Tras vivir dos décadas intensas como mosso d’esquadra, una etapa laboral ya olvidada casi completamente aunque con el recuerdo presente de sus ex compañeros en estos malos momentos debido al problema territorial existente con Cataluña, la carrera literaria de Víctor del Árbol tuvo en 2016 un primer cénit con el prestigioso premio Nadal por La víspera de casi todo, logro al que se le une ahora el haberse convertido en el segundo escritor español tras Pérez-Reverte condecorado en Francia con el Chevalier de l’ordre des Arts et des Lettres, galardón que recogerá este noviembre en París.

Todos estos logros no son óbice para que el escritor barcelonés tenga claro que la literatura es su medio y su fin, y en ello continúa, con la presentación de su nueva novela, Por encima de la lluvia (Destino), en la que un puñado de personajes tan comunes y cercanos como pueden ser el vecino del quinto o el quiosquero de la esquina se convierten, gracias a la superación de sus propios miedos, en seres extraordinarios que hacen cosas extraordinarias. Porque, al fin y al cabo, Del Árbol quiere subrayar que no hay nada más importante que vivir esta vida regalada lo más intensamente posible.

 


Es el segundo español condecorado con la prestigiosa Chevalier de L’Ordre des Arts et des Lettres en Francia. Además de agradecido, ¿se siente en cierto modo recompensado por el camino ya labrado o espoleado hacia el que aún le queda por labrar?

Soy más de retos que de nostalgias, de modo que, amén de lo simbólico de este reconocimiento, y de la satisfacción personal, lo

que ha representado es un acicate. Tengo una visión de mí mismo como escritor más allá de lo circunstancial y plena conciencia de que el único camino posible es la evolución hasta parecerme un poco a esa proyección. Opino que la literatura va más allá de lo anecdótico, de lo meramente estético o del estilismo para adentrarse en algo más sencillo y por ello mismo más difícil: bucear sin descanso en el lenguaje para encontrar claves universales, la interacción por encima de la lengua. Toda cultura que se considera viva es permeable a lo que la enriquece y no refractaria. Nuestros vecinos así lo entienden y yo se lo agradezco.

“Lo que nos hace viejos es la derrota, el prejuicio y la resignación”

 

¿Siente que su trayectoria literaria está teniendo una evolución lógica o no se marca ritmos ni metas en este sentido?

No puede considerarse ninguna meta a priori en cuanto a objetivos tangibles, por la sencilla razón de que existen factores que yo no puedo controlar. Mi objetivo sigue siendo el mismo desde el primer día, vencer mis imposibilidades, aprender y comprender cada vez mejor cómo se configura eso que llamamos voz narrativa, afinarla, acercarla a la honestidad literaria.

 

En su nueva novela habla del amor y de sus infinitas posibilidades más allá de fronteras, edades o culturas. ¿Es posible encontrarlo y disfrutarlo siempre que se busque a conciencia?

A veces hay quien lo encuentra y no sabe reconocerlo. Y ese error pasa factura. También hay quien lo cifra todo al control y el orden sacrificando la posibilidad de lo extraordinario. Y aquellos que con suerte comprenden o intuyen lo que significa vivir realmente lo buscan con ahínco y aprenden a dilucidar su verdadera naturaleza. Decir que el amor es lo más importante que un ser humano puede esperar no es un brindis al sol, es una evidencia que enseña algo fundamental: que para ser frágil se necesita ser muy fuerte.

“Para ser frágil se necesita ser muy fuerte”

 

Aborda el tema del envejecimiento y va más allá al cuestionarse y dudar que sea una etapa limitada y final de nuestras vidas. ¿Por qué la sociedad ha impuesto estos clichés ‘castradores’?

Un poco por necesidad y un mucho por miedo. Necesidad de savia nueva, de pujanza y de inmediatez. Miedo porque la vejez es un horizonte que teme quien se querría inmortal, el horizonte de la finitud sigue aterrándonos. Nos asusta la enfermedad, la dependencia, cuando en realidad no somos viejos porque así lo decida la biología, con sus evidentes limitaciones. Lo que nos hace viejos es la derrota, el prejuicio y la resignación. Paradoja risible en un continente que envejece a pasos agigantados y que asume la vejez no como un premio sino como una carga social, económica. El tópico dice que a partir de cierta edad ya no quedan vidas que vivir, no quedan retos personales, solo tutelares como niños desorientados. Y sin embargo, ahí siguen las cosas de siempre: el deseo sexual, la pasión, la capacidad de reinventarse, las agallas de vivir.

