¿De quién es Cataluña? Esa es la cuestión ¿Es mía la tierra que piso? ¿Es mío el aire que respiro? La propiedad, esa es la cuestión. Porque quien tiene la propiedad tiene el poder de decisión. Puedo decidir sobre mi coche, porque lo he adquirido con mi dinero, y es mío. Puedo decidir sobre mi casa, por el mismo motivo… pero, y el territorio, ¿quién lo ha construido? ¿Cómo ha llegado a ser lo que es? Pues bien, esta es la cuestión central que “los independentistas” no abordan, porque si lo hicieran dejarían de ser independentistas al instante. Claro que España es un país de contrastes. Su climatología, tan diversa. Su orografía, tan discontinua. Su historia, tan convulsa… pero la evolución y el desarrollo de nuestra sociedad se ha ido vertebrando entre todos los españoles y españolas a través de los siglos, de manera que hay andaluc@s, canari@s, extremeñ@s, murcian@s, que ha participado durante generaciones en el desarrollo de la parte de España que conocemos como Cataluña, y por ende, de España; al mismo tiempo, hay infinidad de españoles y españolas de origen catalán viviendo, trabajando, haciendo sus vidas en la totalidad del territorio nacional contribuyendo al desarrollo de su país, independientemente de dónde vivan, o de cuál sea su lugar de nacimiento o crianza. Qué absurdo, perturbador y peligroso, pues, hablar de nacionalidades. Sólo hay una nacionalidad en el territorio español: la nacionalidad española. Sólo hay una nación en el territorio español: España. Y esto es así porque la nacionalidad, y la nación, la hemos construido entre todos y todas a través de nuestra historia común. Cuando nos invadieron los franceses, ¿quién se enfrentó a ellos, l@s extremeñ@s, l@s murcian@s, l@s catalan@s… o TODOS LOS ESPAÑOLES y ESPAÑOLAS?

La falacia del “derecho a decidir” consiste en hacerse con la titularidad del territorio por la vía de la imposición dialéctica, o lo que es lo mismo, “porque lo digo yo”. Cataluña no es de las personas que están viviendo en esa parte de España por el hecho de estar viviendo en esa parte de España. Cataluña, y España, pertenecen a nuestros antepasados que las hicieron posible. Pertenece a los presentes, que las defendemos todos los días con nuestro sacrificio, y pertenece a las generaciones futuras a las que no tenemos derecho a defraudar.

La titularidad del territorio es el resultado de la comprensión de estos hechos, y, sobre todo, de un consenso: la Constitución del 78. Fue una Constitución extraordinariamente generosa, y un tanto ingenua, al intentar “contentar” a todos y cada uno de los actores intervinientes en la configuración de la nueva España democrática que nacía, y al ser tributaria de la necesidad imperiosa de “pasar página” sobre un periodo infausto de nuestra historia con respecto al cual había que cerrar heridas; por si no fuera suficiente, en aquellos momentos la situación económica era de profunda crisis internacional, y la situación política española pendía de un hilo con importantes amenazas de involución democrática, y el terrorismo de ETA comprometiendo extraordinariamente el funcionamiento democrático, necesitado de paz y concordia para poder desarrollarse.

En estas terribles circunstancias hubo que hacer lo que se hizo, una Constitución en la que cupiese todo el mundo, incluso los que de ninguna manera pueden tener cabida: los independentistas ¿O es que acaso tiene sentido que se promulgue la indivisibilidad del territorio español al mismo tiempo que se consiente la existencia de partidos políticos que atentan contra esa misma indivisibilidad? Claro que no tiene sentido, pero hubo que hacerlo, y además una ley electoral que primaba los territorios sobre las personas haciendo que en nuestro parlamento nacional estén sobrerrepresentados aquellos que, precisamente, les gustaría dinamitar ese mismo parlamento. De hecho, eso es lo que han hecho, por fin, los independentistas, cuando han tenido la oportunidad.

Nuestra Constitución fue el fruto de un consenso necesario en un momento muy concreto de nuestra historia. España ha cambiado. La Democracia es estable. Debemos encontrar un nuevo consenso más restrictivo porque este país tiene la capacidad de soportarlo. Ya no hay ETA. Ya no hay peligro de involución. Ahora sí podemos afrontar la problemática de la construcción de una España unida con energía y rigor. Hace falta un nuevo consenso. De nada sirve “echar por la fuerza” a los independentistas del Parlamento Catalán a través de la aplicación de un artículo (el 155 de nuestra Constitución), si no se expulsa, para siempre, a los independentistas de la política. Sin ir más lejos, en Francia los partidos independentistas están prohibidos. Y ahí están, tan ricamente.

Hay que votar, pero TODOS LOS ESPAÑOLES Y ESPAÑOLAS. Debemos ser capaces de “trocear” España, si es lo que queremos, o mantenernos firmes y unidos sin tolerar amenazas de ningún tipo, si así lo decidimos. Por lo tanto, lo que defiendo en este artículo es un referéndum en el que la cuestión a decidir sea si España se mantiene como está, o si consentimos que se disgregue en tantos “nuevos estados” como cada Autonomía quiera. Ahora bien, si ganase la opción de que “España se mantiene como está”, entonces los partidos independentistas deberían quedar automáticamente prohibidos. Esto no quiere decir sojuzgar la libertad de expresión o pensamiento. No. Cada cual que piense lo que quiera y lo manifieste libremente, pero nunca más un partido político, financiado con dinero público, gobernando y promulgando leyes contra su propio país. Nunca más. El “155” no resuelve nada. Hay que ser mucho más firmes y definitivos. Tenemos el honor y el deber de defender España. Cumplámoslo.

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1 Comentario

  1. ¿Pero de verdad hay alguien que todavía cree que con caceroladas, protestas pacíficas, velas, concentraciones silenciosas, paros parciales, huelgas generales indefinidas, cantos, oraciones, cuentos, declaraciones en francés, vídeos en inglés, memes en alemán, tuits en mandarín, etcétera, conseguirá robar playas, aeropuertos, puertos, hospitales, La Moreneta o situar en el extranjero a millones de españoles… y nuestro apartamento en la nieve? Tras las coreografías y performances secesionistas el mundo ve la realidad del rancio secesionismo homófobo y esta realidad no va a la escuela pública, la realidad no reinventa la historia, la realidad no ve TV3, la realidad no dialoga con mentirosos. La realidad simplemente es tal como es y parece ser que ha venido para quedarse

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