportistas que “donan” son nuestros héroes, y no nos paramos a pensar, que una máquina de rayos X, unas zapatillas o una camiseta en una subasta televisiva, son una nimiedad comparada con los cientos de miles de euros que dejan de abonar al fisco, al tener residencia en uno de esos paraísos fiscales. Si pagaran lo que les corresponde en consonancia con lo que pagamos nosotros, no harían falta esas “conductas altruistas”.

Mientras algunos memos siguen con sus banderas en las ventanas, los amigos de los paraísos fiscales, de las Off-Shore y de las regularizaciones de delitos de evasión de capitales, advierten a los mortales que las transacciones entre particulares tipo “Segunda mano”, Wallapop o Ebay, deben pagar impuestos. Nosotros somos los paganinis de su falta de ética, de la evasión fiscal y de los desmanes de los conciertos.

O empezamos a dejar de ser rebaño o nuestros hijos tendrán que pagarán con su sangre la lucha por recuperarlos.

 

Salud, dignidad, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentahistorias freelance o mejor dicho un alma libre.
En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación.
Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Ahora participo activamente en PODEMOS, más que por convicción, por la necesidad de regeneración.
Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Subjetiva y probablemente equívoca, pero es mi opinión. Si me equivoco rectifico. Sólo el que rectifica aprende algo.
Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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