 

¿Por qué todos, llegados a cierta edad, nos empeñamos en mirar más hacia atrás que ilusionarnos con lo que aún puede quedar por delante?

Tal vez sea porque ese horizonte que atisbarnos empieza a resultarnos demasiado aciago y angustioso. Pretendemos detener el tiempo, hacerlo retroceder. El pasado es un territorio seguro, podemos moldearlo y construir el relato de nuestra vida, elegir nuestros recuerdos y qué olvidar. Y sin embargo, ese pasado ya no es vida, solo lo fue. La vida sigue estando delante, siempre delante.

 

Veinte años de mosso dan para mucho. ¿Cómo le marcó aquella etapa de su vida? ¿cree que su literatura recibe algún tipo de influencia de aquella vivencia profesional?

Dan para mucho, efectivamente. Sobre todo en una etapa en la que yo empezaba a descubrir quién era realmente más allá de la imagen reconstituida que tenía de mí mismo. Fue una gran escuela de vida, a veces en el límite de las emociones, miedo, satisfacción, incomprensión, solidaridad, violencia y sorprendentes descubrimientos sobre las verdades más primarias de la esencia humana, pero también sobre los artificios civilizadores que llamamos Poder, Sociedad, Ley, Justicia. De todo ello, de lo individual y de lo colectivo están impregnadas mis novelas. Hay poca anécdota y mucho trasfondo.

“El horizonte de la finitud sigue aterrándonos”

 

No puedo dejar pasar la ocasión de preguntarle: ¿qué está pasando en Cataluña, en España con Cataluña y en Cataluña con España? ¿nos hemos vuelto locos o es simplemente el deseo irrefrenable de un pueblo?

Cuando se secuestran los conceptos es fácil manipularlos y crear una realidad paralela. Ser español, ser catalán, finalmente es una voluntad individual que no siempre tiene que ver con el discurso colectivo que monopolizan estados o gobiernos. Todo hombre tiene deseo de paz, de familia, de convivencia y además tiene su propia percepción de la tierra, la historia familiar o 1a cultura. Desgraciadamente, en España sabemos qué fácil es reconvertir eso en una especie de ira colectiva que los bomberos pirómanos saben explotar. Se confunden y mezclan los agravios, reales o ficticios, las frustraciones personales. las justas reivindicaciones con las ilusiones irreales. Y cuando aparecen aquellos que se creen llamados a salvar al pueblo, saben cómo inflamar las velas para ponerlas a su favor. Piensa si quieres en esa masa que se enfervoriza por contagio, que se inflama, pero que es extraordinariamente heterodoxa. Lo único que queda es volver a la palabra, a su significado y su significante. Ha habido incontables torpezas políticas que han incentivado esa sensación de desafección de una parte de la sociedad catalana, pero las torpezas son subsanables a poco que se quiera escuchar y ser capaz de recapacitar. Lo que no es subsanable es el peor de los delitos: estar dispuesto a quebrantar la convivencia con fines espúreos. El Estado deberá recapacitar sobre sus errores, deberá dar pasos para recomponer puentes, pero los responsables de esto tendrán que responder ante la Historia, ante los ciudadanos en las urnas, y ante la Justicia en los tribunales.

 

¿Cuál es el sentimiento que le embarga cuando ve las imágenes de agentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil cargar contra la ciudadanía?

Que ha sido un terrible error político. Si ya se habían dado los pasos necesarios para desvirtuar cualquier posible resultado, si no tenía las mínimas garantías necesarias, el referéndum solo era ya una cosa simbólica, carente de valor vinculante. Me temo que el Gobierno ha querido enviar un mensaje de autoridad que se ha girado en su contra en esta otra disputa por la imagen. Y el daño colateral que han sufrido las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado ha sido enorme en desgaste, frustración y sentimiento.

 

¿Y cuando ve la encrucijada en la que se hallan sus ex compañeros de los Mossos d’Esquadra?

Pienso en el príncipe Hamlet y en esa melancolía del Ser y No Ser. Tras los atentados de Barcelona parecía haber quedado atrás la etapa de desconexión entre policías y sociedad tantas veces alimentada por motivos políticos. Al final, cualquier policía es un funcionario al servicio del ordenamiento jurídico, debe dejar de lado sus convicciones personales y obedecer órdenes. Es lo que han hecho, pero estoy seguro de que no viven tiempos felices. Confío que en los días venideros se reconstituya la normalidad y que, con tiempo y cuidado, se restañen las heridas que irresponsablemente se están abriendo.

 

Por encima de la lluvia
Víctor del Árbol
Destino
512 páginas
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